– Imagino que es demasiado gruesa. Y ¿la del estudio?
– Sí, funcionará con alguna de sus puntas. La usé cundo mi padre me enseñó el truco.
– Ojalá que nadie la haya robado. ¿Hay algo más que deba saber?
– Si es capaz de reconocer la correcta, no, nada más.
– El sombrero y el cinturón. Me acordaré.
Había una sonrisa en él, como si le costara partir, pero ella dio un paso adelante y lo empujó.
– Vamos, vamos.
Tocarlo la aturdió; parecía que la miraba fijamente…La cogió por los hombros y la besó breve y apasionadamente para luego desaparecer.
Cressida se abrazó a sí misma. Sin él, la oscura habitación ya no parecía cálida ni acogedora, y lo que había ocurrido antes allí había estropeado algo dulce, algo bueno. ¿Cómo podía haber nada bueno en un lugar así?
Debía ser la poción que todavía le confundía la mente haciendo que quisiera lo que normalmente no deseaba. Se concentró en el tema principal. Tenía que confiar en él en lo de la casa, pero también tenía que mantenerse a salvo en ese lugar. ¿Qué pasaría si llegaba otra pareja buscando un lugar privado? Tuvo la tentación de salir de ahí y correr tras su experto guía, pero no quería volver a poner un pie en Stokeley Manor.
Abrió un cajón y palpó dentro de él hasta que encontró un rollo de amasar. Una vez armada se sentó donde pudiese ver el reloj, y se dispuso a esperar.
CAPÍTULO 12
Tris estaba sorprendido por lo mucho que le estaba costando volver a la casa. No era su tipo de fiesta, pero nunca antes había sentido tal rechazo. Era como tener que saltar a una alcantarilla. El ruido había bajado, tal vez a causa del estupor más que de la calma.
Un olor lo hizo detenerse. Vómito. Lo esquivó a tiempo. Este tipo de fiestas eran típicas de Crofton, donde el exceso sustituía la excelencia, aunque no estaba seguro de que sus propias fiestas acabasen de manera mucho más decorosa. Por lo general sí, pero no siempre. Él nunca servía ese tipo de brebaje que Crofton había repartido tan generosamente, una poción diseñada para que la gente perdiera la cabeza lo más rápidamente posible, lo cual mostraba la inseguridad de un anfitrión.
Tris deseó que Crofton se fuera al mismo infierno que estaba recreando, y se arrepintió de haber llevado allí a Cressida. En su momento, podía haberla persuadido para que se quedase en Nun's Chase, pero entonces le había parecido una buena idea. Ni siquiera se había detenido a pensar en proteger la inocencia de su mente, pues no le había parecido importante. De hecho, si se lo hubiera preguntado hubiese respondido que la inocencia es peligrosa porque equivale a la ignorancia. Por lo visto, el tema de la pureza tampoco se le había cruzado por la cabeza. No, pensó al detenerse ante a la puerta principal, pureza no es la palabra adecuada, suena demasiado a sermón. Ta se refería a la belleza. A la belleza de una flor en su mejor momento, o una fresca mañana de verano, o una sábana de lino blanca y fina. Algo que había que atesorar y no ensuciarlo.
Se rió de sí mismo. La misma naturaleza marchita las flores y hace que las mañanas se terminen, y el lino está hecho para ensuciarse y lavarse después. Todo es parte del orden natural, aunque no se debía precipitar por una fiesta como ésta que ni siquiera tendría que existir. Era extraño pensar así, ya que tal vez Crofton se había inspirado en sus propias fiestas en Nun's Chase. Se sacudió todos estos pensamientos de la cabeza y entró en la casa.
Al abrir la puerta lo golpeó un olor terrible y tropezó con las piernas de un gladiador que roncaba. Debajo de él había una mujer gorda y casi desnuda que también dormía. Tris lo empujó para evitar que la ahogara. No vio nada con lo que cubrirla, pero se imaginó que a ella no le importaría, ya que evidentemente era una prostituta. Avanzó entre los otros invitados hacia el escritorio y desgraciadamente no estaban todos inconscientes. Además, algunas de las chicas eran claramente demasiado jóvenes, y todo eso le quitaba del todo las ganas de copular a cualquiera.
Abrió la puerta del escritorio sintiéndose aliviado, pero ahí se encontró a su amigo Tiverton disfrazado de pirata y copulando con la prostituta que antes reclamaba un pene. Ahora estaba despatarrada encima del escritorio, con expresión de aburrimiento o fatiga. No parecieron darse cuenta de que cogió la daga de la sabiduría, lo cual fue casi un acto de caridad, ya que la espada parecía estar a punto de pincharle el trasero.
– ¡Venga ya! -Se quejó ella-. O sigues o lo dejas.
Tris echó un vistazo. El pirata no estaba en condiciones de seguir y no entendía por qué insistía. De cualquier manera, no era su problema. Se estaba alejando cuando la chica se quitó a Tiverton de encima.
– ¡Déjame en paz ya, gandul impotente!
– ¡Cierra la boca!
Tris actuó por instinto. Cogió el brazo de Tiverton en el momento en que lo levantaba, y lo sujetó firme tras su espalda. Lo mantuvo alejado de la chica mientras ésta se levantaba como podía. Aunque parecía joven, tenía un amenazador herpes en los labios. De hecho Tiverton no la hubiese tocado nunca estando sereno, y mucho menos le hubiera pegado. Maldito Crofton.
– Déjala que se marche -le dijo Tris tranquilamente.
– ¡La mato! -gritó Tiverton liberándose de Tris-. ¡No soy un maricón asqueroso!
Se giró para enfrentarse a Tris, balanceándose borracho. No había manera alguna de hablar coherentemente con él, así que decidió tumbarlo de un puñetazo. A continuación se frotó los nudillos, aún doloridos tras su última pelea. ¿Había sido acaso esa misma mañana? El duque de Saint Raven estaba haciendo una estupenda carrera asaltando los caminos, intentando seducir a una joven inocente, y participando en reyertas de borrachos… Un gong lo sacó de sus pensamientos. Se escucharon las campanadas del reloj. Medianoche.
Tiverton estaba roncando y la chica se había escapado. Tris se puso la espada de la sabiduría en la faja y se dirigió al salón. Esperaba poder quedársela después, ya que le hacía falta sabiduría y de cualquier modo Crofton era un caso perdido.
Por el ruido que hacía la gente supo dónde se celebraba el concurso. Los aullidos, risotadas y chillidos que soltaban los invitados de Crofton parecían los de unos animales salvajes enjaulados. Finalmente, el evento se iba a llevar a cabo en el vestíbulo y se utilizarían las escaleras y el descansillo a modo de galería. Habían colocado más velas, cuya luz contrastaba con la oscuridad rojo fuego, lo que le hizo pensar que Stokeley Manor podía convertirse en un auténtico infierno antes de que la noche terminase. Tal vez haría falta fuego para poder limpiar el suelo, ya que las bebidas que se habían derramado y otras sustancias lo habían dejado pegajoso.
Crofton, el demonio rojo, presidía el evento desde los peldaños inferiores, y animaba a sus invitados con los ojos brillantes. Por lo menos habían dejado de beber, lo cual explicaba por qué había tantos que aún estaban conscientes. Seguro que se debía más a que se habían acabado las reservas que a su sano criterio de anfitrión.
Las estatuillas estaban en una pequeña mesa al comienzo de 1as caleras. Tris intentó ignorar la cacofonía y el jaleo del lugar central del acto y se concentró en la mesa. Tal vez le iba a resultar más fácil de lo había pensado. Las estatuillas ya no estaban ordenadas en una línea, por lo que podría sacar la que buscaban y vaciarla sin que nadie se diese cuenta. Comenzó a moverse en esa dirección, cruzándose con todos los borrachos, intercambiando una palabra o dos cuando fuese necesario, pero manteniendo el mínimo contacto.
De pronto un cuerpo se pegó a él. Miró hacia abajo y se encontró a Violet Vane, la reina de la noche, con los ojos muy pintados con kohl y apestando a su habitual poudre de violettes, trepando con los dedos por su abdomen.
– ¿Dónde está su delicia turca, Saint Raven? ¿Necesita algo más fuerte ahora?