Le agarró la mano.
– Ha acabado conmigo, por el momento…
Ella sonrió.
– Lo dudo, he escuchado historias sobre usted, mi señor duque. Necesita una mujer de verdad, una que tenga su fuerza…
El pegajoso perfume comenzaba a darle nauseas. ¿Por qué estaba perdiendo el tiempo actuando como un caballero con una mujer como ésta?
– No, no esta noche -dijo haciendo que se diera la vuelta y dejándola en manos de un senador romano. Ignoró su ristra de insultos y se acercó hacia la mesa. Pero, maldita fuera, ahora todo el mundo lo estaba mirando.
– Ah, St Raven -dijo Crofton-. ¿Has venido a participar después de todo?
– Sólo a observar -contestó Tris apoyándose sobre la escalera con los brazos cruzados.
Estaba a poca distancia de la mesa y rezaba para que la atención se volviera hacia las tres parejas que estaban imitando una postura horizontal cuando una ovación indicó que una de ellas lo había conseguido. Tris miró a su alrededor. Nadie parecía fijarse en él y Crofton miraba el concurso con avidez. Era el momento de actuar.
Estudió las estatuillas de la mesa. La pierna derecha levantada. Sombrero y cinturón…
¡No estaba allí! Con el corazón acelerado, volvió a mirar y no estaba. Para asegurarse las contó. Ocho. Maldita sea. ¿Habría comenzado antes el concurso? Si había sido así ¿por qué demonio sido ésa la primera estatuilla y quién la había ganado? Ignorando la ovación general, miró hacia el recibidor y la escalera, buscando a la persona que tuviera el trofeo. No la encontró. Pero cerca de 1ª puerta principal reconoció a un hombre que iba vestido de bufón. Era Dan Gilchrist, amigo suyo y una persona bastante decente. Se preguntó qué hacía allí, pero agradeció al cielo haberlo encontrado. Intentando no perder la calma, Tris avanzó entre la gente.
– Qué noche más salvaje -le dijo al llegar.
– Demasiado, si me lo preguntas -contestó Dan sonriendo.
Era un joven amistoso, más bien gordito, que trabajaba para el Ministerio de Interior y tenía reputación de ser inteligente y trabajador. Esa noche había elegido un traje de bufón, pero parecía sobrio e incluso aburrido.
– Entonces, ¿por qué sigues aquí? -le preguntó Tris, si querer entrar directamente en el tema.
– Vine con Tiverton, y algunos más. Imagino que no se querrán marchar hasta que acabe.
Tris pensó en Tiverton, que seguramente seguía inconsciente en el escritorio, por lo que estuvo a punto de ofrecerse para llevar a Dan a casa. Pero recordó que estaba con Cressida y mientras menos gente la reconociera, mejor. ¡Oh, Dios, Cressida! ¿Cómo iba a decirle que la estatuilla había desaparecido? Había sido por llegar tarde, por haber perdido el control y querer seducirla, porque la había interpretado mal, porque no la había cuidado lo bastante y se había tomado esa maldita poción. Nunca se había sentido tan derrotado.
Pero no estaba todo perdido, aún podía ejecutar el plan.
– ¿Ha empezado hace mucho el concurso?
– Comenzó a la hora de las brujas. -Gilchrist sonrió e hizo tintinear su bastón de cascabeles-. Debo admitir que tengo ganas de ver a alguien intentar la postura sobre la cabeza.
Tris volvió a mirar hacia la mesa, pero incluso desde ahí 1as podía contar. Seguía habiendo ocho.
– Me da la impresión de que una de las estatuillas ha desaparecido. Estoy seguro de que había nueve.
– Miranda Coop convenció a Crofton para que le diera una, o hizo algún trueque para obtenerla. -Gilchrist tintineó sus campanillas otra vez.
Tris se esforzó por no mostrar reacción alguna.
– Me pregunto qué habrá tenido que hacer. Crofton está totalmente entregado a su concurso.
– Era una de las más simples. Estoy seguro de que La Coop puede hacer algo lo bastante interesante como para persuadir a un hombre.
– Yo también. -Tris blasfemó para sus adentros.
Miranda no era de las más fáciles, pero algo podía hacer.
En el peor de los casos, podría ofrecerle algo que le interesase para convencerla. Hacía meses que intentaba clavarle sus garras. La idea de tener que seguirle el juego le revolvía el estómago, pero debía corregir unas equivocaciones suyas.
– ¿Dónde está? Me gustaría saber qué es lo que le propuso.
– Entonces tendrá que seguirla hasta Londres. Se ha marchado ya.
Tris miró a los ridículos concursantes con indiferencia.
– Sabia mujer. Creo que haré lo mismo.
Se alejó antes de que Gilchrist le pidiera que lo llevara de vuelta y se dirigió hacia el horno. Había predicho que nada de esto sería fácil y parecía tener toda la razón. ¿Qué maldita mala suerte había hecho que La Coop se encaprichara de esa figura en particular? ¿Y qué iba a decirle a Cressida ahora?
Un plan. Tenía que presentarle un nuevo plan. Hizo una pausa a la altura de los establos para pensar y por suerte se le ocurrió algo. Debería funcionar y aunque le obligara a hacer cosas que no deseaba, ése sería su castigo por todas las estupideces que había cometido.
Abrió la puerta del establo y se lo encontró lleno de sirvientes borrachos o dormidos. Sin embargo, había uno jugando a los dados en el suelo que parecía más o menos sobrio. Se puso rápidamente de pie.
– ¿Sí, señor?
Un tipo listo. Había imaginado que algunos invitados querrían sus carruajes y que serían muy generosos con quien estuviera 1o bastante sobrio como para ayudarlos.
– Ve al pueblo y diles a los hombres de Saint Raven que traigan su carruaje al final del camino y que te den una corona.
Los ojos del chico se abrieron como platos.
– ¡Sí, su excelencia! -Y partió a buscar su caballo.
Era agradable todavía poder impresionar a alguien. Tris continuó hacia el horno. Dudó unos instantes antes de entrar, intentando inventar alguna buena historia, pero no le quedaba más que contarle la verdad.
– Soy yo -dijo al abrir la puerta, e hizo bien en hacerlo porque la hurí tenía el rollo de amasar listo para el ataque.
– ¡Ya la tiene! -exclamó deleitada.
– No, ya se la habían llevado.
Cerró la puerta y le quitó el rollo de las manos, a pesar de que más bien parecía que lo iba a dejar caer en vez de golpearlo.
– Lo siento. Por lo visto Miranda Coop tuvo unas negociaciones privadas con Crofton antes de que comenzara el concurso. No hubiésemos podido evitarlo aunque hubiéramos estado allí.
Aunque fuese verdad, no dejaba de sonar como una excusa.
– Entonces tenemos que quitársela. ¿Dónde está?
– Camino de Londres.
Aunque no la viera sintió su consternación.
– ¿Le Corbeau? -le sugirió tímidamente.
– Lo haría si pudiese, pero nos lleva mucha ventaja. Para cuando llegara a Nun's Chase y me pusiera el traje, ella ya estaría en casa. Pero no está todo perdido, sabemos adónde va. A menos que La Coop sepa el secreto, las joyas no están en peligro. Las recuperaremos.
– ¿Está seguro?
Sonaba a súplica lastimosa. Tras haber ido tan lejos y hecho tanto para cumplir su plan, ahora la voz de la valiente señorita Mandeville de Matlock temblaba.
– Lo estoy. -Por Hades, no le iba a fallar-. Al menos ya nos podemos marchar de aquí. He ordenado que nos traigan el carruaje la entrada. Vamos.
Al verla tan consternada por la noticia, puso su brazo alrededor de ella para conducirla hacia la noche, sin pensar que tal vez rechazaría su proximidad. No fue así, pero tal vez fue consecuencia de su asombro y decepción.
¿Por qué diablos no tenía una varita mágica para solucionarlo todo? ¿De qué le servía ser duque si no podía ayudar a sus… amigos? De hecho, podía y debía hacerlo. Si no conseguían las joyas, encontraría una manera de darle dinero y de que sus padres lo aceptasen. Pensó en un conocido que había ganado la lotería, tal vez podía arreglar algo.
– Siento haberte traído aquí -le dijo. Cada paso que lo alejaba de la casa parecía una bendición. -No, se lo agradezco. Podía haber funcionado y sin duda ha sido muy educativo.