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– Hay muchas lecciones que es mejor desaprender.

No eran palabras sabias. Evidentemente, las lecciones que ya había desaprendido eran las que hacían que se mantuviera a una distancia de él, por lo que no intentó acercarse, pero se sintió absurdamente aliviado cuando ella volvió a tomar su brazo. Entonces avanzaron por el camino que llevaba al portón de la casa como un caballero y una dama dando un paseo. La luna llena estaba parcialmente cubierta por nubes, pero aún así iluminaba sus pasos. Al alejarse del ruido y volver a encontrar la paz, parecía una escena cotidiana, excepto por su ropa. La seda de su camisa no parecía la protección adecuada para el brazo desnudo de ella…

– No estoy segura de que sea verdad.

Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar de qué hablaba. ¡ Ah, sí! Aprender.

– El conocimiento siempre es útil -continuó-, incluso aunque sólo sirva para advertirte de lo que debes evitar. A hombres como ése, para empezar.

– Y qué se debe cambiar -continuó-. He estado pensando…

Él evitó quejarse temiendo lo que iba a decir.

– No creo que esas prostitutas sean mujeres que actúan como niñas.

Había una sola respuesta posible.

– Tal vez no.

– Y no sólo estaban haciendo las poses, en el pasillo…

– Sí, pero nadie las obligaba a ello.

– Más que la pobreza.

– Tal vez. -Gracias al cielo el tema no iba de lo que había ocurrido entre ellos-. Cressida, no hay nada que hacer, el mundo es un lugar brutal y la gente sobrevive lo mejor que puede. Por eso estoy intentando hacer lo posible para recuperar tu fortuna.

– Yo no corro ese peligro.

Su silencio, tras decirlo, mostraba que sabía que lo había estado, y tal vez que él por lo menos había salvado a un cordero del matadero.

– Aún tengo la daga de la sabiduría. ¿La quieres?

– No especialmente.

Lo había dicho sólo para distraerla, pero evidentemente se lo había tomado como una reprimenda. No era de sorprender. Ellos dos eran como mezclar ácido y leche, una mezcla que siempre se estropea.

– O tal vez pueda pagarle a tu padre por lo que valga. Me gustaría quedármela, pero no quiero parecer un ladrón.

Y además sería una pequeña cantidad para sus arcas.

– Tómela como un regalo, su excelencia. Como una recompensa por su noble servicio.

Su excelencia. Le dolió, pero se abstuvo de protestar. Ya estaban llegando a la carretera que los llevaría de vuelta a la realidad, donde la leche y el ácido fluían adecuadamente por diferentes canales.

Cressida se había dado cuenta de que él no se hacía preguntas sobre el bien y el mal, y también que se estaban distanciando. Había pasado de estar en sus brazos a ir agarrada a él formalmente; la distancia era desgarradora y cada centímetro entre ellos frío y doloroso, pero era lo correcto.

Todavía deseaba cosas que no debería, pero cada paso que la alejaba de Stokeley Manor la acercaba a su mundo decente, lo cual era algo que deseaba cada vez más. Había visto y experimentado cosas, pero ahora quería volver a ser de nuevo la señorita Mandeville de Matlock, incluso si eso conllevaba no ver al duque Saint Raven nunca más.

Pensó en Miranda Coop, que tenía su estatuilla. Había dicho que podían recuperarla. ¿Podían? ¿Acaso su relación no se había roto aún? Un sentimiento de excitación traicionó su sentido común. Atravesaron el portón y se dispusieron a esperar.

– ¿Cómo recuperaremos la estatuilla? Imagino que no será posible visitar a la señorita Coop por la mañana temprano…

– Difícil, pero yo sí. Puede que sea tan sencillo como eso.

Después de todo no se refería a los dos. Miró la carretera plateada, deseando que se apresurara el carruaje. No podía seguir así mucho más tiempo. Luego se dio cuenta de que todavía les quedaban dos horas de viaje juntos. Gracias a Dios el señor Lyne iría en el coche. Pero ¿acaso debía volver a la casa de Saint Raven?

Un auténtico escalofrío la atravesó; estaba cansada y tenía frío.

– ¿Podría llevarme a Londres?

– ¿Vestida así?

Se frotó los brazos desnudos.

– Tal vez no.

– Tu equipaje está en Nun's Chase, Cressida, y no me parece apropiado pasar a buscarlo para llevarte a casa a altas horas de la madrugada. Podrás dormir bien, vestirte correctamente y volver a Londres por la mañana.

Tenía razón, por supuesto, pero en su mente desesperada, Nun's Chase le parecía casi tan intolerable como Stokeley Manor.

– Confía en mí.

Se volvió para mirarlo. Él tenía la vista fija en la carretera, y su expresión era fría bajo la pálida luz de luna-. Ella le importaba, lo sabía. Era descuidado con muchas cosas, pero no con ella.

– Por supuesto -le contestó suavemente-. Confío en usted.

Vio cómo, de pronto, se relajaba y se alegró de al menos poder darle eso, hasta el punto de querer llorar. Fue un alivio que no cayeran esas lágrimas, ya que él se dio la vuelta y extendió sus brazos.

– Tienes frío. ¿No quieres compartir mi calor?

Fue hacia sus brazos y se acurrucó a su lado. Era una sensación cálida y reconfortante, que le provocaba emociones aún más peligrosas.

– Nunca te he preguntado qué excusa usaste para marcharte con Crofton, o cómo pensabas volver. Espero que todavía podamos usar ese plan.

Tenía la mejilla apoyada en su chaqueta de seda.

– Se supone que estoy visitando a Cecilia, una amiga casada que vive cerca de Londres, y que me llevó un amigo que iba para allá.

– Pero de hecho viajaste con Crofton. ¿Acaso nadie cuestionó ese detalle?

– Mi madre está demasiado ocupada con mi padre como para enterarse de nada, y casi todo el servicio se había ido. Además, Cecilia existe.

– ¿Y sabe ella esta historia?

Alzó la cabeza para mirarlo.

– Claro que no. Algo así le hubiese parecido fatal.

Cressida inmediatamente deseó tragarse esas palabras, Era verdad, pero lo que decía también era una crítica evidente a sus gustos y modo de vida. Aunque lo cierto era que en sus momentos de lucidez también condenaba sus gustos y estilo de vida.

El ruido metálico del vehículo y de las herraduras la alivió. Se acercaba el carruaje y quería que todo aquello acabase, el evento, la intimidad, todo. Se separó nuevamente de él. Desde ese momento tendrían compañía y una vez en Nun's Chase echaría el pestillo y se iría directamente a dormir. El vehículo se detuvo y el señor Lyne bajó para ayudarla a subir, y una vez dentro se sentó. Saint Raven le dijo algo a su amigo, se acomodó al lado de ella, cerrando la puerta con un firme golpe. Ella sintió que se le revolvía el estómago.

– ¿No viene con nosotros?

– Se queda para asegurarse de que la historia sobre La Coop es cierta.

CAPÍTULO 13

E1 carruaje se puso en marcha y por un momento Cressida pensó en bajarse. ¿Los dos a solas en ese reducido espacio durante un par de horas? ¿Después de todo lo que había pasado? Al menos había dos velas. Más iluminación de la que habían tenido durante toda 1a noche y la luz siempre invita a la sensatez.

Él estiró sus largas piernas y el holgado satén le marcó 1os muslos. Ella los tenía muy cerca y la invitaban a acariciarlos.

El carruaje avanzaba veloz, dio un brusco giro y ella se tuvo que agarrar a la correa de cuero.

– Mi informante es un hombre honesto y correcto, pero me doy cuenta de que debí haberme cerciorado. Podía haberse equivocado en algunos detalles. Cary lo va a averiguar y luego nos seguirá.

– No va disfrazado.

– A estas horas dudo que a alguien le importe.

Agitada por el movimiento, Cressida tomó conciencia de cómo iba vestida. Durante la noche se había ido acostumbrando, pero ahora sentía que iba en paños menores. Era como si los dos estuviesen en ropa interior, aunque aparentemente ninguno de ellos parecía llevarla.