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Satén sobre los muslos, satén sobre un bulto que debía ser…

¡Cressida!

Eran como Adán y Eva, dándose de repente cuenta de su desnudez. ¿Qué manzana había mordido en aquel infierno?

Él abrió una pequeña compuerta de la cabina, y sacó una petaca y dos vasos de plata.

– Brandy. ¿Quieres un poco?

Ella contuvo un escalofrío.

– No, gracias, su excelencia.

Usó la manera formal como protección, pues sentía que la poción seguía fermentándose en su interior, y si bebía algo más, a saber qué podría provocarle.

Tristán lo devolvió a su sitio sin haberlo tocado.

– Te calentaría. Deberíamos haber traído mantas.

Mantas. Cama…

– No tengo frío, su excelencia.

Parecían estar avanzando por una parte más llana del camino, por lo que pudo soltar el asidero.

– ¿Qué vamos a hacer, su excelencia, si la señora Coop no tiene la estatuilla?

Él se volvió hacia ella con rotundidad.

– Si vuelves a llamarme así, no seré responsable de mis actos.

La repentina violencia de su voz le cortó la respiración y la hizo temblar. Lo miró muda.

– Por lo menos -dijo firme-, llámame Saint Raven, aunque sería una gentileza por tu parte si me llamaras Tris.

– Tris -le susurró sintiendo que estaba pacificando a un animal salvaje.

Aunque también se dio cuenta de que era algo que le importaba, y que lo había herido al dirigirse a él tan formalmente. Seguro que podría concederle lo que le pedía sin mayores estragos.

– Tris -dijo claramente y para deshacer la barrera se quitó la máscara y los velos.

Era como si hubiese cambiado el aire y pudiese volver a respirar bien nuevamente. Él incluso sonrió levemente, con esa sonrisa tenue y seductora que le gustaba tanto.

– Tristán Hugh Tregallows a tu servicio. No te preocupes por las joyas, ahora son asunto mío y no te voy a fallar. Mi orgullo y honor están en juego.

Sin poder evitarlo, ella arqueó una ceja, expresando una ligera sospecha sobre su honor.

– ¿Detecto dudas acaso? No importa lo que sea el honor, Cressida, lo que importa es que una vez que uno se compromete a algo, lo tiene que mantener.

– Un punto de vista muy aristocrático. Le aseguro que en Matlock el honor es algo que se define mucho más claramente.

Se avergonzaba un poco por dentro. Pero ¿de qué le servía esconder lo que era? Una pequeña doña nadie de Matlock con ideas sobre lo que era correcto y lo que no, algo que él desdeñaba.

– Te refieres a la decencia -le dijo-, lo cual es otro tema.

– No hay nada malo en la decencia.

– Excepto que se interpone al placer, como la ropa interior.

Ella lo miró.

– No siga.

Un repentino giro del carruaje la empujó hacia él. La sujetó con sus brazos y la devolvió a su puesto. Ella se agarró a la correa de cuero, prometiéndose no soltarla hasta llegar a Nun's Chase.

– Le ruego que me explique qué tipo de honor le hizo asaltar a honestos viajeros en el Camino Real.

– ¡Ah, sí!

Estiró las piernas todo lo que el espacio le permitía y Cressida juntó sus pies para no tocarlo.

– Es un tema delicado, pero mejor será que lo sepas. Creo haberte contado que sólo por una noche fui Le Corbeau.

– Sí.

– Cuando volví en la primavera a Inglaterra supe que un salteador de caminos se hacía relacionar conmigo. El nombre Le Corbeau se suele traducir como «el cuervo» en inglés, o como mi nombre, Raven. Además, su radio de acción se limitaba a la zona de mi casa en Nun's Chase. Incluso se parece a mí, aunque casi nadie lo supiera. En Mount Saint Raven tenemos un retrato de un lejano antepasado mío, un antiguo caballero, que vestía como lo hace Le Corbeau.

– Dios mío, ¿cómo pudo haberlo sabido?

– Es una de las preguntas que me gustaría hacerle. He estado investigando durante casi todo el verano y finalmente descubrí su escondite: una casa de campo que ha estado ocupando a media milla de Nun's Chase. Desde ahí se dedicaba a observarme, el muy impertinente.

Miró a Cressida.

– ¿Somos amigos o debería pedirle disculpas por mi mal vocabulario?

Sabía lo que debía responder, pero él la debilitaba; además, sólo les quedaban un par de horas juntos.

– Amigos -respondió-. Imagino su rabia. ¿Lo atrapó ahí mismo? ¿Usted fue el responsable de su captura?

– No, se me escapó, pero lo capturaron. Entre tanto, había descubierto algo sobre sus posesiones que daban un nuevo dato a la situación.

– Y ¿entonces? No se haga de rogar.

Sonrió.

– Es una historia digna de una obra de teatro y a mí me encanta contar historias. Además, tenemos horas por delante.

Ella inspiró. ¿Era consciente de cuánto le atormentaba el tiempo que tenían que pasar juntos? ¿Le molestaba como a ella que el movimiento del carruaje le despertara la tentación de acercarse?

– En la casa encontré un baúl con varias cartas y objetos. No leí las cartas inmediatamente, pero por los objetos vi que había una conexión con mi familia. En particular, un anillo de compromiso de la familia que se había perdido.

– ¿No sería el de su tía?

– Sí, pero por lo visto se negaba a usarlo. Era una joya pesada de más de doscientos años que llevaba un zafiro en forma de estrella. Magnífico, pero anticuado, casi bárbaro.

– Y lo tenía el salteador de caminos. ¿Lo había robado? No puede ser -dijo contestándose a sí misma-. ¿Quién se atrevería a llevarlo por los caminos? ¿Su tío no lo echó de menos?

– Seguro que sí. Era avaricioso con sus posesiones. Hacía un inventario cada año, e hizo uno especial tras la muerte de mi tía. Antes de 1790, el anillo aparecía como guardado bajo llave en la habitación de los tesoros del Mount. Después está en la lista de las posesiones del duque, lo cual significa que a nadie le hacía falta verlo.

– ¿Se lo dio a alguien en 1790? -le preguntó intrigada por el misterio-. ¿Y ahora lo tiene este bandido? ¿De quién se trata?

– Jean-Marie Bourreau, por lo visto. Tras encontrar el anillo sentí que debía leer las cartas. Estaban en francés, pero yo lo entiendo bien. Lo que revelaban era que mi tío tenía una amante en París, lo cual no me sorprende, y que había tenido un hijo con ella en 1791, Jean-Marie. Imagino lo terrible que debe haber sido para él. Por fin tenía un hijo, pero no había manera de que heredase el ducado.

El carruaje volvió a dar un salto. No la movió de su asiento, pero hizo que se apagara una de las velas. Saint Raven, Tris, sacó unas tijeras, cortó la mecha y la volvió a encender con la llama de la otra. Su romántica mente no pudo dejar de apreciar la habilidad de sus elegantes y largos dedos. Nunca se había sentido tan susceptible como mujer.

Se inclinó nuevamente hacia atrás y prosiguió: -Debe haber sido otro retorcido infortunio. Su esposa era fértil y tuvo una gran descendencia, seis en total, pero todas mujeres. Y luego, usando sus palabras, esa maldita mujer siguió viva hasta que él estuvo demasiado débil como para seguir intentándolo.

– Suena como si hubiera sido un hombre espantoso.

– Simplemente un duque -contestó secamente.

De manera instintiva tocó el dorso de su mano y antes de darse cuenta de que no lo debía hacer, ya era demasiado tarde. Él giró la suya y cogió la de ella. No podía retirarla y tampoco deseaba hacerlo, así que la agarró ofreciéndole su comprensión, pero también absorbiendo la energía de su fuerza, hasta que él hizo una mueca de dolor, y ella aflojó el apretón.

– ¿Le hago daño?

– Sólo si la aprietas.

Levantó la mano ligeramente.

– ¿Se ha peleado otra vez?

– No es mi costumbre, y sólo ha sido en defensa propia.

– ¿Con quién se peleó en Stokeley? ¿Con Crofton?

– No, no. Fue con Jolly Roger. No me pidas detalles.

Tenía ganas de saber más, pero tras todo lo que había visto aquella noche, prefirió no seguir preguntando. Lo que le afectaba hasta el punto de provocarle el llanto era su comportamiento poco apropiado y rudo.