– Mientras no fuese una mujer la causa de la pelea… Se arrepintió de haber dicho algo tan obviamente coqueto. Él sonrió con los labios y la mirada.
– ¿Celosa?
– ¡No!
Levantó una ceja.
– Está bien, un poco. Esta noche era mi acompañante.
– Y lo sigo siendo -levantó su mano y la besó-, Roxelana.
Ella sin darse cuenta soltó la correa y pasó la lengua por sus labios. ¿Cómo pudo haber pensado que su deseo había muerto y que el peligro había pasado? Sólo su tacto y su mirada hacían que desease pegarse a él, tocarlo, sentir su sabor, y besarlo. El ritmo de los cascos de los caballos iba acompasado con el de su sangre.
Soltó la mano.
– Entonces encontró el anillo y las cartas -dijo de pronto.
Él volvió a arquear las cejas antes de contestarle.
– Sólo había una con fecha posterior al nacimiento en la cual negaba toda responsabilidad sobre el niño. Por lo visto hubo un envío de dinero, pero fue obviamente un regalo de despedida. El resto de las cartas del baúl eran borradores de cartas desesperadas de Jeanine Bourreau rogándole ayuda y recordándole sus promesas. Por lo visto pensaba que la llevaría a Inglaterra y que la dejaría bien establecida. Puede que las recibiera y las ignorara o que no las haya recibido nunca. Poco después del nacimiento de Jean-Marie, la revolución dejó al país en un completo caos.
– ¿Sabe lo que le ocurrió a ella?
– No, pero supongo que sobrevivió vendiendo su cuerpo. No habría tenido otra manera de mantenerse a sí misma y a sus dos hijos.
– Entonces, ¿qué está buscando Jean-Marie aquí? ¿Dinero? ¿Venganza?
– No lo sé, sólo ha contactado conmigo para mofarse de mí. Pero me gustaría saberlo, y para eso tengo que sacarlo de la cárcel. No quiero que salgan a la luz las sórdidas historias de mi familia en los periódicos y que vayan de boca en boca. Por eso Le Corbeau tuvo que volver a sus asaltos.
– Y asaltó a Crofton… Oh, Dios, imagino que no lo ha denunciado a los magistrados.
– Tampoco lo sé. Lo volví a intentar y por eso te tuve atada tanto tiempo. Te pido disculpas.
Ahora le parecían muy lejanas las horas en que tuvo que permanecer tumbada, con los ojos tapados y las manos atadas, sin saber cuál sería su destino.
– También conseguí interceptar a un viejo e irascible abogado a punto de morirse, como dijo él mismo, y le quité su reloj de oro y algunas guineas. Espero que haya funcionado, porque no volveré a intentarlo.
– Pero aún así se ofreció a hacerlo de nuevo por mí.
¿La pregunta habría incomodado al sofisticado duque?
– Es un asunto que no ha terminado.
Cressida le sonrió con auténtico cariño. Había muchas cosas deplorables en el duque de Saint Raven, pero verdaderamente era un hombre generoso que se tomaba sus responsabilidades con seriedad. Incluso con su primo extranjero y bastardo.
– ¿Qué va a hacer con él? -le preguntó con la cabeza apoyada en la ventanilla de su lado, mecida por el movimiento y sintiéndose casi en paz.
– Pronto saldrá de la cárcel y sé dónde vive y a qué se dedica en su vida cotidiana. Tendrá que volver a ella para despejar las sospechas, por lo que será fácil acorralarlo y obligarlo a que me cuente sus auténticos propósitos.
– Me resulta bastante tiránico.
– ¿No soy duque acaso?
– ¿En esta época civilizada?
– No es una época tan civilizada como piensas, señorita Mandeville de Matlock. Pensé que acababas de presenciar una evidencia de ello.
– No se burle de mí.
– ¿Lo he hecho? Te pido perdón. Pero el mundo no está civilizado, Cressida. En cuanto a la tiranía, tengo el poder y las influencias suficientes como para hacerle la vida muy difícil a un francés si así lo deseo. Le Corbeau debe parar -anunció como si su palabra fuera la ley-, no puedo permitir el escándalo que provocaría su captura. De todas formas, por lo que parece, mi tío los trató a él y a su madre de manera abominable. Si desea algún tipo de compensación, haré todo lo posible por dársela.
– ¿Y si desea seguir asaltando caminos?
– Si lo hace será por pura extravagancia.
– ¿Es un rasgo de familia?
La miró fijamente.
– No te burles de mí, señorita Mandeville. Puedo ser serio, y en ocasiones incluso digno.
Se intimidó al sentir su enfado, pero se dio cuenta de que sentía más dolor que rabia. Le lanzaba dardos como si llevara una armadura, pero tal vez no era así.
– Ser duque no siempre es un placer, y para que lo sepas, me he pasado casi todo el verano trabajando, no en reuniones sociales u orgías. He estado lo últimos seis años bajo la tutela oficial de mi tío, pero nos llevábamos tan mal que en cuanto tuve edad suficiente nos comenzamos a evitar. Tengo mucho que aprender. Tampoco sirvió que, por miedo, me fuera al extranjero en cuanto heredé.
– ¿Miedo de qué? -preguntó abandonando toda resistencia al ver su lado más vulnerable.
– El duque murió de un ataque al corazón muy repentinamente. No estaba bien, pero tampoco había señales de que moriría tan pronto. No estaba… preparado. Creo que de alguna manera me convencí de que nunca ocurriría.
– ¿Acaso no quería ser duque?
Aunque la luz de la vela podía crear ciertas sombras, su expresión era de total sorpresa ante la pregunta.
– ¿Qué atractivo tiene serlo aparte de que se inclinen ante ti, si es eso lo que te gusta? Las responsabilidades son enormes y no sólo hablo de las propiedades.
– ¿Riqueza? ¿Lujo? ¿La libertad de hacer lo que quiera?
– No me parece que pueda hacer todo lo que quiera.
Su tono y mirada le dijeron que se refería a ella, a los dos.
– En cuanto a la riqueza y el lujo -continuó-, no hace falta poseer un alto rango para tener ambas cosas. Tris Tregallows el Rico tendría una vida mucho más fácil de la que llevo yo, créeme ¿De qué me sirve tener doce casas en seis países distintos, muchas hectáreas, cientos de sirvientes y miles de arrendatarios? Todos dependen de mí.
– ¿Doce casas? -repitió-. ¿Seis países?
– En Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda y la casa de Francia que tal vez embarguen, y la de Portugal. Allí tengo una propiedad y no sé nada sobre la producción de oporto.
– Puede hacer mucho bien.
– ¿Con qué tiempo?
«Con el que gasta en juergas», pensó, pero no lo dijo.
– Puede colaborar en obras de caridad.
– Lo que también es un trabajo.
Ella no pudo resistirse a provocarlo.
– Ya veo, es el trabajo lo que le fastidia.
– ¡Maldita sea, mujer, no es así! -No pasaba nada, se reía y enfadaba simultáneamente-. Un duque es un duque, Cressida. La gente no sólo quiere mi dinero, quiere mi patronazgo. Quiere mi presencia en los eventos, porque eso les genera dinero, como si fuese un cerdo con dos cabezas.
Cressida no pudo evitar soltar una risa, pero se imaginaba sus tribulaciones, y lo sentía por él.
– La gente presta atención a todo lo que digo. Intentan complacerme, especialmente las jóvenes doncellas. Algunas se rasgarían los vestidos y se tumbarían a mis pies si así pudieran ganar una corona. Y los hombres me imitan. ¡Fíjate en Crofton!
– Ya lo he visto -dijo, y era verdad.
Crofton había imitado la popular bacanal de Saint Raven obteniendo como resultado esa repugnante fiesta de libertinaje, y él sentía que era culpa suya. Además, había dicho una palabrota sin siquiera darse cuenta, lo cual recibió como un peculiar halago, ya que eso los convertía en amigos, aunque sólo fuese por un rato. Tris suspiró.
– Si me diera por llevar un gorro de bufón, la mitad de los hombres de Londres se pondrían uno al día siguiente.
– Creo que no le iría mal llevar uno.