Un duque no se casaba con una cualquiera de provincias, y por una buena razón. Se estremeció al pensar que pudiera tomarse en cuenta cada una de sus palabras, que se imitase cualquiera de sus tonterías, o que la gente se inclinara ante ella sólo por el honor de estar en su compañía. Sin embargo, ésa era la realidad. Era la realidad en Matlock con las leonas locales como lady Mumford y lady Agn Ferrault. En Londres lo había visto todo de la manera más descarada. Expresiones como lame pies no eran meras exageraciones.
Él rompió el silencio.
– ¿Y qué hay de ti, Cressida Mandeville? ¿Cuándo tengas tus joyas, qué vas a hacer con tu vida?
Se esforzó para contestarle con una sonrisa.
– Volver a Matlock con mis padres y cuidar de mi padre.
– Contrata a una enfermera.
– Tal vez lo hagamos, pero Matlock es mi hogar. Tengo toda una vida allí.
– Estabas en Londres buscando un marido.
– Estaba en Londres porque mi padre pensó que me encontraría un marido de alto nivel. No tengo nada en contra de la idea -se encogió de hombros-, no ha ocurrido.
– ¿Acaso están todos ciegos en Londres?
Lo miró a la cara.
– No soy ninguna belleza. De hecho, usted no se fijó en mí.
– ¿Nos presentaron?
– Tal vez hasta se había sonrojado.
– No, pero he estado en el mismo lugar que usted una o dos veces y no se sintió irresistiblemente atraído por mi belleza y mis encantos.
Lo había dicho en broma, por lo que fue un alivio verlo reír.
– Tal vez estaba tan ocupado evitando las acosadoras del momento que no me habría fijado en ti ni que hubieses llevado un halo alrededor de la cabeza. Pero lo siento.
Le tomó la mano y la besó. Tras un momento de quietud, ella la retiró.
– No, Tris.
– No ¿qué?
– No coquetee conmigo.
No apartó la mirada.
– Nunca te haré daño, Cressida. Mi honor me va en ello.
«¿Cómo puede prometerme eso, loco? Veo que se aproxima el dolor como si se tratase del bisturí de un cirujano.»
– He disfrutado mucho de tu compañía. No me pidas que sea frío.
Le hizo falta coraje, pero fue directamente al corazón del problema.
– Está bien, mientras admitamos ahora que no puede haber nada más que amistad entre nosotros.
Cuando lo vio dudar, sintió cómo su loco corazón le temblaba. Entonces, él le preguntó:
– ¿En qué se basa una amistad?
– Debería saberlo.
– Me pregunto si excluye esto.
La atrajo hacia sus brazos. Cressida podía haberse resistido. Lo sabía, sabía que él le estaba dando todas las posibilidades del mundo para hacerlo. De cualquier manera, esto no iba a durar. El bisturí de cirujano haría lo suyo muy pronto. No podía por lo tanto resistirse a lo que su corazón y su cuerpo deseaban con tanta intensidad.
Quieto como una estatua bajo la luna llena, el bandolero observaba el camino, controlando fácilmente a su caballo sin bocado. Su vestimenta era oscura como la sombra. Ocultaba la cara bajo una máscara y una delicada barba al estilo de Carlos I. Hubiera sido invisible si no fuera por la impresionante pluma blanca que adornaba su sombrero de ala ancha.
Jean-Marie Bourreau rogaba para que pasase un carruaje de ricos, y mientras más lo fueran, mejor. Estaba contento de haber salido de prisión, pero le dolía el orgullo. ¿Quién lo había imitado? ¿Quién se había atrevido a tomar su creación, Le Corbeau, y usarla para su propio beneficio?
Jean-Marie y sus hombres habían regresado cautelosamente a la casa de campo. Habían encontrado la destartalada cabaña intacta, aunque le había parecido que la ropa de cama de la habitación escondida no estaba igual que cuando se fue. ¿Había dormido su imitador en su propia cama? ¡Le arrancaría los ojos, las tripas y los genitales!. Sin embargo, los baúles estaban intactos, al igual que su vestimenta.
Tal vez el impostor había hecho su propia versión, como obra de teatro de Drury Lane, Una dama atrevida. Se había convertido en una especie de héroe para estos ridículos ingleses. Durante sus días en prisión, una bandada de mujeres había ido a visitar a Le Corbeau, e incluso algunas habían sobornado a los carceleros para que les permitieran pasar un rato con él y tener un momento íntimo.
No había sido tan terrible. Ahora estaba libre y debía recuperar su identidad. Él era Le Corbeau.
¡Ah! Se acercaba un carruaje. Vio su objetivo. Uno ligero con dos caballos y sólo un hombre en las riendas. Excelente, poca seguridad y prometedora riqueza. Apareció en medio del camino.
– ¡Manos arriba!
El cochero detuvo el carruaje de golpe.
– ¡Demonios, creía que estaba en la cárcel!
– Un erog, como ve, monsieur. No me cause pgoblemas.
Miró dentro del carruaje y sonrió. La persona que viajaba mujer hermosa y sola. Ese hecho, y que llevara la cara pintada, indicaban que no era un epítome de virtud, pero él tampoco lo era. Sería una cortesana más que una ramera si viajaba en un carruaje semejante, imaginó.
– Madame, requiego un peaje pog el uso de este camino.
– Debéis ser el rey, entonces, ya que éste es el Camino Real.
No tenía el oído habituado a los acentos ingleses, pero pensó que hablaba bastante bien.
– Tal vez. Después de todo, vuestgo rey está loco.
– Y el vuestro -le indicó- está muerto.
– Alas, no, madame. El nuestgo está ahoga muy, muy gordo.
Sonrió y luego soltó una gran risotada, radiante y verdadera, luciendo sus excelentes dientes. El nuevo rey de Francia había pasado su exilio comiendo sin parar y era conocido como Louis le Gros.
– Entonces no es usted el rey -dijo tras mirarlo de arriba abajo-. ¿Qué tipo de peaje tiene en mente, monsieur Le Corbeau.
Jean-Marie se sintió totalmente seducido, tanto que le pareció estar en peligro de perder su comodidad en su montura.
– Alas, madame, un peaje rápido. Este cuegvo debe volag antes de que sea targde.
– Aunque me parece que merezco la pena para algo más que un peaje rápido.
Sabía lo que le estaba sugiriendo. ¿Sería como echarse la soga al cuello? La vida, creía, era un riesgo, pero una larga vida exigía un poco de sentido común.
– Tal vez, madame, un día podemos explogag estas cosas sin prgisa.
– Por supuesto, señor, tal vez pudiésemos…
– Pero ahoga le debo pedig que se baje del caguaje paga asesogag el peaje de vuestga… hmm… giqueza.
Se le congeló la expresión y abrió la puerta de golpe para bajarse. Él arqueó las cejas al verla de cuerpo entero. Muslos anchos, pantorrillas redondeadas, finos tobillos y esbelta cintura. Se le hizo la boca agua. El canesú de su vestido estaba cortado por debajo de sus magníficos pechos, cubiertos sólo con un leve velo.
Suspiró de nuevo, asegurándose de que lo escuchara.
– Su giqueza, pog lo que veo, son sus encantos natugales, madame. ¿No lleva joyas?
– Vuelvo de una fiesta salvaje que no estaba a la altura de joyas.
La miró nuevamente de pies a cabeza, lo cual no era difícil, para comprobar que sus palabras eran ciertas. No podía esconder mucho bajo su vestido. Solía llevarse un beso de las señoras en lugar de alguna baratija, pero un beso de una prostituta apenas era un pago. Miró dentro del carruaje. En el asiento había una estatuilla blanca. Volvió la vista hacia ella y vio cómo se tensaba. Ah, entonces…
– Me llevagé eso.
– Es algo insignificante.
– Segé yo el que lo juzgue.
Cogió la estatuilla y se la alcanzó para que la mirara.
– Es una baratija. Una estatua india que gané como premio. Era de unos dieciséis centímetros, y tenía una talla intrincada, evidentemente de marfil.