– Estoy segugo de que se megece el pgemio, madame, perop tengo mi orgullo y si la vendo tendgá algún valog. Entréguemela.
La mirada de ella transmitía furia, lo cual acrecentó su interés. ¿Por qué ese objeto significaba tanto para ella y cómo podía sacarle el mayor provecho?
– Creí que sólo se llevaba la mitad de las pertenencias de la gente, Cuervo.
– No se puede cogtag en dos. -Avanzó su caballo y la recogió de sus manos-. Tal vez, madame, le pegmita comprágmela de vuelta.
No era tan buena como pensaba a la hora de esconder sus emociones. Primero se mostró furiosa, luego calculadora y, finalmente esperanzada.
– Paga eso -apuntó Jean-Marie-, necesitagé vuestgo nombge.
– Miranda Coop -le contestó con la arrogancia de una duquesa-. Verá que mi dirección es muy conocida. Devuélvamela antes de una semana o haré que lo cuelguen.
Volvió a subirse a su carruaje, pero Jean-Marie agarró la puerta de manera que no pudiera cerrarla.
– Me pgegunto dónde es esa fiesta tan animada que decía.
Sus miradas se cruzaron con una divertida complicidad.
– Stokeley Manor, a una hora de aquí. Y sí, casi todos 1os asistentes están totalmente borrachos.
Parecía que a la dama no le gustaba demasiado la gente de la fiesta. Él inclinó la cabeza, cerró la puerta y permitió al cochero reanudar su camino. Al alejarse, Alain e Yves se le acercaron.
– No estarás pensando en aceptar su invitación ¿no? -le preguntó Yves-. Hará un paquete contigo y te llevará como regalo al verdugo.
– ¿Eso crees? -Jean-Marie sonrió al mirar la estatuilla, más interesante-. ¿Te parece que esta postura sea posible?
– Lo que creo que es posible es que nos atrapen si seguimos aquí. Y si no vas a venderla nos estamos arriesgando a morir por nada.
Jean-Marie se rió.
– Tienes corazón de mercenario y yo tengo una idea que te va gustar. ¡Vamos! El Cuervo vuela hacia el norte.
La boca de Cressida jugaba con la boca de Tris, asombrada por el tiempo que una pareja puede pasar sencillamente besándose. Aunque tal vez sencillamente no era la palabra adecuada. Estaba sentada sobre él y cada movimiento brusco del carruaje hacía que se frotase la seda contra la seda y que cada ángulo de su cuerpo encontrara una curva en el de ella.
Su mano estaba nuevamente bajo su vestido, rozándola, caliente y fuerte, creando las sensaciones más deliciosas que se podía imaginar. Deseaba saber hacerle lo mismo, pero estaba demasiado insegura como para preguntárselo o intentarlo. Aún así, lo tenía entre sus brazos y la libertad de su boca. Era algo muy extraño. Su boca había estado tanto tiempo pegada a la suya, que se habían disuelto las barreras entre ambos y sentía que él era parte de ella. El carruaje la empujó nuevamente contra Tris y ella sintió claramente la excitación de él. Su miembro estaba duro. Un deseo ardiente le invadió el cuerpo, pero interrumpió el beso.
– Tenemos que parar.
– ¿Ah, sí?
Sus pobladas pestañas le cubrían unos ojos sonrientes, y sus labios parecían más sensuales que nunca, más tentadores, más deliciosos…
Odiaba tener que poner palabras a ese misterio.
– No puedo permitir que me arruine, Tris. Sería desastroso para los dos.
Tomó un mechón de su cabello y lo envolvió alrededor de su dedo.
– Si te quedases embarazada me casaría contigo.
¿Qué tentación más grande podía haber? ¡Tenerlo para siempre y además con un hijo suyo!
Agarró ella misma el bisturí de cirujano y le dijo:
– Lo siento. Yo… lo aprecio, Tris, pero nunca podría ser una duquesa. Tal vez podamos ser amigos, en la distancia. Quizá podamos escribirnos…
– Escribirnos -repitió él.
– O no. -Recogió su cabello interrumpiendo el juego de su dedo-. Somos como viajeros que se conocen en un lugar extraño y se acompañan simplemente porque están lejos de casa. Una vez de vuelta a su origen, se termina la conexión.
– Acabamos de descubrir una conexión muy poderosa.
– Besarse no lo es todo.
Hizo un gesto con los labios.
– Es verdad.
– Quiero decir, hablando de conexión.
– Tienes toda la razón.
– ¡Hablo en serio! No tenemos nada más en común.
– ¿Ah, no?
Ella sabía que sí y temía que él se pusiese a enumerar ejemplos.
– No importa. Soy demasiado convencional para usted, demasiado decente. Perdería la paciencia conmigo. Lo que le atrae es esto -dijo señalando su exuberante vestido- y a mí, no.
– Me encantaría verte sin él.
Se bajó de sus piernas volviendo a su propio asiento.
– ¿Ve? ¡Sólo usted diría algo así!
Él arqueó las cejas.
– Usted y la gente como usted. -Se puso las manos sobre sus calientes pómulos-. ¿Por qué le digo esto? Porque no es serio en cuanto al matrimonio. Está intentando seducirme cuando prometió no hacerlo.
Él se recostó en su esquina del carruaje.
– No, no lo hice. Te prometí que podías confiar en mí y eso sigue siendo verdad. Tampoco es que fueses reacia a besarme, así es que no pretendas que así ha sido. -Parecía relajado, divertido y seductor como Satanás-. Y en cuanto a la seducción, todavía pienso que sería una buena idea.
– ¡Sería un desastre!
– No te precipites tanto. Tú, mi intrépida exploradora, no sabes aún lo que hay a la vuelta de la esquina.
– Sinceramente espero que sea Nun's Chase.
– Donde convenientemente hay dos camas y muchas horas aún de esta aventurada noche. Tú viaje no terminará hasta que no estés de vuelta en la casa de tus padres, Cressida. ¿No piensas que sería una pena que te perdieras el mejor de los decorados?
Le tembló la piel y se le tensaron los músculos.
– Es Satanás el que habla.
Se rió.
– ¿Crees que estoy poseído por el demonio? -Creo que es el demonio.
Y lo era. Sabía exactamente cómo jugar con ella. Su mente era tan experta como sus manos y su boca. Por eso no intentaría tocarla ahora y se mantendría en su esquina lo más lejos posible de ella. Sabía que eso lo hacía más deseable.
Y para dejarlo claro, habló.
– Quiero hacerte el amor, Cressida, y puedo hacerlo sin arriesgarme a dejarte embarazada, y sin siquiera romper tu virginidad. Quiero hacerlo por mi propia satisfacción y deleite, pero también por ti. Como dices, este viaje terminará pronto. En mi papel de guía, me duele que dejes mis tierras sin haber experimentado lo mejor, especialmente tras haberte llevado al peor de los lugares. Te ofrezco un placer intenso, con un mínimo de riesgo.
El cuerpo de Cressida se estremeció como respuesta directa y hambrienta a sus palabras. Rogó que no se diera cuenta.
Mínimo de riesgo, se recalcó a sí misma. No había dicho sin riesgo. Lo cual enfatizaba que lo que decía era escrupulosamente honesto, haciéndolo aún más seductor. Valoraba la honestidad y si ella actuara de acuerdo con eso ahora, admitiría que las últimas veinticuatro horas, el tiempo que había pasado con él, habían sido las más honestas que podía recordar. En esta situación, con su exiguo disfraz, se sentía real por primera vez en la vida.
¿Era eso lo que su padre había sentido en la India? ¿Era ésa la razón por la que no había sido capaz de volver a casa, ni siquiera para estar con su mujer y su hija? Arthur Mandeville había encontrado su lugar en la India, pero no era el apropiado para su hija. Era un lugar salvaje, para prostitutas y sus clientes.
– Ojalá pudieses articular tus atormentados pensamientos en palabras -dijo él.
– Entonces intentaría luchar contra ellos.
– Por supuesto. No puedo ver otra objeción racional que no sea el temor de arruinarte.
Ella se rió.
– ¿Y le parece poco? Él encogió los hombros.
– Si se sabe de tu presencia en Stokeley, estarás arruinada. Nada que puedas hacer ahora lo cambiaría y, por supuesto, si llegara a suceder, me casaría contigo.