– Y yo me negaría.
– No voy a dejar que me distraiga una hipótesis. No tienes una opción racional, Cressida, que no sea volver conmigo a Nun's Chase para lo que queda de noche. Lo que hagamos allí, nunca lo sabrá nadie.
– Yo sí.
– ¿Pasar la noche juntos sería algo banal y que no está a tu altura?
Eso le dolió.
– ¡Hace que la virtud suene como algo vulgar!
– Tal vez lo sea.
– Es un demonio.
– No lo seré hasta que me muera. Y no -le contestó anticipándose-, no intentes salvar mi alma inmortal. No siento que esté en peligro, pero soy lo que soy; aquí el experto soy yo. Lo que arriesgas esta noche, lo único que arriesgas, es que una vez que hayas disfrutado al máximo de tu cuerpo, se te despierte un apetito desmesurado por ese placer. Y eso te puede llevar al desorden.
– Está muy seguro de sus habilidades -le objetó.
– Sí, pero no se te olvide, que ahora te conozco un poco. No eres fría ni difícil de complacer. Hacer el amor será como continuar lo que hemos disfrutado juntos hasta ahora, lo cual, debo admitir, ha sido más que prometedor. ¿Qué quieres, Cressida? ¿Qué es lo que quieres?
– ¡No siempre podemos hacer lo que queremos! O por lo menos nosotros, los simples mortales.
Él agitó la cabeza.
– Antes había leyes que regulaban la vestimenta de la gente de acuerdo con su rango. Bajo esas leyes, habría sido un delito que llevases esos pantalones color violeta. Las leyes, e incluso los pecados cambian, Cressida. No son inmutables. Lo único que importa en estos tiempos es que no te pillen.
Puso los ojos en blanco.
– Pero existen los Diez Mandamientos.
– Que únicamente prohíben el adulterio.
– ¡Oh, usted es realmente imposible!
Sonrió, declarando así su elocuente maldad.
– Eso no lo discuto. Pero lo que ofrezco es honesto y pensé que ya habíamos dejado claro que confiabas en mí. ¿No te he demostrado acaso que soy de confianza?
Cressida se llevó las manos a las sienes, sujetando su cabellera suelta.
– El diablo es de por sí tentador, y hasta convincente.
– Me decepcionas, señorita Mandeville. Eso es un concepto demasiado convencional.
Se agarró a sus palabras.
– Soy una mujer muy convencional.
Sus cejas se arquearon y sonrió con aire incrédulo.
– ¡Lo soy! Este viaje es aberrante. Mi hogar, mi verdadero lugar es Dormer Close, en Matlock. ¿No lo ve? -le preguntó, dándose ella misma cuenta de la pura verdad-. Si sucumbo a usted, nunca más me sentiré en casa allí.
Al igual que su padre, que nunca había podido sentirse de vuelta en casa en Inglaterra. ¿Acaso era demasiado tarde ya para ella?
– Pero ¿es Matlock la mejor opción?
Sus palabras resaltaron sus propias dudas y temores.
– Es mi hogar, y lo necesito. Necesito familia, amigos, actividades cotidianas, la comodidad de la rutina. Necesito ser alguien que reconozco y con quien me siento cómoda. No tengo un espíritu salvaje como el suyo, Tris. No soy así.
Suplicó que la hubiese comprendido, que creyera lo que le había dicho.
Tris la estudió por un momento y luego suspiró.
– Como quieras. Pero en ese caso, creo que es mejor que no nos toquemos ni hablemos hasta llegar. Mi fuerza de voluntad, querida Cressida, no es tan fuerte como la tuya.
CAPÍTULO 15
Para cuando llegaron a Nun's Chase, Cressida estaba muy cansada, más que nada de espíritu. No estaba segura de poder conciliar el sueño. Sabía que había tomado la decisión correcta, sana y lógica, pero simultáneamente la sensación de haberse equivocado no la dejaba tranquila.
No era sólo deseo. Era algo más. ¿Instinto? Nunca había creído ser una persona que se dejara guiar por el instinto, que en este momento le decía que había tomado el camino equivocado, a pesar de todas las evidencias expuestas por su lado más racional.
Cuando el carruaje se aproximó a la casa, volvió a colocarse rápidamente la máscara y los velos. Saint Raven bajó por su lado, a pesar de que era el opuesto a la puerta de entrada. Cressida se estaba preguntando si debía hacerlo por su cuenta cuando un mozo abrió la puerta y le ofreció la mano para ayudarla.
El hombre se mantuvo impasible, pero por primera vez sintió la peculiaridad de su vestimenta. ¡Pantalones! ¡Desnudez bajo la fina seda! Al acordarse de los audaces comentarios de Enrique VIII sobre sus posaderas, deseó como nunca llevar la capa que había dejado olvidada.
No sabía la hora que era, pero debían de ser pasadas las dos; esa hora muerta en la que todo parece desolado, incluso cuando no hay motivo alguno. ¡Santo cielo! Tenía buenas razones para sentirse así. No le sorprendía que Saint Raven la hubiese encontrado lo bastante madura para seducirla. Bajo la fría luz de la realidad, se daba cuenta de que se había comportado indecentemente toda la noche.
Tris caminó con ella hacia la puerta, pero no le ofreció el brazo. Lo tarde que era y el aire helado hacían que le doliera todo de frío; pensó en su cuerpo caliente contra el suyo, pero él estaba cumpliendo las condiciones que ella misma había establecido insistentemente. La puerta principal se abrió antes de que llegaran, y Harry se hizo a un lado para dejarlos entrar. ¿Qué diablos pensaría del aspecto que ofrecían?
¿Estaba ya perdida de todas formas? En ese caso…
Saint Raven se volvió hacia ella.
– ¿Hay algo que necesite antes de retirarse, señorita Wemworthy?
Pensó que debería hacerle una reverencia, pero con esa vestimenta era ridículo.
– No, gracias, su excelencia.
Debía haber algo relevante que decir al final de su aventura, pero todo lo que consiguió articular fue:
– Buenas noches, su excelencia, y muchas gracias por su dedicación.
Se dio la vuelta y subió las escaleras rogando que los hombres no le estuvieran mirando el trasero. Una vez en sus aposentos, cerró con pestillo, se sentó en la cama y hundió la cara entre sus manos.
Tris la observó un momento al subir, pero enseguida Harry le habló.
– Han llegado algunos papeles por correo, señor. Están en su estudio. Lo último que necesitaba ahora eran tareas administrativas. Pero si Leatherhulme las había enviado urgentemente, es que lo eran. Además, tal vez le ayudarían a enfriar su deseo. Sin embargo, al mirarlas, se dio cuenta de que no eran tan urgentes. Hacía falta una firma para una inversión. Documentos de una venta en Lancashire. Seguramente eran una manera de reprocharle su larga ausencia de Londres.
Lo que le hacía falta era alguien que pudiese viajar con él y no se asustase fácilmente. Cary lo haría si no fuese porque no le interesaba un trabajo tan monótono, y porque además no le hacía falta el dinero. Dejó los papeles a un lado y los volvió a coger, les echó un vistazo y los firmó. Los lacró con cera, los selló con su anillo, y los puso en el morral de cuero. Al pobre Leatherhulme le daría un ataque si los papeles quedaran a la vista de cualquiera.
Tris se reclinó en la silla y se restregó la cara. Pensamientos, preguntas, dudas y remordimientos le cayeron de pronto encima. Todo relacionado con los últimos eventos, pero aún no podía pensar claramente. Mandaría a Cressida de vuelta a su querida casa y recuperaría la maldita estatuilla. Visitaría a Leatherhulme y se pondría al día con la administración. ¿Y después?
Le hubiera gustado salir del país, pero lo más que podía permitirse era un descanso en Cornwall. O tal vez no. Se había prometido a sí mismo que una vez que fuese duque se casaría para procrear. Ya había pasado un año y había conocido a todas las candidatas en boga. Debía hacerlo de una vez por todas y quitarse el tema de encima.
Cressida quería llorar, pero temía hacer ruido. Si Tris la escuchaba iría a verla y todo volvería a empezar. No soportaba la idea de hacerle daño nuevamente. Se irguió, frunciendo el ceño. ¿Hacerle daño? ¿Al duque de Saint Raven? Era algo absurdo y presuntuoso por su parte. Haberlo rechazado no era para él más que un pequeño inconveniente, no una herida. Seguro que ya se habría olvidado.