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– Tal vez es porque ya he pasado por una orgía.

– Tal vez sea eso.

Sus manos comenzaron a acariciar su espalda. Sentía su piel a través de la fina tela, como si nada se interpusiese entre ellos. -Espero complacerte también -susurró Cressida. -Lo harás.

– Quiero decir, hacer algo que te complazca. Deseo…, no sé lo que deseo, pero darte algo a ti.

Inclinó la cabeza para rozarle los labios con los suyos.

– Cállate, ya hemos hecho nuestra tarea. Hemos pensado, hablado e intentado ser sensatos. Ahora podemos simplemente sentir…

Llevó los brazos a su espalda y le cogió las manos, trayéndolas hacia su pecho, dejándolas pasar por el brocado de su chaqueta, haciendo que sus dedos se detuvieran en los botones.

– Si quieres hacer algo por mí, amor, desabróchame.

¿Desvestirlo? Exactamente.

Cressida comenzó a desabrochar los botones uno a uno, consciente en cada segundo de su calor, su olor y la profundidad de sus respiraciones. Cuando terminó le abrió la chaqueta y se la quitó pasando por encima de sus hombros, dejando al descubierto su camisa de seda blanca. Lo miró para saber si tenía más instrucciones para ella, pero él estaba relajado, casi pasivo, dejándola hacer lo que desease.

– Me conoces demasiado bien -le susurró, tirando de la camisa por fuera de los pantalones.

Cuando estuvo suelta deslizó las manos por debajo de ella, apoyándolas en sus ardientes y firmes costados. Ella se sintió ligeramente mareada.

– Puedes seguir tú ahora.

– Continúa, te salvaré si te caes.

La conocía bien. O mejor dicho, conocía bien a las mujeres. O tal vez era este misterioso asunto el que conocía bien. Eso era, según las leyes de la decencia, algo que debería disuadirla de continuar, aunque no podía imaginarse una buena razón por la que hacerlo. Un guía con experiencia le parecía una buena idea para adentrarse en esa selva tórrida y desconocida.

Tal vez debiera sacarle los gemelos de los puños y quitarle la camisa, pero quería descubrirlo primero así, con su tacto. Con los ojos cerrados, dejó que sus dedos recorrieran su piel, sintiendo cada caricia con las palmas de sus manos.

De pronto se le despertaron los sentidos. Su olfato se deleitaba con el olor de él a la vez que sus oídos percibían a través de su piel sedosa, de sus ágiles músculos y su elegante osamenta cada una de sus profundas respiraciones. Se maravilló al pasar de su sólido tórax a su firme abdomen y sonrió al sentir el pequeño orificio del ombligo. Puso sus labios ahí e inhaló su aroma. Luego asomó la lengua para sentir su sabor. En ese momento él la distrajo, tocando suavemente sus hombros, para luego acariciar su cuello. Le pasó los dedos por el cabello y lo recogió en su nuca. Ella se levantó, arqueando el cuello, llevando las manos hacia su espalda para acariciar el firme arco de su columna. Nunca había visto su espalda.

Abrió los ojos y lo miró, sin poder enfocar la vista al principio. En la mirada de él leía deseo, aunque fuese un lenguaje que ella aún no conocía. Le besó la frente, ella se balanceó y luego se concentró en desabrochar los tres botones del puño derecho de su camisa, luego el izquierdo. Después intentó sacarle la camisa, pero le era difícil por su altura.

– Lo tendrás que hacer tú -le dijo a Tris.

Él apoyó una rodilla en el suelo.

CAPÍTULO 16

Se puso detrás de él y le sacó la camisa por la cabeza con mucho cuidado, como si fuese un niño. Apareció su espalda, una obra de arte, toda para ella. Suavemente le acarició sus anchos hombros y la nuca, absorbiendo sus sensaciones con todos los sentidos que conocía y otros que estaba descubriendo. La cabeza le daba vueltas como si la poción aún le hiciera efecto, pero esta intoxicación se debía a él. Sólo a él. No podía enfocar bien la mirada, los latidos de su corazón y su pulso palpitaban con desenfreno. Aturdida, se agarró a sus hombros.

– Me caigo…

Él se levantó lentamente, y dejando que le soltara las manos, se volvió hacia ella y la besó.

– ¿Mi nombre?

– Tris. Tristán Tregallows.

– He sido esa persona toda mi vida hasta el año pasado. A veces me temo que el pobre Tris Tregallows está perdido. Encuéntramelo, Cressida.

La besó, primero con dulzura, como si nunca se hubiesen besado, para llevarla luego a lugares más oscuros y peligrosos. Ella se dejó arrastrar por ese remolino de sensaciones, sin darse cuenta de que sus piernas habían cedido hasta que la levantó en sus brazos para llevarla a la cama.

Después se levantó para quitarse el fajín, dejándolo caer delicadamente encima de ella.

– Puedes atarme luego si quieres.

En su estado de ensoñación captó el mensaje sin entenderlo. ¿Qué?

– Sólo si lo deseas.

Con la mirada puesta en sus ojos, deshizo el nudo de sus pantalones y los dejó caer. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza, en cierta manera era por los nervios, pero más que nada era de deseo. La expresión de Tris era de cautela, como si pensara que se iba a arrepentir. Ella entendía la razón, pero todo lo que sentía era un deseo ardiente y desesperado. Un hombre lujurioso era tan bello a la vista que le sorprendía que los artistas no los pintasen.

– Me siento algo impaciente, mi guía.

Su cautela inicial se había transformado en un burbujeante y travieso deleite.

– La anticipación, muchacha, es la clave de todo.

Tiró de ella para que se pusiese de rodillas y le sacó su vestido por arriba. La desnudó lentamente, con los ojos puestos en la piel que iba surgiendo, haciendo una pausa cuando la tela blanca de su ropa interior dejó sus senos al descubierto. Ella miró cómo sujetaba la tela, y sintió que sus labios pasaban por la parte superior de sus pechos. Pensó en Crofton y en Miranda Coop, y en lo degradada que era su versión de eso mismo.

– Casi todos los hombres adoran el misterio de los pechos de una mujer, Cressida. Dulces y suaves, y a la vez firmes. La naturaleza, que es sabia, ha hecho que el tacto de un hombre dé placer a la mujer, pero como los varones somos así, jugamos con ellos porque nos encanta.

Sus labios se dirigieron a su pezón izquierdo, provocando en ella una sensación nueva y exquisita. Luego comenzó a jugar con la lengua. Ella deseaba más y más, pero él se volvió hacia el otro, dejándolo igualmente insatisfecho. No iba a quejarse ya que sabía que quedaría satisfecha. Estaba allanando el camino que iban a emprender, preparándola. Ahora su vestido estaba a la altura de sus caderas. Él la acarició con la boca a lo largo de su cuerpo, y se dirigió al ombligo, donde se detuvo para jugar con la lengua. Luego se levantó para ponerla en pie y liberarla: de su vestido, de sus pensamientos, de todo aquello que no fuese deseo.

Dio una vuelta con ella en sus brazos. Para no sentir vértigo, puso las piernas alrededor de su cintura. Siguió girando y la besó, llevando cada sensación al lugar donde su deseo estaba abierto a su calor. Las paredes podían caerse o encenderse. Pero a parte de este momento nada le importaba. Interrumpió el beso, con la mirada oscura y aturdida, igual a como se sentía ella, y poco a poco la tendió en la cama, dejándola caer suavemente. Con una rodilla en la cama, recorrió con las manos el interior de sus piernas hacia los muslos, llegando cerca, muy cerca…

De pronto estaba a su lado, tomando su cuerpo con un brazo mientras su mano iba donde ella más deseaba. Se acordó de la orgía, del tormentoso deseo de su entrepierna, de la necesidad de restregarse contra él, pero esto no tenía nada que ver. Tal vez fuera igual de intenso, pero totalmente distinto.

Su boca volvió a sus senos.

– ¿Tris?…

– ¿Sí? -murmuró él.

– ¿Qué hago?

– Yo soy el guía ¿recuerdas? Deja que yo te lleve -le contestó mientras seguía haciendo movimientos circulares en su entrepierna-. Al acercarnos a este desconocido lugar, nos asomamos del alto acantilado para ver la niebla allá abajo. Y aquellos que tienen la valentía de lanzarse al vacío aprenden que merece la pena. Lánzate, Cressida.