Volvió a llevar los labios a su seno y comenzó a chuparlo. Ella sintió que la empujaban a un precipicio, pero se resistió, asustada. Tenía miedo a caerse de la niebla, como si fuera a disolverse, como si le esperase la muerte.
Pero ni su boca ni sus manos le permitían volver atrás. Seguía llevándola hacia ese punto de ruptura mientras ella arqueaba el torso.
Podía romperse o volar.
Confianza.
Se dejó llevar y cayó, chillando en su interior mientras descendía en espiral a través de la niebla hacia un lugar oscuro y muy profundo. Con él, aferrada a su cuerpo, besándolo, con la rodilla sobre su cadera. Lo estaba llamando, lo necesitaba.
– No podemos ¿verdad?
Su respiración era entrecortada.
– No lo haremos.
Besó su cabello y la acarició, tenía las manos temblorosas.
– Tris…
– Shh.
Bajó de la cama, llevándola con él, echó la colcha hacia atrás y la colocó entre las sábanas. Luego la tapó.
– Vengo enseguida.
Cressida, aturdida, lo vio salir del cuarto y pensó que su magnífico cuerpo era digno de una estatua de mármol. Un guerrero. No, un atleta.
Se tapó más, sintiéndose de pronto fría y perdida. Pero era sólo el aire de la noche sobre su sudor. «Esta noche tendrás el contacto más íntimo que hayas tenido desde el día que te deslizaste indecorosamente del vientre de tu madre.»
¡Oh, sí! Pero no lo había completado y ahora él no estaba allí. Debía haber hecho algo mal. ¿Se habría ido para el resto de la noche? ¿Tendría otra oportunidad? Aunque le parecieron siglos, él apenas tardó. Volvió con una sonrisa perversa y un frasco rojo en la mano. No parecía enfadado ni decepcionado. Pero no tenía el mismo aspecto… rampante, que tenía antes cuando salió de la habitación con el miembro duro como una barra.
Ella iba a preguntarle algo, pero él agitó la cabeza.
– Siempre curiosa. No me fiaba de mí mismo y… me deshice del problema.
– ¿Te deshiciste de qué?
– Maldita sea, Cressida. ¿Tienes que saberlo todo? Se había sonrojado. El duque de Saint Raven se había sonrojado. Aunque tenía ganas de reírse con gusto se fijó en el frasco que llevaba.
– ¿Qué es eso?
– Aceite. Para dar masajes.
La piel de Cressida le cosquilleó sólo de pensarlo, pero luego añadió:
– Esperaba que me lo esparcieras por la piel.
Oh. ¡Oh, sí!
Le había dado tanto placer y ahora se lo podía dar a él. Sonrió, sabiendo que tal vez parecía demasiado tierna y que dejaba ver emociones que prefería ocultar, pero era inevitable. Salió de la cama y cogió el frasco de su mano.
– Tumbaos, mi sultán.
– Él retiró la colcha hasta los pies de la cama y se detuvo, mirándola.
– Cuando un hombre desea a una mujer, su pene se agranda y se pone duro para poder entrar en ella. Es placentero, pero también se acerca un poco al dolor. Ese estado hace difícil el control. El alivio ideal es el cuerpo de una mujer, pero la mano también sirve. -Sonrió travieso-. A veces se le llama tener un encuentro con la señorita Palma y sus cinco deliciosas hijas.
Cressida se mordió los labios, pero se le escapó una risotada.
– Gracias. Por contármelo…
Él le sonrió con una leve sombra de ironía, pero también con ternura.
– Ya no tenemos que proteger tu pureza, así que es mejor que estés informada.
Ella recordó algo que había visto en la fiesta.
– ¿O una boca?
Hizo una mueca de dolor y ella lo miró.
– Ah, como antes con el pepino…
– Exactamente. ¿Ahora podríamos continuar?
Se recostó sobre las sábanas, con la cabeza apoyada en la almohada y los brazos por detrás.
Esta vez aguantó la risa. Le vinieron varias ideas, pero no sabía si sería lo bastante valiente para llevarlas acabo, aunque le intrigaban. Por el momento tenía aceite y el deseo de regalarle algo por lo menos tan maravilloso como lo que él le había dado a ella. Sacó la tapa del frasco y lo olió. Un olor sutil que no era de flores ni el de sándalo tan familiar.
– ¿Qué es? -le preguntó echando un poco de aceite en la palma de la mano.
– Varías especias orientales. -¿Con efectos interesantes? Él se limitó a sonreír.
Dejó el frasco a un lado, se frotó las manos y se las llevó a la nariz. No la volvió loca de deseo al instante, pero el olor penetró dulcemente en su cabeza. Subió a la cama y comenzó a mover las manos en movimientos circulares sobre su espalda. Su deseo era darle placer a él, pero al deslizarse por sus seductoras curvas y ángulos comenzó a dejarse llevar por su propio deleite. Cerró los ojos y comenzó a vivir sólo de sensaciones, apretando un poco más fuerte para sentir la resistencia de sus músculos, el tacto de sus huesos. Luego más suave, sólo rozándolo. ¿Demasiado suave? Lo miró y lo encontró tal como quería verlo, gozando, con los ojos cerrados y la boca relajada. Luego Tris le pidió algo.
– Escribe tu nombre en mi espalda.
– ¿Cómo?
– Con tu uña, suavemente.
Comenzó a escribir Cressida a lo largo de su columna, de abajo arriba. Luego escribió Elizabeth y también Mandeville, mientras él contorneaba su espalda como un gato.
– ¿Tanto te gusta?
– Luego te toca ti.
Se le secó la boca y se le erizó la piel sólo de pensarlo, segura de que habría más cosas que le pudiese hacer para complacerlo. Tomó el frasco y volvió a untarse las manos de aceite.
– ¿Tenéis alguna otra sugerencia, mi Sultán?
– Sólo recordarte que somos Tris y Cressida. Estamos sanamente desnudos.
Se frotó las manos, sintiéndose inundada por el aroma sensual del aceite mientras se aguantaba las ganas de echarse a llorar de emoción.
– ¿Qué más puedo hacer para complacerte, Tris?
– Hay partes de mi piel donde aún no has puesto aceite.
Pensó en sus piernas largas y fuertes, se colocó cerca de sus tobillos y comenzó a masajearlo con aceite subiendo por sus pantorrillas y luego sus muslos, consciente de que se acercaba a su trasero. Su grupa, como hubiese dicho Enrique VIII. Se mordió el labio inferior al ascender por la curva de sus firmes y redondos glúteos, y sintió cómo él se tensaba al sentir sus manos. Eso hizo que parara.
– Si te duele no tienes más que…
– Creo que puedo soportarlo -le contestó conteniendo la risa.
Este masaje la había excitado tanto como a él y la tentación volvía a invadirla, deseaba entregarse a él para aliviarlo de su carga y sentir juntos ese momento. Pero sabía que los llevaría al desastre, porque aunque estuvieran compartiendo unos momentos mágicos, debían tener cuidado. Ninguno de los dos quería que esa noche los uniera de verdad. Sentía que así era. O tal vez no tanto.
Sin embargo, había prácticas deliciosas que eran seguras, y ésta era una de ellas, pensaba con lágrimas en los ojos mientras amasaba su piel firme. En fin, quizá no estuviesen garantizadas del todo. Caminaban por el filo de la navaja y el mayor peligro era su débil voluntad. Era una injusticia del destino haberla traído hasta este hombre en ese lugar, y hacer que el matrimonio fuera un sueño imposible.
Un calambre en la pierna la trajo de vuelta a la realidad; llevaba mucho rato en la misma postura por lo que se montó encima de sus muslos y se sintió mucho más cómoda. Desde ahí podía rozar su piel o presionar sus músculos, aplicando además su propio peso. Eso es lo que hizo al llegar a los hombros, cada vez con más fuerza, y como veía que él no se rompía ni se quejaba, aprovechó para descargar parte de su frustración antes de volver a sentarse sobre sus muslos para concentrarse nuevamente en los glúteos y la parte baja de la espalda.
Sabía que no volvería a hacer nada parecido, ni siquiera si se casaba, porque la gente decente no hacía ese tipo de cosas. Por lo tanto, esa noche iba a experimentar todo lo que fuese posible, se dijo a sí misma, mientras acercaba la boca al final de su espalda para sentir el sabor del aceite, de Tris y su magia.