Выбрать главу

Lentamente se empezó a girar hacia ella, y al volver a sentarse vio que eso estaba duro otra vez. Primero apartó la vista, pero luego volvió a mirar para estudiar su miembro; era como una columna venosa coronada con una cabeza que se dividía. Imaginó que por allí salía la semilla. Encontró valor y la tocó con la punta de los dedos.

– Está muy dura. ¿Por qué? La pregunta le provocó risa.

– Si me preguntas sobre fisiología, en este caso no soy el guía -le contestó cubriéndole la mano con la suya, envolviéndole los dedos a su alrededor-, pero si hablamos de otras cosas, es por ti que está así, Cressida, sólo por ti.

Sensiblerías. Decidió no creerse una palabra.

– ¿Eso implica que nunca antes de conocerme la habías tenido dura?

– Los hombres somos hombres, animales. Pero esto, aquí y ahora, es por ti.

– O el masaje.

– Me han dado masajes profesionales, amor, y nunca había reaccionado así.

Amor. Sus miradas se cruzaron por un momento. Seguramente a todas las mujeres que se llevaba a la cama las llamaba así. Los hombres llaman a las mujeres «querida señorita» sin apenas conocerlas o les decían ser «sus humildes servidores» sin tampoco serlo. Pero prefirió pensar en lo que era verdad en esos momentos. De hecho, era evidente que la deseaba y la prueba de ello estaba en su mano. Comenzó a moverla hacia arriba y hacia abajo, observando si había una reacción. Esta no se hizo esperar; sus labios volvieron a entreabrirse, eso es lo que quería ver aunque era consciente del peligro de mirarlo. Se veía tan guapo así, excitado, con los ojos casi cerrados, el pelo revuelto, que le rompía el corazón.

Podía ver el peligro de los dragones, las serpientes y los cocodrilos de las historias de su antepasado, el explorador señor John Mandeville. Ahora sentía los riesgos que no había considerado al comenzar este viaje. Había estado dispuesta a perder su virtud, pero nunca su corazón. Menos aún por la belleza y encanto de un hombre, ni por su riqueza y su rango. Ni siquiera por su experiencia en asuntos sexuales. Aunque sí era capaz de perderlo por un hombre que le encantaba, que compartía sus dolores con ella y respondía libremente a sus caricias.

De pronto Tris abrió los ojos y vio en ellos una señal de alerta. Ella le sonrió y siguió moviendo la mano aún sin estar muy segura de qué debía hacer aunque sabía que si hacía algo mal se lo haría saber. Lo que le pareció natural era usar ambas manos, subiendo una primero y luego la otra, con un ritmo lento y suave hasta que decidió cautelosamente continuar sólo con una, cubriendo el extremo, la zona que parecía más sensible.

Tal vez tan sensible como se sentía ella entre las piernas, queriendo frotarse contra él. De pronto escuchó un gemido y sintió un brusco movimiento.

– Eres muy lista, Cressida -murmuró-. Pero ¿no te importará si ensucio un poco?

Sabía a qué se refería ya que una gota de fluido relucía en la punta de su miembro.

– No, no me importará.

– Tírame el fajín por encima.

Sintió que se ruborizaba, pero no le pareció una situación incómoda ni le dieron ganas de echarse atrás, sino que se excitó enormemente con este nuevo misterio. Con el corazón latiendo fuerte, alcanzó la faja de seda negra, pero en vez de echársela por encima, la arrastró suavemente por su cuerpo.

Él se rió, tembloroso.

– ¡Qué viajera más intrépida eres! Pero lo que quiero son tus manos.

Era una petición muy clara y le encantó que se lo pidiera. Dejó caer la seda sobre él y por debajo continuó tocándolo como antes, intentando sentir cada reacción y atreviéndose esta vez a mirarlo a la cara. Después de un rato, cerró los ojos como si frunciera el ceño. Eso la hizo vacilar, pero recordó que él no dudaría en decírselo en caso de que sin querer le hiciera daño. Sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de sus manos y su cara cobró una expresión de dolor y vio la misma desesperación que había sentido ella justo antes de caer.

Sin saber por qué comenzó a ir más rápido, al ritmo de su propio pulso y la agitada respiración de él, incitándolo al clímax. ¿Acaso era siempre así? De pronto Tris se puso rígido y gimió sofocado, mientras ella sintió que el fluido de su semilla brotaba de su miembro. Lo cubrió con la tela de seda y no lo soltó, viendo cómo todo su cuerpo se tensaba una y otra vez.

Después, todo había terminado. Ella también respiraba agitadamente, satisfecha de saber cómo se sentía él en ese momento y con ganas de más, atormentada por aquello que no podían hacer.

Abrió los ojos y sonrió.

– Gracias.

– Ha sido realmente un placer, pero…

Se sentó, tomó la faja de sus manos y la dejó caer al suelo.

– Pero ¿hemos acabado ya?

Él se echó a reír.

– ¡Oh, no! Mientras estemos los dos despiertos, no habremos acabado. Me toca a mí cubrirte de aceite ahora. Volvemos a empezar…

CAPÍTULO 17

Cressida se despertó preguntándose a qué hora se había dormido y qué hora sería en ese momento, pero tampoco se sentía muy preocupada al respecto. Las cortinas estaban cerradas y la habitación en penumbra, aunque entraba suficiente luz como para ver a Tris, su amante, dormido boca abajo y con la cabeza girada hacia ella.

Deseó acariciarle el cabello que le caía sobre la frente, mientras dormía. Durante la noche tocarlo había sido lo más natural del mundo, por todas partes y como ella había querido; también dejarse tocar. Sonrió recordando sus manos aceitosas recorriendo su cuerpo, dibujando suaves formas sobre su espalda extasiada. Luego ella había insistido en volver a masajearlo, esta vez tumbado boca arriba, aliviándolo nuevamente. Él la había besado y acariciado hasta llegar al éxtasis al menos dos veces más.

Suspiró con el delicioso recuerdo; en el fondo sentía cierta tristeza. Le daba pena que la salvaje aventura hubiese concluido, aunque estuviera incompleta. Pensó que nunca más volvería allí. Estaba destinada a vivir en Matlock, y él a un gran matrimonio. Tenía que aceptar que iba a ser un amante tan experto con la señorita de alta cuna con la que contrajese matrimonio como lo había sido con ella. Aunque sólo lo hiciera por gentileza y honor. Sin duda alguna, su duquesa aprendería a complacerlo también, a masajearlo con aceites exóticos. Y la pobre Cressida Mandeville se quedaría fuera del paraíso de las delicias.

Se quitó ese pensamiento de la cabeza. Sería una ingrata si mostrara su tristeza y todavía les quedaban cosas por hacer. Aún tenían que recuperar la estatuilla, o al menos las joyas, de las manos de Miranda Coop.

Él abrió los ojos.

– ¡Buenos días! ¿O buenas tardes? No me sorprendería.

Rodó para ponerse de espaldas y se estiró. La ropa de cama descendió hasta su cintura, instigando en ella toda clase de pensamientos insensatos.

– No tienes reloj.

– No me gusta oír el tictac, pero tengo un montón de sirvientes que se aseguran que me levante a la hora.

Ella no pudo contenerse de pasarle los dedos por el abdomen. -Pues no ha aparecido ninguno.

– Les dije que no nos molestaran hasta que llamásemos. -La miró a los ojos-. No es que esperase una noche así, amor, sólo que tal vez nos haría falta un poco más de sueño.

Dejó la mano quieta.

– ¿Lo sabrán? ¿Sabrán que he estado aquí?

– Sabrán que pasé la noche en esta cama contigo.

El aceite. Los olores. Calor, sudor, desorden.

La invadió una inquietud y por primera vez no se sintió bien, incluso mancillada. ¿A cuántas mujeres habrá masajeado en esa cama? ¿Cuántas habría después de ella? Un desfile eterno. Estiró la espalda, como para alejarse de su consternación. Sabía quién era; nunca lo había escondido ni sentía vergüenza alguna. Ésa era la razón, incluso aunque fuese posible, por la cual no podía casarse con él.