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– Pero ¿sabrá alguien que era yo, Cressida Mandeville?

Le tomó la mano y la besó.

– No imagino cómo. Nadie, excepto Cary, conoce tu nombre. Harry y su madre son los únicos que te vieron sin disfraz. Confío en su discreción y en cualquier caso, dudo que te vuelvan a ver alguna vez.

Tan honesto. Tan directo. Tan brutalmente franco.

– Estarás a salvo si consigues regresar a casa sin levantar sospechas. Volverás antes de lo planeado.

Ella retiró su mano.

– Le contaré a mi madre que había un enfermo en la casa y que yo estorbaba. Pero ¿cómo vuelvo? No me parece oportuno hacerlo en tu carruaje.

– No tiene nada que lo distinga de otro. No pasará nada.

Tris se sentó como mirando hacia el futuro sin un asomo de pesadumbre por lo sucedido esa noche; el muy insensible. Pero apartó ese pensamiento, pues en el fondo estaba contenta y lo último que deseaba para él era que tuviera el corazón roto como el suyo.

– ¿Y qué hay de la estatuilla?

– Déjamela a mí. A Miranda le encantará recibirme. Con un poco de suerte, podré vaciarla sin que se de cuenta.

Un corte limpio, entonces. Una vez que se subiera al carruaje, todo habría terminado. A no ser qué…

– ¿Cómo me devolverás las joyas?

Tris frunció el entrecejo.

– ¿Te preocupa que no lo haga? Esperaba más confianza por tu parte.

Pensó que él le leía la mente.

– Claro que confío en ti. Sólo que siempre me han preocupado los detalles, eso es todo.

La tomó por la nuca y la besó.

– Pronto tu familia y tú estaréis de nuevo a salvo. Volveréis a la vida de antes. Te lo prometo.

Cressida quiso golpearlo con un objeto pesado, pero en vez de eso, contestó a sus palabras.

– Gracias -dijo bajándose de la cama con una sonrisa y recogiendo su vestido-. Necesito ayuda para vestirme.

– Será para mí un privilegio.

Pensó en alguna posible objeción, pero al mirarlo se dio cuenta de que tendría que luchar contra él. No deseaba hacerlo. Él nunca le había mentido. Esto había sido un viaje de una noche y nada más.

– Te ayudo en cuanto me haya vestido.

Bajó de la cama y se puso los arrugados pantalones de seda. Al verlo acercarse a la puerta y asomarse al corredor ella volvió a desearlo.

– Ni un alma.

La noche no había concluido aún…

Abrió más la puerta. Ella dejó sus locos pensamientos de lado y cruzó la estancia. Tal vez debería decir algo significativo en ese momento, pero en cambio cruzó silenciosa la estancia para dirigirse a la seguridad de su propia habitación.

La sentía fría y vacía, con la colcha estirada. Aunque sabía que era inútil, echó las mantas hacia atrás y las desordenó, dejando también una cavidad en la almohada. En la palangana seguía el agua fría de la noche anterior. Al menos nadie había entrado para encontrarse con la cama vacía. Pero de hecho era incluso peor. Nadie había entrado allí porque sabían, o sospechaban al menos, lo que estaba ocurriendo.

Se tocó las mejillas y sintió el tenue olor que quedaba del aceite. Se lavó rápidamente, quitándose cualquier resto del aroma; aun así, se sintió invadida por el perfume de flores. El mismo que seguro habían sentido docenas o cientos de mujeres antes que ella en esa misma casa. Se aclaró el jabón de las manos, pero se dio cuenta de que necesitaba lavarse todo el cuerpo. Debía oler a aceite, a sudor. A él.

Cerró con llave y se quitó la ropa. ¿Por qué ahora se sentía desnuda y no se había sentido así la noche anterior? ¿Por qué volvía a la decencia con la misma velocidad que una barca desciende un caudaloso río hasta llegar a su puerto, el estanque de Dormer Close en Matlock, un lugar pequeño y tranquilo?… Y estancado, pensó por un instante, pero lo dejó pasar.

Con un trapo, agua fría y jabón, lavó cada pulgada de su cuerpo, intentando no recordar la manera en que él la había tocado, aquí, ahí, allí…

Había terminado y estaba lista para ponerse sus sencillas enaguas, las medias y la ropa interior. Su bata de seda seguía sobre la cómoda, pero no soportaba la idea de ponérsela. Se pondría el vestido, así sólo tendría que abotonárselo, aunque necesitaba llevar un corsé por debajo. Lo cogió de la silla donde lo había dejado hacía tanto tiempo, soltó los lazos un poco y se metió en él contoneándose. Lo dejó bien colocado alrededor de su torso, firme y seguro, aunque si lo soltaba se le caería de la manera más ridícula.

Pero ¿acaso no era todo aquello muy ridículo? Con la prenda de barbas colgando de ella, se sentó en el tocador para peinarse. Cada cepillado le recordaba cómo había jugado con su pelo, pasándole los dedos, levantándolo y luego dejándolo caer. Apartándolo de su piel sudorosa y cubierta de aceite. Recordó cómo había retorcido su cabello para inmovilizarla mientras la besaba profundamente. Se le cayó el cepillo de las manos y cerró los ojos. ¡No era justo! Unos golpes en la puerta.

Inspiró con fuerza mirándose en el espejo para asegurarse de que no estaba llorando. Agarró su corsé y se dirigió sonriendo hacia la puerta.

Tris entró completamente vestido, la miró y cerró la puerta.

– Estoy seguro de que no hay otra alternativa, pero esa prenda no está diseñada para estimular la sensatez ¿Lo sabes?

La mente de Cressida reaccionó a sus palabras con gran anticipación. También podían usar esa cama, su madre no la esperaba hasta dentro de unos días. Pero sería incapaz de sobrevivir a ello. Esto tenía que parar o se terminaría volviendo loca como lady Caroline lo había hecho por el poeta lord Byron. Por primera vez sintió algo de empatía por esa dama. Se imaginaba a sí misma enviando a Saint Raven cartas ridículas, apareciendo en su puerta disfrazada de paje. Le dio la espalda.

– En ese caso lo mejor es que me vista.

El primer apretón de los lazos fue como el primer paso de vuelta a la decencia. Se lo colocó bien y lo mantuvo en su sitio.

– Pónmelo bien firme.

– Creo que sé cómo ponerle el corsé a una señorita. ¿Estaba acaso recordándole deliberadamente lo que era? ¡Oh, lo único que deseaba era acabar con aquello antes de echarse a llorar!

– ¿Qué hora es? -le preguntó en el tono más normal que pudo. -Casi las doce.

Cressida ya tenía las copas alrededor de sus pechos bien ajustadas y pudo soltar la prenda.

– Deberíamos haber seguido a la señora Coop anoche.

– Ni hablar, lo último que queremos es despertar su curiosidad y visitarla en mitad de la noche no hubiese sido una buena idea; tampoco por la mañana temprano. Durante la temporada, la gente no conoce la mañana en Londres.

Cressida percibió aspereza en su tono. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que lo que le había dicho podía sonar como si la noche anterior hubiera sido una pérdida de tiempo. Pero era mejor así.

El continuaba apretando los lazos con un hábil tirón en cada par de ojales, descendiendo por su columna y devolviéndola a la decencia. Ella ajustó la columna, enderezó los hombros, convirtiéndose nuevamente en una señorita, tirón a tirón. Al llegar a la cintura tiró más fuerte y sintió cómo le ataba el nudo. Si esa noche cortaba el corsé para quitárselo podría preservar ese nudo…

¡Qué locura!

– Gracias.

Se dirigió a su maleta y sacó uno de sus sencillos vestidos. Se lo puso pasándolo por encima de la cabeza y se miró en el espejo para asegurarse de llevar correctamente el corpiño plisado de cuello alto. Vio cómo la miraba desde atrás.

¿Qué decía su expresión? ¿Arrepentimiento?

Se le contrajo el corazón con dolor. Era nuevamente Cressida Mandeville, la mujer en la que nunca se había fijado en Londres. Por supuesto que se arrepentía de haberse liado con ella. O tal vez le preocupaba que se entrometiera en su vida, o que intentara incluso obligarlo a casarse con ella. Deseó dejarle claro que no haría nada de eso y quedarse así tranquila, pero sólo el tiempo se lo podría demostrar. Le sonrió desde el espejo.