– Ahora sólo quedan los botones.
Recogió su cabello y lo dejó caer sobre un hombro para despejar el camino. Ahora no veía ninguna señal de aflicción en su reflejo, en realidad no veía ninguna señal de nada. Podía ser que ella se hubiese equivocado, o que él ocultara lo que sentía por no ser maleducado. Bastaba con la buena educación, los buenos modos disimulaban cualquier cosa, incluso sus manos acariciando su espalda mientras le cerraba los botones. Abrochó el último y apretó la pequeña gorguera que adornaba el cuello. Nunca la había sentido tan apretada, pero decidió no transmitirle su percepción.
– ¿Y tu cabello? -le preguntó.
– Lo trenzaré. -Se alejó de él, se sentó frente al espejo y cogió el cepillo.
Él se lo quitó de las manos.
– Estoy seguro de que es más fácil si lo hace otra persona.
Como era una mujer débil, no se resistió. Pero tuvo la fortaleza suficiente para no mirar en el espejo mientras él le cepillaba el pelo hacia atrás y comenzaba a trenzarlo. ¿Quién hubiese pensado lo delicioso que podía resultar que un hombre te peinara? A ella siempre le había encantado que le cepillaran el cabello y le hicieran peinados; la hacía sentirse como un gato mimado. Pero nunca tanto. Nunca como con él.
Se dio cuenta demasiado tarde de que se lo había trenzado para que cayera sobre su espalda, no para recoger la trenza en lo alto de su cabeza. Pero no podría soportar que se la volviera a hacer, así que cogió unas horquillas y se hizo un moño con la trenza.
– No tiene un aspecto muy correcto -le dijo.
– No se verá debajo de mi sombrero. Ya puedes marcharte, yo haré el resto.
Tris no le hizo caso y ella no tuvo fuerzas para ordenarle que saliera. No quería que la viera ponerse sus falsos tirabuzones, pero quizá lo mejor es que la viera en el más ridículo de sus momentos. Su sirvienta generalmente se cambiaba los mismos tirabuzones de tocado en tocado, pero ella tenía varios. Además de su turbante, había traído un sombrerito de encaje con rizos a cada lado. Se lo puso y se lo ajustó frente al espejo. Los brillantes tirabuzones cambiaban notablemente su rostro. Incluso sus mejillas parecían más redondas.
– Eso es absurdo.
– Es la moda, lo cual quiere decir que seguramente tenga razón. -Si quieres llevar rizos, córtate el pelo. -No quiero cortármelo.
– Entonces, ¡defiende con valentía tus convicciones!
Sacó el turbante de seda de su caja y se lo enseñó.
– Mi convicción es que mientras esté en Londres, llevaré tirabuzones si no quiero que alguien me reconozca como la hurí de Saint Raven.
Tris hizo un gesto de desaprobación y se frotó la cara con una mano.
– Tienes razón, lo siento. Mientras no se te olvide que no te hacen falta esos rizos para ser hermosa…
Sintió cómo se le ablandaba el corazón pero se contuvo.
– Nunca lo había pensado. Comencé a usarlos sólo porque es lo que se lleva y porque mi padre quería que fuese a la moda…
Después de haber sido capaz de controlar las lágrimas en peores momentos, curiosamente fue entonces cuando sintió la amenaza de ponerse a llorar. Se volvió hacia el espejo y se puso el sombrero de seda blanco. Era una de pulgada de alto y tenía un alero ancho que se ataba con lazos celestes a juego con los encajes del vestido. Ató los lazos a un lado de la cabeza, tal como dictaba la moda. Volvió a la maleta para ponerse el complemento que le faltaba a su conjunto: una chaquetita corta color azul. Guardó el vestido de noche y de pronto recordó los zapatos y los sacó de una bolsa. Se sentó para ponérselos, pero él se arrodilló ante ella. Los pies. Otra zona de extraordinaria sensualidad que había explorado durante la noche.
– Qué lástima que nunca podré contarle a mis nietos que una vez tuve al duque de Saint Raven a mis pies. Miró hacia arriba, sonriendo.
– Sí podrás. Para entonces, dudo que a nadie le choque, pero, eso sí, no les cuentes lo demás…
Se dio cuenta de que nunca podría contarle a nadie el resto. Aún con la rodilla en el suelo, le tomó las manos.
– ¿Remordimientos?
Muchísimos, pero los recompensaba el tesoro que había vivido.
– No ¿y tú?
Se puso de pie y la ayudó a levantarse.
– Cuando una dama ofrece a un hombre una noche como la nuestra, la palabra remordimiento no existe.-Cogió sus manos y se las besó-. Estos días han sido un regalo maravilloso para mí, Cressida. No hace falta que te diga que puedes contar con mis servicios en cualquier momento.
Parte de ella se entusiasmó ante tan erótica promesa, pero sabía que se refería a algo más mundano.
– Guantes -dijo buscando una escapatoria.
Se dio la vuelta y buscó de nuevo en su maleta, tardando más de lo necesario en encontrar sus guantes de encaje. Se los puso mientras se giraba hacia él, manteniendo la cabeza baja hasta estar segura de poder sonreír.
– Y en el poco probable caso de que le hagan falta mis servicios, mi señor duque, siempre estaré a su disposición.
– Entonces creo que te visitaré una vez al año para escucharte llamarme Tris Tregallows.
Cressida rogó para que su sensatez la frenara.
– Entonces, Tris Tregallows, llévame de vuelta a casa, por favor.
Le ofreció el brazo y, como una señorita, colocó su mano enguantada sobre él.
– Has olvidado algo.
Cressida se dio la vuelta.
– ¡Oh, mi maleta!
Volvió a colocar la mano de ella en su brazo. -El desayuno. Aún no es el final.
Ante la oferta su estómago se rebeló abruptamente. No podía sentarse a desayunar con él. -¿No?
– No tengo hambre.
Después de un momento, Tris reaccionó.
– Haré que te preparen algo para el viaje. Pero en ese caso, debo llamar para que preparen el carruaje.
La miró queriendo decirle algo más, pero finalmente se dio la vuelta y salió de la habitación. Ella se quedó de pie mirando la puerta de caoba, como si le fuera a revelar algo, y luego se dirigió decididamente hacia la ventana. Si Nun's Chase fuese la casa de un hombre común y corriente y pudiesen vivir ahí juntos para siempre… Sería tan perfecto.
Pero el propietario de todo eso no era un hombre normal. Vivía regido por su rango, de una manera tan inconsciente que ni se daba cuenta. Le había dicho que ser duque era un trabajo, pero a ella no le parecía que fuese una labor tan ardua. Su abuelo lo había sido y Tris había pasado muchos años viviendo en la casa del duque de Arran. A decir verdad, pensó sonriendo tiernamente, el duque de Saint Raven sabía tanto de la vida cotidiana como el regente, y se notaba en todo lo que hacía. Al entrar en una tienda era atendido inmediatamente y de manera sumisa.
Nun's Chase era un lugar de recreo tan artificial como la granja de María Antonieta, Le Petit Trianon. Tan falsa como el infierno de Crofton. Y aquí, no debía olvidar, Saint Raven organizaba orgías. Aunque fueran más ordenadas y sutiles que las fiestas de Crofton, se basaban en lo mismo.
Se había enamorado de Tris Tregallows, aunque él ya le había anunciado que eso quedaría en el pasado y que su futuro era ser duque de Saint Raven, un gran señor, un gran seductor. Se concentró en los aspectos prácticos de su futuro y decidió que pensaría en él solo como un duque que había conocido un día.
¿Cuánto dinero representaban las joyas? Eran grandes, pero la calidad también contaba. Seguro que garantizarían una vida decente y cómoda.
Entonces…
¿Entonces?
Entonces su madre y su padre, si estaba en condiciones, tendrían que elegir donde vivir, en qué casa. Imaginaba que sería Dormer Close y que ella volvería allí con ellos. La necesitaban y, además, ¿en qué otro lugar podía querer estar? ¿En Londres, donde podría encontrarse inesperadamente con Saint Raven? Le dio un escalofrío. ¿Tal vez coincidir en algún lugar de moda? La idea hizo que se volviera a estremecer.