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No, Matlock era un lugar seguro, a no ser que la siguiera hasta allí. ¿Intentaría acaso persuadirla para que fuera su amante? Se humedeció los labios rogando para que no lo intentase, porque no estaba segura de poder resistirse. A lo mejor podía esconderse bajo otro nombre…

Se alejó de la ventana moviendo la cabeza. No tenía sentido esconderse a no ser que siguiera los pasos de sir John Mandeville y viajara a los confines de la tierra. Si el duque de Saint Raven quería encontrarla, lo haría. Sonrió agriamente al sentir esa ínfima y dolorosa esperanza.

Su disfraz seguía colgado de una silla cuidadosamente doblado. Sin poder resistirse, agarró el largo velo azul que había cubierto su pelo y lo metió en el fondo de su maleta. La noche anterior no había sido muy sensata, pero no se la hubiese perdido ni por todas las joyas de la India.

Harry, el lacayo, le avisó que su carruaje estaba preparado. Cressida lo siguió, pensando que Saint Raven querría despedirse de ella en el vestíbulo. Mejor así; era un sitio menos tentador que el dormitorio. Sin embargo, al bajar, vio que el recibidor estaba vacío y la puerta de calle abierta. Un carruaje de cuatro caballos la esperaba. Salió de la casa con la cabeza erguida, luchando por no llorar. ¿Había sido ése el adiós, tan desconsideradamente pobre? ¿Tan poco había significado para él el tiempo que habían pasado juntos?

Levantó el mentón y cruzó el patio de gravilla hasta donde el mozo le sostenía la puerta del coche abierta, repentinamente ávida por partir de allí. Apoyó la mano en la del mozo para subir los peldaños, le miró la cara y se quedó de piedra. El duque de Saint Raven llevaba una chaqueta común y corriente, pantalones de montar y un viejo sombrero de copa baja. Le guiñó un ojo.

– Quería asegurarme de que llegas a salvo al final de tu viaje. Acabo de saber que Le Corbeau anduvo por ahí anoche.

– ¿Qué? ¿No estaba en la cárcel?

– Mi aventura dio sus resultados. Los magistrados lo dejaron partir y el muy desagradecido volvió inmediatamente a las suyas. Nunca actúa durante el día, pero por si hubiera cualquier conexión conmigo, prefiero no arriesgarme. No te preocupes, no creo que nadie me reconozca.

– Es cierto, sólo te he reconocido por el tacto.

Él sonrió, le besó la mano y la empujó suavemente para subir al carruaje. Cressida se acomodó y comenzaron a avanzar por el camino de entrada a Nun's Chase, el cual estaba mantenido en perfectas condiciones. Rodaban como por un río que inexorablemente la llevaba a casa.

Eso había sido el adiós, un adiós tranquilo. La confortaba saber que él estaba en la cabina aunque no volvieran a hablar. Notó también que había una cesta en el suelo, que seguro contenía la comida que le había prometido. Se le despertó el apetito, la abrió y encontró unos panecillos cubiertos de azúcar color rosa, fruta, una jarra con tapa, una taza y un platillo. La jarra de cerámica tenía café con leche aún caliente. Llenó la taza hasta la mitad para no derramar nada y luego cogió un panecillo y le dio un gran mordisco.

Evidentemente, no era una señorita refinada. Después de todo lo que había pasado, una dama joven se hubiese mareado sólo de pensar en comer. Sin embargo, ella lo encontraba reconfortante, aunque tuviese su mente colapsada por Tristán Tregallows, el encantador, devastador, querido y desconcertante duque de Saint Raven.

No comprendía a los hombres en absoluto. ¿Cómo podía aguantar pasar noches como la anterior con una mujer distinta cada vez? ¿Cómo podía olvidarse de cada una y pasar a la siguiente? No lo entendía. ¿Era un santo o un pecador? Se habían conocido cuando él se estaba haciendo pasar por bandolero, pero era por una buena causa. Se la había llevado a la fuerza, pero también fue por motivos nobles. Acudió en su ayuda sin pensárselo y sin conocerla. Se habían hecho amigos, pero hubiese hecho lo mismo por cualquier mujer en su situación. Aún así, admitía que organizaba orgías en su casa y no tenía ningún pudor en ofrecerse como guía de una repelente bacanal. Además, había estado con muchas mujeres.

Miró su panecillo a medio comer. ¿Era acaso otra inocente enamorada hasta la médula de un libertino seductor? Al fin y al cabo, él se había involucrado en su misión llevado por el ocio y las ganas de hacer una travesura.

Habiendo crecido en una casa sin hombres, en la que incluso el servicio eran sólo mujeres, no había tenido mucho contacto con ellos, y menos aún en circunstancias informales.

¡Circunstancias informales…! Dio otro mordisco. ¡El clásico eufemismo!

Sabía que su falta de experiencia la había llevado a toda esta locura, pero aún así sentía que ahora eran amigos. Cada vez que se escuchaba la corneta imperial anunciando un carruaje importante en la siguiente barrera de peaje, se imaginaba cómo estaría disfrutando Tris de jugar a ser un mozo de cuadra. Pero ¿eso no sería para él otra mancha oscura más? Un hombre de su edad y rango debería ser más sobrio y responsable.

Pero luego recordó que le había dicho que pronto atendería sus obligaciones como duque. Se había pasado gran parte del verano visitando sus propiedades y se había aplicado en aprender sobre Newfoundland y la cochinilla. Miró el azúcar cristalizado color rosa que cubría su panecillo, encogió los hombros y se lo metió en la boca. Definitivamente no era una señorita de sensibilidad refinada.

Al acercarse a Londres comenzó a lloviznar y se preguntó si Saint Raven no se estaría arrepintiendo de su quijotesco viaje, especialmente cuando la lluvia empezó a caer con fuerza. Pero, de hecho, les era útil una tormenta, ya que no habría nadie por las calles para verla llegar y a ella le daría una excusa para entrar corriendo en su casa.

Al llegar, la lluvia se había transformado en torrente, que caía como una cortina a través de las ventanas y dejaba burbujas en los charcos. ¡Oh, pobre Tris!

Esperó a que abriera el maletero y le llevara su equipaje hasta la puerta, chapoteando por los charcos. Al menos llevaba botas y una capa, aunque le caían chorros de agua del alero de su sombrero. Cressida tuvo que contener la risa. Sally entreabrió la puerta primero y luego del todo para agarrar la maleta. Después se giró para coger algo, el gran paraguas negro de su padre. Tris lo abrió y se dirigió a la puerta del carruaje. Le ofreció la mano y mientras descendía la protegió de la lluvia. Sus miradas se encontraron por un momento bajo la intimidad del paraguas.

– Gracias -le dijo, refiriéndose a todo.

– Dame las gracias después, cuando tenga las joyas. Iré a secarme y cambiarme de ropa y luego a ver a Miranda. Si necesito mandarle un mensaje, enviaré a Cary.

No tuvieron tiempo para decirse nada más. Fueron corriendo hasta la puerta, donde Sally los esperaba, evitando hablar. Pero antes de partir se inclinó ligeramente para decirle:

– Bon voyage.

Cressida entró en la casa y luego se dio la vuelta para ver cómo el duque de Saint Raven se subía a la cabina y echaba a los caballos a andar para sacarlo de este mundo y devolverlo al suyo.

«Buen viaje», le dijo con el pensamiento, refiriéndose, igual que él, al resto de sus vidas.

Bon voyage, mi amor.

CAPÍTULO 18

Sally cerró la puerta y volvió a colocar el paraguas en el paragüero con forma de pata de elefante.

– Feo tiempo, señorita. Qué pena que haya tenido que viajar en un día así.

– Deprimente. ¿Está mi madre con mi padre? -Sí, señorita.

Como ya sólo tenían una doncella, Cressida llevó ella misma su maleta y su sombrero hasta su habitación, intentando no pensar en que el asa todavía conservaba el calor de la mano de Saint Raven. En la habitación se sacó los guantes, la gorra y el sombrero con rizos, y después fue a visitar a sus padres.

Su padre estaba dormido y su madre tejía. Louisa Mandeville siempre había afirmado que tejer era relajante, y desde el ataque de su marido debía haber tejido suficientes chales y bufandas como para todos los pobres de Londres.