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Miró hacia arriba, y sus ojos grises y cansados se iluminaron.

– ¡Cressida querida! No te esperaba hasta dentro de unos días. ¿Verdad?

Su pobre madre siempre había sido muy rápida y segura, pero esta debacle la había hecho flaquear.

– Se suponía que iba a estar fuera una semana. Varicela -explicó besando a su madre en la mejilla-. Afortunadamente un vecino regresaba de Londres y se ofreció a traerme a casa. ¿Cómo está papá?

– Igual. Los médicos dicen que no tiene nada todavía, pero que pronto empezará a mostrar problemas si permanece tanto tiempo en cama.

Miró la figura inmóvil que yacía en la cama. Cressida también lo observó buscando alguna señal de que se hubiera producido algún cambio. Su padre resoplaba con cada respiración porque tenía la boca fláccida. Mientras dormía parecía bastante normal, pero cuando no lo hacía estaba muy extraño, miraba al vacío y se comportaba como si fuera sordomudo. Su madre tenía razón sobre los efectos de su estado. Su gran cabeza con el cabello gris seguía igual, pero su piel bronceada por el sol no estaba aguantando bien, y era una lucha darle cualquier tipo de alimento.

Su madre suspiró.

– Le he dicho una y otra vez que le he perdonado por haber perdido todo nuestro dinero. No sé qué otra cosa hacer.

Cressida estaba convencida de que estaba en ese estado por haber perdido las joyas. ¿Devolvérselas podría ser la clave de su recuperación? ¿Cuándo tendría noticias? Seguro que Tris no había llegado a su casa todavía; tampoco se habría podido arreglar, y, menos aún, haber ido a casa de Miranda Coop.

Los hombros de su madre se enderezaron, se levantó y se dirigió a la puerta de la habitación para cerrarla.

– Hay momentos en que lo abofetearía -dijo pareciéndose más a como era antes-. ¡Perder una fortuna con esa locura de juego! -Se puso la mano en la boca y respiró hondo.

Bajó la mano.

– He estado pensando mientras estabas fuera, Cressida. Ya es hora de que hagamos planes. El contrato de esta casa va a terminar pronto, y no tenemos dinero para renovarlo. Ya he vendido la mayor parte de mis joyas para pagar las cuentas del médico, comprar comida y pagar a Sally. Podemos vivir más barato en Matlock, pero necesitamos dinero para trasladarnos allí. Ni siquiera estoy segura de que tu padre pueda viajar… Oh, Cressy, ¿qué vamos a hacer?

Maldiciendo a su padre, Cressida apretó la mano de su madre. No quería despertar en ella esperanzas.

– Un inventario -sugirió-. No necesitamos todas estas cosas elegantes, así que las podemos vender.

Y, además, eso podría explicar el descubrimiento de un alijo de joyas.

– Dudo que podamos sacar algo. La mayoría de los objetos que hay aquí, venían con la casa. Cuando pienso en todas las cosas de la India que tu padre desparramó por Stokeley Manor. ¡Y la casa! -Se puso la mano en la cabeza-. No soporto pensar en ello.

Cressida la abrazó.

– Entonces no lo hagas, mamá. Déjamelo a mí. Se sintió incómoda al ver que en los ojos de su madre aparecían unas lágrimas.

– ¿Qué haría sin ti, querida? Pero todo esto es tan injusto. Tienes que divertirte en las fiestas y buscar un marido.

– No en Londres, ni en agosto, mamá. Y la verdad es que aunque sea una aventura, me gustará volver a Matlock.

– Si por lo menos pudiéramos permitirnos mantener esa casa.

Vaya por Dios, su madre debía haberle estado dando vueltas a eso desde hacía mucho tiempo.

– Lo conseguiremos -dijo Cressida con toda la confianza que pudo expresar.

Su madre se apartó sonriendo tristemente.

– Tienes una naturaleza tan práctica y emprendedora, querida. Evidentemente la sacaste de tu padre. O como era antes. Quiero decir que solía ser tan práctico… -Asintió con la cabeza-. Tengo que volver a él. De todos modos hay que hacer un inventario de la casa en cuanto te recuperes de tu viaje.

Cressida observó cómo su madre volvía a su vigilia, y entonces decidió regresar a su habitación, desechando de su cabeza varios pensamientos sobre la naturaleza del amor y la responsabilidad amorosa. Siempre había asumido que un matrimonio feliz necesitaba una aprobación completa.

¿Amaba su madre a su padre, incluso en estas circunstancias espantosas, o su unión era simplemente una obligación? Louisa Mandeville no había mostrado señales de haber echado de menos a su marido durante veintidós años, pero había aceptado su regreso, y el último año parecían haber sido una pareja feliz. Y aunque ahora estaba enfadada con él porque había sido muy imprudente, aún así siempre le era leal. Cressida suspiró. Era una situación demasiado compleja para su mente atribulada.

Deshizo su maleta y en el fondo encontró el velo azul de Roxelana. No lamentaba haberlo traído, pero mientras se lo amarraba distraídamente en una mano, reconoció una coincidencia inquietante. Era como si hubieran desgarrado una cinta tirando de los dos extremos, cuando hubiera sido mucho más fácil un corte limpio.

Había terminado. Terminaría una vez que Tris… Una vez que el duque de Saint Raven recuperara las joyas que tenía Miranda Coop. ¿Podría abrir la estatuilla rápidamente en cuanto tuviera una oportunidad?

¡Oh! Si lo hubiera pensado, podría haberle hecho venir a casa para practicar con la que había allí…

No. El duque de Saint Raven nunca podría venir a su casa. Los sirvientes especularían. Tampoco hubiera estado bien meter a un amante completamente mojado en el estudio de su padre. Pero le podría haber dado la estatuilla. ¿Por qué no había pensado en eso en su momento?

Su vida reciente parecía un desfile de especulaciones, y ninguna valía verdaderamente la pena. El pasado no se podía cambiar. El futuro, sin embargo, sí. Se la podía enviar, pero suspiró de frustración pues le venían a la mente los mismos problemas. ¿Cómo explicaría que tenía que enviar algo al duque de Saint Raven mientras llovía a cántaros? Nada, nada podía relacionarlos.

De pronto se dio cuenta de lo cierto que era eso. Nadie de Stokeley Manor debería preguntarse nunca si la hurí de Saint Raven podía haber sido la aburrida señorita Mandeville, la hija del mercader. Ni siquiera cambiaba nada el hecho de que Stokeley hubiera sido la casa de su padre, y esas estatuillas su propiedad.

Sin embargo, si a alguien se le ocurría llegar a pensarlo, eso era un asunto completamente diferente. Su manera de protegerse contra la ruina sería hacer que esto fuera del todo imposible, y que nunca se pudiera establecer ninguna relación entre ella y el duque. Reconocía el terrible dolor que le producía ese panorama, pero no había ninguna diferencia real, pues de todos modos sus mundos no tenían nada que los relacionara.

Pensó de manera práctica. En esos momentos él debía estar ya con un nuevo traje de camino a casa de Miranda Coop. Miró hacia afuera y comprobó que llovía menos. Había sido una tormenta de verano. No se mojaría demasiado. ¿Tal vez una hora?

Se estaba volviendo loca esperando, así que se dispuso a comenzar la tarea que se había asignado hacer: el inventario de los objetos vendibles. Comenzó por el comedor. El centro de mesa de plata con tigres le dio alguna esperanza. Eso les pertenecía, también la porcelana. Tal vez sería suficiente para sobrevivir mínimamente, incluso sin las joyas…

Tris se dirigió a la casa de Miranda Coop con desgana, incluso resentido. Maldita Cressida Mandeville por obligarle a hacer eso. Maldita mujer por todo lo ocurrido; por obligarlo a ir a casa de Crofton, por ponerse ella misma en peligro, por sus risueños ojos grises, sus curvas seductoras, su insensata curiosidad, su espíritu y su voluntad… «Oh, diablos.»

La lluvia le había obligado a viajar en el carruaje, de manera que un auténtico mozo de cuadra salió a abrirle la puerta. Bajó y se quedó mirando la puerta pintada de verde. Entonces relajó la expresión y llamó a la puerta. Le entregó una nota a Miranda solicitando que lo recibiera; no dudaba que aceptaría. Obtuvo su previsible respuesta enseguida, y aunque venía en un elegante papel color crema, éste no estaba perfumado.