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La casa era mejor de lo que esperaba. Al margen de la moda, pero en una nueva zona de casas adosadas, tranquilas y bien mantenidas. Miranda era una de las cortesanas más famosas de Londres, pero parecía saber cómo ser discreta. Era una amante muy demandada que se negaba a establecerse como querida de un solo hombre, por más que pagase cifras exorbitantes por sus favores. Él se preguntaba cuánto habría pagado Crofton para hacer que atendiera sus asuntos. También se preguntaba por qué había usado a Crofton para conseguir una estatuilla que probablemente no valía ni cincuenta guineas en una subasta. Demasiados interrogantes e improbabilidades para sentirse cómodo.

Una doncella de mediana edad con cara imperturbable abrió la puerta, y en un momento estuvo ante La Coop. Le hizo una reverencia de cortesía.

– Qué placer haberme encontrado con usted la otra noche, Miranda.

Ella inclinó la cabeza.

– Por favor, su excelencia, siéntese.

Ella se acomodó elegantemente en el sofá, dejándole a él la opción de sentarse.

Él eligió una silla frente a ella mientras hacía rápidos análisis. Miranda Coop tenía un buen número de máscaras. En fiestas desenfrenadas podía ser salvaje; pero en la ópera y otros espectáculos parecía una dama, aunque fuera un disfraz. En su casa, al parecer, le gustaba mostrarse como una digna propietaria. Su vestido verde oliva era a la última moda y dejaba ver sus exuberantes encantos, y sin embargo lo podía haber llevado la propia princesa Charlotte. Iba maquillada, aunque discretamente, y su único fallo es que hablaba con un deje de acento cockney.

– Qué sorpresa encontrarle en casa de Crofton, Saint Raven. Pensaba que estaban enfadados. Me pagó muy bien… Él sonrió ante la sutil pregunta. -Mi pequeña hurí insistió en ir.

– Ah, entonces espero que le pague bien. Perdóneme, pero me pareció un poco… inexperta.

– Creo que la palabra es inocente. Los ojos de ella brillaron.

– Qué novedad para usted. Supongo que ya no lo sigue siendo. Esa verdad le dolió y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la sonrisa.

– No, ya no, claro. -Tuvo que confesarlo, aunque se sintió repugnante por hablar de Cressida con esa mujer. Pero tenía que hacerlo. Por Cressida.

– Es la razón de esta visita, Miranda. Mi querida turca se encaprichó de una de las estatuillas de Crofton. Cuando fui a comprársela parece que usted ya se la había… ganado.

– Pagué por ella -lo corrigió-. Y bastante dinero.

Eso decía algo sobre Crofton proviniendo de una puta, e hizo que a Tris le preocupara la razón por la que quería la estatuilla. Pero era imposible que ella lo supiera.

– Ya veo. Por supuesto estoy dispuesto a pagarle, dentro de lo razonable, lo que crea que vale el objeto. Usted mejor que nadie sabe cómo somos los hombres cuando estamos en el primer arrebato del amor. Mi hurí quiere ese pequeño regalo, y haré lo que pueda por conseguirlo.

Ella ladeó la cabeza.

– No tengo gran necesidad de dinero, su excelencia.

– Entonces es una puta muy poco corriente.

Fue deliberadamente rudo, pero no vio manera de retroceder.

– Sí, lo soy. No soy propiedad de ningún hombre porque mi apetito es demasiado grande para uno sólo. Y además -añadió mientras lo miraba de arriba abajo-, me gusta la variedad.

Aunque algunas partes del cuerpo de Tris reaccionaron al mensaje que le enviaron los ojos cómplices de ella, sabía que no quería acostarse con esa mujer. No, la reacción no era lo suficientemente fuerte. Le repugnaba la idea de estar con esa mujer en la cama, cosa que le sorprendió. Pero hizo un gran esfuerzo de autocontrol para no demostrárselo.

– Eso es lo que la hace ser una puta -señaló.

– ¿Y qué es lo que le hace ser a usted un duque, su excelencia?

Se puso de pie por un acto reflejo.

– Es una impertinente.

Ella lo miró hacia arriba sonriendo con los ojos encendidos. Lo deseaba. Él lo percibía, y le hormigueaba la piel.

– Usted no cobra -dijo ella-. Es verdad, pero también es promiscuo.

Maldición. La insolencia de la mujer lo estaba acorralando. Si no reaccionaba adecuadamente, se daría cuenta de que la estatuilla era importante para él.

– Imagino que no me está sugiriendo que me prostituya con una prostituta. ¿Quiere que venda mi cuerpo por una talla de marfil? La expresión de ella era vigilante.

– Usted solicitó este encuentro, su excelencia.

– Para complacer el capricho de una muchacha. Se dio la vuelta y dio unos pasos.

– Ya está bien. Buenos días.

– ¡Su excelencia!

Se detuvo en la puerta y se volvió hacia ella evitando mostrar la menor señal de esperanza. Ella estaba de pie y no parecía nerviosa sino expectante.

– Me he equivocado, su excelencia. Asumí que sabía lo que buscaba en mí. Casi todos los hombres invariablemente -dijo con ironía- me desean. Cualquier intercambio previo es mero divertimento.

El corazón de Tris latía como si estuviera ante una jugada de dados crucial.

– Entonces, ¿podemos acordar un pago en dinero? Ella lo consideró.

– Realmente no necesito dinero, su excelencia. Estoy en Londres en agosto, cuando la haute volée se ha marchado, sólo para descansar. El asunto de Crofton -dijo encogiéndose de hombros- fue una diversión. Siempre me ha gustado ser directa y quería saber hasta dónde llegaría.

– A menos que acepte una cantidad razonable de dinero, señora, está haciéndome perder el tiempo.

– ¿Y si el precio es que me acompañe la semana que viene a la fiesta de sir James Finsbury en Richmond?

– ¿No tiene acompañante? -preguntó, evaluando esta nueva jugada. Tenía que confesar que aunque no quería hacer nada en la cama con Miranda Coop, era una oponente interesante. Finsbury era un amigo, y tenía una invitación para asistir a la fiesta. Aparentemente iba a ser medianamente respetable, pero en realidad se trataba de una combinación subida de tono de parejas de caballeros acompañados de sus putas.

– Claro que no, su excelencia -dijo inclinando la cabeza-. Me parece que no comprende la esencia de mi negocio. Todo, todo es la reputación. En el aspecto físico -hizo un gesto de descartar algo con la mano suelta- mi reputación está bien establecida. En otros tengo que hacer esfuerzos continuamente.

»Usted, mi duque, es el mejor premio que se puede tener. Todas las señoritas virtuosas desean casarse con usted, y a cualquier mujer le gusta ser objeto de su admiración. Si llego a casa de sir James cogida de su brazo, mi caché subirá varios peldaños.

– Pensaba que ya se encontraba en lo más alto.

– Qué amable. Pero en este negocio no existe la cumbre. Y siempre hay muchas empujando con fuerza desde abajo.

– Estoy seguro de que usted sabe cómo taponarlas.

Ella se rió pareciendo realmente divertida.

– La mayoría son unas imprudentes, ¿no cree? Incluso Miranda Coop sobrevivirá un día a sus encantos. Pero pretendo tener mucho dinero para cuando me retire, su excelencia, aunque los amigos también podrán ser útiles. Entonces, ¿le ofende mi proposición? Doy por supuesto que asistirá, y no hace falta que le diga que mi cuerpo no está incluido en esta ganga. Para eso, su excelencia, tendrá que pagar, y mucho. Yo nunca llegaré a pagar por un hombre.

Él se rió ante la clara insolencia de la mujer.

– ¿Por qué le compró esa figurilla a Crofton?

Ella lo miró, y después se rió.

– Porque usted intentó comprarla, lo que demostraba que su pequeña hurí se había prendado de ella. Sé cómo son los hombres al principio de estar enamorados, y yo deseaba que usted me visitara. Sencillamente ésta es la verdad.

Y probablemente lo era. Él maldijo en silencio la razón que le había llevado a eso, pero no era tan terrible. No le gustaba estar atado de manos, pero acompañar a Miranda a la fiesta de Finsbury era soportable. El peligro era que sospechara la verdadera importancia de la estatuilla. ¿Cómo hubiera reaccionado él si su historia hubiera sido cierta?