– Quería llevar a Roxelana a la fiesta de Finsbury. Ella se limitó a esperar. Y si pretendía jugar, sin duda era excelente.
– Muy bien. Le enseñaré a la muchacha a no ser demasiado exigente, así que el fin de semana descansaré de ella. Sin embargo, no le prometo más que llegar juntos, y si así lo deseo, me podré marchar después.
– No creo que eso sea nada bueno para mi reputación, su excelencia.
Él se obligó a sonreír.
– Su audacia es divertida Miranda, pero no ponga a prueba mi tolerancia. Muy bien. Me quedaré por lo menos una noche.
¿Cómo se tenía que comportar? ¿Cómo? Pidiendo más.
Dejó que sus ojos examinaran los encantos de Miranda.
– Valdrá la pena si me enseña sus habilidades gratis. Me enamorará y ésa será su coronación como reina.
Ella bajó los párpados aunque no dejó de observarlo, y a pesar de él mismo, su cuerpo reaccionó a la mirada.
– Muy considerado -dijo mientras sonreía moviendo la lengua por el borde de su labio superior-. Ya veremos qué hacemos, su excelencia.
Estaba jugando con él como con un pez, maldición, pero respondió con otra sonrisa.
– Aparentemente lo haremos. Ahora, la estatuilla. Los ojos de ella se abrieron ¿sorprendidos? -Se la daré el fin de semana, su excelencia. -¿Se atreve a dudar de mi palabra?
No pudo saber si la había impresionado, y si así fue lo disimuló enseguida. Entonces ella lo miró duramente mostrando su verdadera edad.
– Soy una puta, su excelencia. Los hombres no parecen considerar que su palabra los obligue conmigo.
Tris recordó la estupefacción de Cressida y el placer que sintió al haberle pedido su palabra y por haberla creído. Lo conmovió cuando tenía que ser inconmovible. ¿Y ahora qué? Podía pujar por la estatuilla, pero no debía parecer que le importaba demasiado.
Se encogió de hombros.
– Como quiera. A la muchacha no le pasará nada si tiene que esperar. ¿El viernes a las cinco?
Ella respondió con una reverencia de cortesía. -Es usted muy amable, su excelencia.
Tris se inclinó y se marchó sin permitirse resoplar ni respirar hondo hasta que no volvió al carruaje. ¡Maldita fuera esa mujer tan insolente! ¿Tendría que haberla mandado al diablo? ¿La habría convencido de que su petición no era más que un capricho y no una necesidad? Errores, errores. Había cometido una cadena de errores. ¿Sería éste uno más? Pero su orgullo se rebelaba por estar siendo utilizado de esa manera.
¡Comprado!
Casi tan malo como ser una puta. Tal vez, pensó estirando las piernas, ya era hora de llevar a cabo un pequeño hurto.
Miranda Coop suspiró. ¿Por qué había hecho eso?
Porque quería la gloria de aparecer con el duque de Saint Raven del brazo delante de sus rivales. Se contaba que los indios americanos colgaban en sus lanzas las cabelleras de sus enemigos derrotados para demostrar su valor. Ella quería colgar en su lanza ir acompañada de Saint Raven. Con eso sería suficiente, pero ante tamaña oportunidad, tal vez también podría tenerlo a sus pies. O si no, en su cama.
– Uno de estos días -dijo en la habitación vacía- tus impulsos te meterán en un problema, Miranda.
¡Y ese día podría estar próximo si no devolvía esa maldita estatuilla!
Podía ir a ver a Crofton y conseguir alguna otra. Pero probablemente las habría regalado como premios tal como había planeado. De modo que tendría que descubrir quiénes las habían ganado, y quiénes tenían las que eran iguales a la suya.
Le tomaría demasiado tiempo, y ella no podía estar segura de que Saint Raven y la tipeja turca no advirtieran la diferencia. Soltó un resoplido y se paseó por la habitación. Sólo había una manera segura. Tendría que encontrar a Le Corbeau y pedirle la estatuilla. Conseguirla no le sería difícil si lo encontraba, aunque medio Londres estaba intentando atraparlo.
Entonces se detuvo. Conocía a alguien que le podría ser útil. Peter Spike de Saint Albans. Aparentemente era un próspero mercader, pero por detrás vendía objetos robados. Se sentó para escribirle una carta, y después se la entregó a Mary para que la llevara a la oficina de correos. Peter le prometió que podía encontrar a Le Corbeau. Ella se rió fríamente. Con lo que le ofreció, le encontraría hasta al mismo diablo.
CAPÍTULO 19
– ¡Hola Tris!
Tris se estremeció. La lluvia había parado, así que se había bajado del carruaje para llegar a su casa caminando. Ahora tendría que pagar su excentricidad con un encuentro con lord Uffham, el heredero del duque de Arran.
Uffham era bien parecido y fuerte, pero también un tipo cada vez más pesado. Tris tuvo que contenerse para no volver a estremecerse cuando vio que su hermano de crianza llevaba un chaleco color verde virulento, y tantos relojes de bolsillo, que iba haciendo tal ruido metálico mientras caminaba, que le recordaba las angustiosas campanillas de GilchriSaint
Tris se lo había pasado bien con Uffham en su juventud, pero cada vez más era más obvio que eran muy diferentes en gustos y en naturaleza. Además, a Uffham parecía molestarle que Tris ya fuera duque, pues él, para serlo, aún tenía que esperar a que su rico padre muriera.
Pensaba que Uffham debía tener en cuenta las ventajas que tenía y disfrutar de su libertad. Por otro lado, admiraba al duque de Arran y no creía que Uffham estuviera preparado para administrar unas propiedades tan importantes. Consideraba que sus responsabilidades eran agotadoras, y sabía que había avanzado mucho más de lo que su viejo amigo Uffham lo haría nunca.
– No sabía que estabas en la ciudad -dijo Uffham- ¿Te has peleado?
Tris se había olvidado de sus magulladuras.
– Un desacuerdo menor.
– ¿Mientras ibas a White?
– Mientras iba a mi casa. -No tenía manera de evitarlo-. ¿Quieres venir? He llegado esta mañana a la ciudad y apenas he comido nada. Quisiera cenar.
– Me apunto -dijo Uffham acompasando su paso mientras balanceaba un bastón con empuñadura de oro-. ¿Una urgencia?
– Papeleos. ¿Y qué haces aquí en verano?
– Una invitación a una fiesta picante en casa de Crofton. Me equivoqué. Aunque fuese en su casa de Londres, los amigos deben avisar de manera más clara cuando hay cosas como ésas.
Tris no recordaba que la invitación fuese especialmente oscura.
– No fue un asunto bien llevado.
– ¿No? ¿Cuándo vas a hacer otra fiesta como ésa en Nun's Chase?
No le asombró que tuviera el impulso de decir nunca.
– De momento no. -Doblaron por Upper Jasper Street-. Al fin y al cabo es verano.
– El verano es un momento perfecto para hacer fiestas. Todo el mundo anda por ahí sin tener nada que hacer.
– Habla por ti mismo. O agradece que todavía no tengas que llevar un ducado -dijo, dejando caer esa indirecta deliberadamente.
Uffham se encogió de hombros y siguió a Tris por el vestíbulo de la casa de la ciudad de Saint Raven, que estaba decorado con paneles oscuros.
– Esto está muy lúgubre. Deberías pintarlo.
Tris entregó su sombrero y sus guantes a un sirviente estudiadamente impasible.
– ¿Decoración interior? Lo siguiente es que caigas en la trampa del clérigo.
Eso fue suficiente para que los ojos de Uffham se abrieran como platos ante el pánico.
– ¡Ni se te ocurra decir eso! Las zorrillas de los bailes están aún peor este año. Creo que has hecho que salieran todas. Eso y que Arden se casara con esa maldita institutriz. ¡Ahora todas creen que pueden tener una oportunidad!
– ¿Arden se ha casado con una institutriz?
Tris lo asimiló mientras daba instrucciones para que les trajeran una comida simple pero contundente. El marqués de Arden era heredero del duque de Belcraven, y si se había casado con una mujer de baja cuna sin que se produjera un desastre…