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Tris hizo que se dirigieran al pequeño salón que usaba para él.

– Fue la comidilla de la ciudad hace un año más o menos -dijo Uffham-. Supongo que fue en la época en que heredaste y te fuiste al extranjero. Acaban de tener un hijo, lo que demuestra la fuerza de la sangre de los campesinos.

– ¿Campesinos? -le preguntó Tris mientras entraban en la habitación que estaba llena de libros y amueblada con sillas cómodas. Arden era un cabrón arrogante lleno de ínfulas aristocráticas como el que más.

Uffham tuvo la elegancia suficiente como para ruborizarse.

– No exactamente. Es la hija de un capitán o algo así, pero sin dinero. ¡Una empleada del seminario de Cheltenham! Tampoco había mucho donde elegir. Y por ella dejó a la cachorra Swinamer.

– Eso, por lo menos, demuestra cierta sensatez.

Como Uffham se quedó impasible, Tris decidió intentar plantar otra semilla. Phoebe Swinamer era exquisitamente hermosa si a uno le gustaban las muñecas de porcelana. Además, tenía tan poco corazón como ellas. Si Uffham se casara con ella se acabaría la paz en la familia Peckworth.

– La señorita Swinamer es una reina de hielo detrás de una corona, especialmente la de un ducado. Cualquier hombre que se case con ella sentirá sus garras toda la vida. Ha coqueteado conmigo, pero tengo la seguridad de que si fuese simplemente el señor Tregallows ni siquiera me sonreiría. Tampoco se fijaría en ti si fueras simplemente George Peckworth.

Uffham hizo un puchero y se puso como un niño al que le han prohibido comerse un caramelo, aunque tal vez eso quería decir que lo que decía le estaba calando hondo. Tris decidió añadir.

– Los hombres como nosotros -dijo acomodándose en su silla favorita- tenemos que elegir con mucho cuidado a nuestras esposas. Ser una duquesa es un trabajo muy exigente, por ello debe ser estar educada para ello, y ser fuerte e inteligente.

– Como un buen cazador.

Tris intentó no cerrar los ojos.

– Muy parecido. Y por otro lado, ocupar un rango elevado es una tentación para ser cruel y arrogante. Le debemos a nuestra familia y a las personas que están a nuestro cargo elegir una duquesa con un buen corazón. Y, por supuesto, con Devonshire como ejemplo, alguien con la que se pueda contar para no poner en juego nuestra fortuna.

Uffham se dejó caer en la silla de enfrente completamente despatarrado.

– Te estás poniendo demasiado prosaico y aburrido, Tris. Supongo que siempre habrá alguna querida atractiva para nosotros.

– Exacto.

Si ésa era la manera de hacer que Uffham eligiera una esposa adecuada para la familia Peckworth, bienvenida fuera.

– Es lo que hizo mi padre en su juventud. Mi madre no armó ningún lío. Supongo que te refieres a eso cuando hablas de una duquesa educada para ello.

– Mi tío tuvo tres que yo conociera. Una en Cornwall, otra en Londres, y otra en Francia, antes de la revolución.

Uffham se rió.

– Como un marinero travieso, ¡con una puta en cada puerto! No es mala idea.

Tris de pronto lamentó haber mantenido esa conversación. ¿Sería eso mejor para los Peckworth que Phoebe Swinamer como duquesa? Sí, desgraciadamente lo era. La infidelidad era preferible a que lo mandara una mujer fría y sin corazón. Él no tenía intención de casarse con una mujer así, pero siempre había asumido que se casaría con la mujer apropiada y no por placer. Era la educación que había recibido para ser duque.

El duque de Arran había comenzado con ese sistema y su tío lo había continuado fríamente. Le habían enseñado a beber sin perder la cabeza, a jugar sin dejarse desplumar y a acostarse con mujeres sin contraer la sífilis o tener desagradables bastardos. Y a hacerlo sin necesidad de avergonzar a una mujer decente. Y, por supuesto, a recordar que un duque está unos peldaños por debajo de Dios, y que lo mejor es que todo el mundo lo sepa. Esperaba que su tío se estuviera revolviendo en su ornamentado panteón.

El sirviente llegó con una bandeja con cerveza, pan, queso, fiambres y empanadas. Tris le dio las gracias. Uffham cogió un trozo de pastel de cerdo y una jarra de cerveza que quedó a la mitad tras el primer trago.

– Quiero tener una casa propia y que me traigan comida así, en vez de los elaborados platos que nos prepara el cocinero de mi madre.

– Pide lo que quieras.

– Para ti está bien…

Tris se sirvió un trozo de pan crujiente y queso en su punto y dejó que Uffham siguiera quejándose. Así estaba siempre en aquellos días: repitiendo constantemente que la vida había sido muy dura con él.

– ¿Y por qué has venido? -le preguntó Uffham limpiándose la boca con una servilleta; después eructó.

– Algunos asuntos rutinarios. Mi secretario está aquí.

– No debe haber mucho que hacer en verano.

– El trabajo nunca se acaba, te lo aseguro. ¿Dónde irás después?

– Pensaba pasarme por Lea Park. Hace tiempo que no veo a mis parientes. Después me acercaré a Brighton. Caroline y Anne están allí, ya lo sabes.

Tris bebió más cerveza para ocultar su expresión. En realidad, lady Anne, la hermana de Uffham, no estaba en Brighton. Ayudada por él se estaba dirigiendo a Gretna Green con un advenedizo que su familia no consideraría adecuado para ella. Podría terminar rompiendo con ellos para siempre, pero en el momento de tomar la decisión, mientras el amor brillaba entre ambos, parecía que valía la pena correr el riesgo. Pero si ése era el caso ¿por qué no había luchado para conseguir a Cressida?

– ¿Por qué no vienes? -le preguntó Uffham.

Tris tuvo que recuperar el hilo de la conversación.

– No me interesa Brighton. -Puedes venir a Lea Park.

– Mis asuntos me retendrán aquí unos días. Tal vez más adelante.

Anne estaba preparada para perder muchas cosas y hasta para que hubiera un escándalo, y aún así le había valido la pena. ¿Podía ocurrir lo mismo con Cressida y él? No. A diferencia de Anne y Race, él y su duquesa nunca podrían quitarse de encima la atención de todo el mundo.

– Volveré el fin de semana -dijo Uffham-. Ven a casa de Finsbury en Richmond. Debes de haber recibido una invitación.

– No lo he mirado. Pero ya me habré marchado.

Uffham volvió a llenar su jarra.

– Voy a cenar con Berresford esta noche; después iremos a casa de Violet Vane. Dicen que tiene carne tierna. ¿No te gustaría venir?

Tris casi se estremeció. Poudre de Violettes y muchachas risueñas. Siempre había evitado el salón de esa mujer, pero ahora se preguntaba sobre su negocio. Se especializaba en prostitutas de aspecto muy joven, pero ¿cuán jóvenes eran? Santo cielo, Londres estaba inundado de niños abandonados medio salvajes dispuestos a hacer cualquier cosa por unas monedas. Si no robaban o se prostituían, morían de hambre. Intentar cambiar eso sería como hacer que el Támesis fluyese a contracorriente.

Tris se levantó deseando que Uffham entendiese la indirecta.

– Estuve en casa de Crofton hasta la madrugada. Esta noche necesito dormir.

– ¡Estuviste, caray! Y ¿cómo fue?

Su anterior comentario pareció no haber afectado en absoluto a Uffham. Se había preocupado sinceramente por el ducado de Arran, para después verse obligado a regodearse en una descripción lasciva que había dejado a Uffham babeando. Por supuesto no mencionó a Cressida. ¿Cómo estaría? ¿Habrían aceptado su regreso sin sospechas? Maldición. Estaría esperando noticias, ¡y él ahí charlando!

– Estatuillas atrevidas ¿eh? -bromeó Uffham-. Me pregunto quienes las ganarían, y si no les importaría enseñarlas.

– Estoy seguro de que si preguntas por ahí, los encontrarás. Estaban Pugh, y Tiverton. También Hopewell, Gilchrist, Bayne… -Tris se acercó a la puerta-. Ahora debo ir a ver a mi tirano. Leatherhulme insiste en que debería leer unos documentos antes de firmarlos. -¡Dios mío! Despídelo.