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– Lo he pensado. -Tris acompañó a su hermano de crianza por las escaleras, y hasta la puerta de la casa. Sin embargo, su mente enseguida volvió al asunto de Cressida. Le dijo a su amigo que estaba agotado. Pero al pensar en ella se excitó pensando en sus suaves y dulces curvas, su largo y sedoso cabello, sus grandes ojos grises, sus labios abundantes y seductores, sus hábiles manos y su franco entusiasmo. Nada más habían comenzado a explorarse…

Entonces se dio cuenta de que ahí, ante la puerta, el sirviente lo miraba con suspicacia.

«Cressida. ¡Espera noticias!»

– Vaya a buscar al señor Lyne y dígale que venga a mi estudio.

Qué rabia le daba no poder dirigirse a ella directamente. Y mientras subía las escaleras, a cada peldaño que pisaba, se iba dando más cuenta de lo imposible que había hecho mantener cualquier tipo de relación con ella en el futuro. Crofton era estúpido en algunos aspectos, pero no de esa manera. La señorita Mandeville había sido secuestrada por Le Corbeau. Crofton no podía permitir que se hablase de ello porque revelaría el repugnante chantaje que le había hecho. No obstante, probablemente suponía que la habrían violado.

Por eso, si se hacían comentarios sobre el duque de Saint Raven y la señorita Mandeville, especularía, y probablemente asumiría, equivocadamente, que Tris era Le Corbeau. También se daría cuenta de que ella era la hurí. El disfraz había sido muy bueno, pero no lo suficiente. Todo era un lío tremendo que ni siquiera se podía solucionar con un buen matrimonio. Era terrible dejar a una mujer como ella expuesta en el cruel pináculo de la sociedad. Imposible con un escándalo como ése.

Estaba mirando al vacío cuando apareció Cary.

– ¿Problemas?

Tris se rió.

– Un montón. Me acabo de dar cuenta del difícil trabajo que tenemos que hacer, ya que ahora la señorita Mandeville está en peligro.

– ¿Han comenzado los chismorreos?

– No, pero…

Tris ordenó sus pensamientos. Le hubiera gustado haber tenido más analizado el problema, pero comprobó que Cary lo aceptaba todo con tanta seriedad como él.

– Si se descubriera ella nunca tendría la oportunidad de llevar una vida decente -dijo Cary-. No es…

– Tienes razón. Maldición. Lo sé. Yo mismo podría haber ido por la figurilla. -Tris se pasó una mano por el pelo-. Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que cuidar de ella. No me pueden ver cerca de ella, pero a ti sí. Y no me puedo arriesgar a enviar una nota.

Le contó lo de su visita a la casa de La Coop.

Cary se rió.

– Es una mujer llamativa, perfecta para ti. -Si la quieres, quédatela.

– No, gracias. No vamos a dejar que se salga con la suya, ¿verdad?

Tris respondió a su sonrisa con otra.

– Claro que no. Espero que tengas habilidad en eso de allanar casas.

– No, pero estoy dispuesto a aprender. De todos modos, nos puede traer más problemas.

– Maldita sea, ya lo sé. Creo que ya es hora de que me tranquilice. Tal vez me esté haciendo viejo.

– Muérdete la lengua. ¡Si eres un año más joven que yo! La vida te regala un saco lleno de años salvajes, pero al final se vacía.

– Entonces, ¿qué sabemos? ¿Muertos de hambre en medio de un desierto? -Tris negó con la cabeza a su pregunta-. Pronto estaré comiendo pan amargo y langostas. Que son tan malas como las cochinillas.

¿Qué?

Tris se rió.

– Ve a ver a la señorita Mandeville. Asegúrale que tendrá sus joyas esta misma semana. Lo prometo.

Cary se despidió irónicamente y se marchó.

Tris sabía que podía contar con Leatherhulme, pero después de que su amigo se fue, se quedó meditando un rato. Había llegado a la conclusión de que nunca más la vería. Esperaba que fuera así ¿O no? Entonces, ¿por qué la frase que había dicho le parecía ahora tan deprimente?

«Qué pena que nunca le pueda contar a mis nietos que una vez tuve al duque de Saint Raven a mis pies».

Nietos. Eso significaría que se casaría con otro hombre. Otro hombre que le proporcionaría mucho placer, y ella lo llevaría al éxtasis. Se metió la mano al bolsillo y sacó el trozo de velo blanco manchado de rojo por sus labios. Cuando se lo llevó a la cara sintió un suave perfume. Lo apretó y se empezó a llenar de pensamientos enloquecedores. Pero, Dios, ¿estarían condenados a pasar el resto de sus vidas separados?

Condenados no. Ella por lo menos, no. Pronto volvería al mundo en el que se sentía cómoda, y seguramente tendría la inteligencia de casarse con el hombre adecuado. Podría llevar una vida cómoda como esposa de un profesional próspero, tal vez de un caballero con una propiedad pequeña pero agradable. Podría llegar a ser una esposa y una madre alegre y enérgica, una bendición para su comunidad…

En cuanto a él… Volvió a meterse el trozo de seda en el bolsillo. Como dijo la duquesa de Arran, hay que proponerse establecer vínculos con la persona adecuada.

Cressida apuntó con esmero cada libro de la biblioteca de su padre. No era un gran lector, así que la mayoría de ellos hablaban de negocios. Directorios de ciudades, comerciantes, bancos, almacenes, puertos, barcos… Sabía que no serviría de mucho, pero anotar mecánicamente le adormecía la mente. Libros de viajes. Algunos sobre la India, pero la mayoría de otros lugares. China, Japón, Mongolia, Rusia… ¿todavía soñaba su padre con viajar a lugares aún más exóticos?

No tenía ninguna copia de los viajes de sir John Mandeville, aunque le había enviado una en su décimo cumpleaños. Siempre le enviaba cartas y ocasionalmente regalos y, claro, el dinero con el que vivían. Pero para ella era tan real como la reina de las hadas. ¿Por qué había vuelto para estropearlo todo? Entonces llegó al mismo libro sobre Arabia que le había prestado Saint Raven, y no pudo evitar sacarlo y hojear sus páginas.

¿Dónde estaría ahora? ¿Ya habría regresado a su casa después de ir a ver a Miranda Coop? ¿Cuándo lo sabría? La parte más razonable de su mente estaban nerviosa ante este hecho, pero la parte más profunda no se preocupaba porque sabía que él no podría traerle noticias. ¿Qué problema por un puñado de joyas, si no…?

«¡Qué locura!» Cerró el libro de golpe y lo volvió a poner en la estantería. Pero el siguiente era el directorio de Londres. Debía aparecer la dirección de Saint Raven. Le parecía raro desconocer su dirección… Casi contra su voluntad, sacó el libro sencillamente encuadernado. ¿Saldrían listas de casas con el nombre de sus propietarios? No, por dirección y ocupación. Se rió. Era difícil que hubiera una lista de «pares del reino» ¿O no? Revisó el índice, pero evidentemente no la había. ¿Entre «pasteleros» y «mercaderes de pimienta y especias?

Pero mientras hojeaba el libro se dio cuenta de que comenzaba con una sección sobre las mansiones de los grandes del reino. La primera página, por supuesto, la ocupaba la del rey. Su majestad, el rey Jorge. La lista continuaba con toda la familia real y los miembros del gabinete. Siguió leyendo y enseguida lo encontró. Su excelencia el duque de Saint Raven, calle Upper Jasper número 5. Bastó con eso para que su corazón se acelerara.

Otro libro. Un libro de planos con hojas que se desplegaban mostrando detalladamente los distintos barrios de Londres. Lo extendió en el escritorio y consultó el índice. Calle Upper Jasper. Ahí estaba, muy cerca de Saint James. Cada casa aparecía circundada por una línea con un número inscrito en su interior. El meticuloso dibujante de mapas incluso había dibujado los jardines traseros de las casas, dando a entender que tenían un macizo central de flores, aunque no se imaginaba cómo lo pudo haber sabido. La casa tenía una extensión de terreno por detrás que sólo medía la mitad de la zona principal. Debajo había una cocina, pero ¿qué había encima? ¿Un pequeño dormitorio? ¿Una salita?

Mientras se concentraba en esos detalles, le pareció que si encontraba una lupa, podría llegar a ver cómo era la casa en realidad. Y con una lo suficientemente grande, tal vez pudiera mirar por las ventanas, e incluso llegar a verlo…