– No me hace falta, excelencia, más que los secretarios de que disponemos.
– Entonces tendré que ser egoísta. Necesito que tenga un ayudante personal por dos motivos. El primero, es que quiero a alguien que pueda viajar por las propiedades y que lo pueda hacer con rapidez cuando haya una urgencia. No deseo dejar las cosas totalmente en manos de empleados locales que no estén bien supervisados. Y el segundo, es que cuando usted decida descansar, quiero que alguien esté preparado para asumir su trabajo y que conozca de primera mano mis asuntos.
Durante un instante la expresión que puso Leatherhulme fue como la de Uffham unos instantes antes, pero después se quedó mirando a Tris.
– Me sorprende, su excelencia.
– ¿Esperaba que fuera un frívolo cabeza hueca?
– No, frívolo no… -Leatherhulme se sacó los anteojos y se restregó la marca que le dejaban a cada lado de la nariz-. Su tío me entregó todo el control, y debo confesarle que me había acostumbrado. Sin embargo, lo que dice es sensato e inteligente. Si me he aferrado a llevarlo todo, es porque, perdóneme, no tenía una opinión demasiado alta de la moral y de la cordura de sus predecesores.
– Dios mío. ¿También sirvió a mi abuelo?
– Y a su bisabuelo, aunque falleció poco después de que entrara a su servicio como ayudante de su anciano secretario.
Tris se rió.
– Por lo menos tuvieron la inteligencia de contratar y mantener a buenos servidores.
Leatherhulme asintió en reconocimiento al cumplido.
– Supongo que querrá contratar a mi ayudante usted mismo.
– Sí, pero le daré a usted derecho a veto. No servirá si no se llevan bien.
– Muy bien, señor.
Sesenta años al servicio de la familia. ¡Caramba!
Tris volvió a mirar el caso del duque de Saint Raven contra las Hermanas de la Divina Pureza. Al final lo autorizó sintiendo que en cualquier momento un rayo podría acabar con él. Puso el último papel sobre la mesa y aceptó llevarse el pesado libro de cuentas para examinarlo en sus ratos libres. Nunca había tenido un tutor tan exigente como Leatherhulme. Lo que le hacía tener pensamientos traviesos.
– Me pregunto si me puede dar algún consejo sobre novias, Leatherhulme.
– Sinceramente espero que esté hablando en singular, su excelencia.
Tris sonrió.
– Así será en su momento. Y si me caso, espero no desear nunca la muerte de mi esposa.
– En mi opinión, señor, en la frase sobra el si. Usted es el último de un linaje antiguo y noble.
– Del que no tiene muy buena opinión.
Los delgados labios del anciano se apretaron como si estuviera evitando sonreír.
– Tengo esperanzas ante el futuro, señor. Como consejo, le recomiendo que elija a una mujer sensible que pueda ser una buena compañía y un apoyo. Eso a un hombre joven sin duda le parecerá aburrido, pero los fuegos del amor a menudo se apagan, y los de la…, perdóneme señor, de la lujuria siempre se acaban.
– Le prometo que no me casaré por lujuria. Uno de los beneficios de mi vida de libertino es que no lo necesito.
No sabía qué reacción esperar, pero no un simple movimiento de cabeza.
– Un punto de vista excelente. He visto caer a algunos caballeros jóvenes en esa trampa.
Tris no se podía creer que estuviera manteniendo esa conversación, pero se echó hacia atrás y se apoyó en el respaldo de la silla.
– ¿Tiene alguna sugerencia?
– No estudio los registros sociales, señor.
– Pero ¿cuál debe ser mi prioridad, el origen, la riqueza o la buena compañía?
– Las tres cosas.
– ¡Por Dios! Ciruelas así no cuelgan de cualquier árbol. -Pero cuelgan de los ciruelos cuando es la estación, señor. ¿Ha estado mirando en los jardines correctos? Tris se rió y se levantó.
– Maldita sea, hombre, tiene razón. Tal vez deba ir a Brighton para observar con más atención la fruta madura. Pero primero tengo asuntos que resolver aquí.
– ¿Asuntos?-preguntó Leatherhulme evidentemente alarmado.
– Nada que le competa. Asuntos como el de Nun's Chase.
– Ya veo. -Leatherhulme se volvió a poner los anteojos y nuevamente se convirtió en el viejo mustio y seco al que Tris estaba acostumbrado-. ¿Eso será todo, su excelencia?
A pesar de que era una pregunta, parecía más como si lo autorizase a retirarse.
– Así es. -Pero él añadió-: Gracias.
Se marchó sintiéndose extrañamente aligerado, a pesar de que el consejo de Leatherhulme iba en contra de una novia sin dinero de origen y formación normal. Pero el anciano no tenía necesidad de preocuparse. Nunca sería así.
¿Había regresado Cary? Preguntó pero nadie sabía nada. Tris dejó el libro de contabilidad en una silla y se paseó por la habitación. Londres, incluso en agosto, estaba lleno de divertimentos destinados a saciar las locuras de la mente de un joven. Sin embargo, hizo un repaso y no encontró nada que le atrajese. Volvió con el libro y se sentó a estudiarlo. En cuanto a la noche, no le apetecía más que tomar una cena sencilla y acostarse temprano.
No es que se estuviese volviendo aburrido, se aseguró a sí mismo. Simplemente necesitaba despejar la cabeza si iba a tener que conseguir que Miranda Coop le diera la estatuilla sin tener que obedecerle como si fuera un perro atado a una correa.
Un ruido en el estómago avisó a Cressida de que había pasado mucho tiempo desde que se tomara la merienda, y que su cuerpo necesitaba comer. Se dirigió a la cocina a pedirle algo al cocinero, quien con gran alegría le cortó un trozo de pastel y le ofreció un poco de fruta en una bandeja.
– Le ruego que me perdone, señorita, pero ¿por qué no se queda aquí con Sally, Sam y conmigo, y se toma una taza de té? Estábamos a punto de prepararnos una, y arriba va a estar muy sola.
Cressida aceptó, aunque le preocupó que los sirvientes quisieran preguntarle por su futuro. Sin embargo, charlaron sobre sus familias y otros sirvientes. Cressida se relajó tomándose una sencilla taza de té en ese mundo tan vulgar. Ni siquiera en Matlock se habría tomado un té en la cocina.
Entonces le comentaron el último escándalo. Según la doncella de los Onslow, a la que habían conocido esa mañana en la lechería mientras llenaban unas jarras, su señorita estaba engordando. Por eso tenía que casarse a toda prisa con el teniente Brassingham, que no era el novio que deseaba la familia cuando decidió traer a la joven a la ciudad. Y aún más, según la doncella, probablemente él no sea el responsable de la situación…
Pobre señorita Onslow. Cressida se bebió su té y no le fue difícil imaginar la escandalosa historia que debía estar corriendo por todo Londres entre jarras de leche y cestos de pan.
Dice el rumor que esa señorita Mandeville estaba en una fiesta de caballeros con un traje subido de tono. Y según la doncella de la cocina no llegó a su casa esa noche. Se quedó con un amigo… Algo así dijo…
¿Cómo pudo haber sido tan loca? Pero claro, al principio no tuvo otra elección. Y como había dicho Tris, no importaba lo que hicieran de noche. Excepto para sus sentimientos de culpa.
Alguien golpeó la puerta con la aldaba, y Cressida se asustó imaginando que en el mismo umbral de la entrada se podía producir un escándalo.
Sally se levantó enseguida.
– ¿Quién podrá ser? -Corrió a ver y regresó en un instante-. Es para usted, señorita Mandeville. Un tal señor Lyne.
¡El mensajero de Saint Raven! Por lo menos algo estaba saliendo bien.
– Tiene que ver con los asuntos de mi padre. Lo mejor será que vaya a verlo.
Se apresuró en llegar al recibidor, e inmediatamente comprendió su expresión.
– No trae las joyas.
– Me temo que no. Pero no se asuste.
Cressida cerró la puerta y se sentó.
– Todavía no estoy asustada. ¿Qué ha ocurrido?
Él se sentó cerca de ella.