– Saint Raven fue a la casa como estaba planeado, pero la mujer no le entregó la estatuilla.
– ¿Por qué? ¿Qué podría querer? Cary hizo una mueca.
– Que Saint Raven la acompañara en público. Él aceptó, señorita Mandeville, pero no tenga miedo. No ocurrirá hasta el fin de semana.
¿Aceptó qué? Apartó esa idea de su cabeza.
– ¿No le extrañó que aceptara hacer eso simplemente a cambio de una estatuilla que no tiene un gran valor?
– A él le preocupaba lo mismo, pero piensa que jugó bien sus cartas. Le contó que la quería su pequeña hurí, es decir, usted, perdóneme la expresión. Él se quedó helado ante la idea de degradarse para complacer a una puta, si me disculpa usar ese término. -Lyne estaba comenzando a sonrojarse-. Se dejó convencer para servirle exclusivamente de acompañante, y sólo por un día.
No se lo podía creer. Había todo un submundo por debajo de los bailes y los paseos. ¡Por eso muchas veces faltaban caballeros en los eventos respetables!
– El sábado. Me gustaría que no tuviéramos que esperar tanto.
– Por favor, no se preocupe, señorita Mandeville. Saint Raven me pidió que le asegurara que en una semana recuperaría las joyas. Como fuera.
¿No le importaba lo que tuviera que hacer para conseguirlas? ¿Y qué derecho tenía de desaprobar su conducta si lo hacía por ella? Se levantó y le ofreció la mano.
– Gracias, y por favor exprese al duque mi agradecimiento. Esto no es asunto suyo, ni de él, y aprecio mucho la ayuda que me están prestando.
Él le estrechó la mano un momento.
– Hará todo lo que pueda para que usted sea feliz, señorita Mandeville.
Cressida observó cómo se marchaba pensando en lo que le había dicho. Por el momento la felicidad parecía muy lejos de su alcance. De todos modos era una persona práctica, y sabía que esos sentimientos pasaban. Mientras tanto seguiría haciendo ese aburrido inventario para tranquilizarse. Aunque ya no la calmaba. Y cuanto más perseveraba en la tarea, más se empezó a impacientar. Su estatuilla estaba tan cerca. ¿Sería imposible entrar en la casa… y reponerla? No sería como robar, especialmente si sólo se llevaba las joyas.
Aunque su mente le daba vueltas a esa posible aventura, sabía que era una fantasía. Ni siquiera sabía dónde vivía Miranda Coop. Tenía el Directorio de Londres, pero igual que no tenía una sección de «Pares del reino», tampoco tendría una de «Prostitutas». Aun así, no pensaba abandonar. El libro señalaba cada calle y los nombres de los propietarios de las casas. ¿Dónde podría vivir una mujer como Miranda Coop? Seguramente no en las zonas más selectas, aunque no debía estar completamente apartada de ellas. Una prostituta de moda debería querer estar cerca de su clientela.
En el centro de negocios no podía ser, pues allí sólo había mercaderes y empresarios, y no hubiera sido demasiado racional. Pero el asunto la obsesionaba, y tal vez distraía su mente ansiosa. Le parecía que estaba haciendo algo. Desplegó el plano y se puso a revisar en el directorio cada calle que rodeaba a Mayfair. Sus ojos estaban cansados, pero no podía dejar de revisarlo. Y entonces la encontró. Miranda Coop, Tavistock Terrace, número 16. De hecho, no estaba demasiado lejos de su casa. Sentía que se había producido un milagro, pero no sabía qué hacer con esa información. No podía visitar a una mujer así. Sería impropio y podría dar lugar a peligrosas especulaciones.
Pero no pasaría nada si al día siguiente se paseaba por delante de su casa. Al fin y al cabo, era una calle respetable, y así estaría haciendo algo en vez de esperar, esperar y esperar.
CAPÍTULO 21
A la mañana siguiente, Cressida se vistió con uno de sus vestidos de Matlock. Aunque era de buena calidad, la tela tenía un estampado de azul sobre gris, que nunca llamaría la atención, y, por supuesto, tenía el cuello alto y las mangas largas. Añadió al conjunto su sombrero con ala más ancha que le tapaba los rizos. Cuando se miró en el espejo, estaba segura de que aunque se encontrara cara a cara con Miranda, nunca se imaginaría que era la hurí de Saint Raven.
Por la noche, como si fuera una tortura, una y otra vez le había venido la imagen de él abrazando y besando el pecho de Coop. «Eso es lo que él es», se recordó a sí misma, y se dio la vuelta para marcharse. «Agradece que te evitarás todo el sufrimiento que ese hombre podría haberte provocado».
Fue a ver a sus padres y le dijo a su madre que iba a la biblioteca pública.
– Llévate a Sally, querida.
– Tiene que quedarse aquí, mamá. Además voy muy cerca. Su madre suspiró. -Muy bien, querida.
Tavistock Terrace resultó ser exactamente como Cressida suponía que era: una hilera de casas nuevas estucadas de color blanco brillante con ventanas relucientes. Delante de la fachada unas barandillas conducían a los sótanos que usaban los sirvientes. Estas casas pertenecían o eran alquiladas por personas que estaban en los márgenes de los círculos sociales más elevados, o por mercaderes u otros profesionales que aspiraban a escalar socialmente. Como su padre.
Apartó ese pensamiento y se entretuvo preguntándose si los respetables residentes de Tavistock Terrace conocían la profesión de la mujer que vivía en el número 16. Dudaba que la señora y su hija que charlaban ante el número 5, o el sobrio hombre que salía dando grandes zancadas del número 8 para subirse a un carruaje de alquiler lo supieran, Cressida se paseó por la calle con decisión, pero no demasiado rápido, aunque al final no le sirvió de nada. ¿Qué esperaba encontrar?
La casa de Miranda Coop era igual a las demás. Echó un vistazo a la ventana salediza mientras pasaba y no vio más que un salón común donde no se veía la figurilla. Giró a la izquierda al final de la calle y siguió caminando mientras pensaba. Podía volver y bajar por la escalera de la zona de los sirvientes y… ¿qué? ¿Hacer como si buscara trabajo? Para eso se tenía que haber vestido con mayor sencillez aún. ¿Hacer como si estuviera perdida? ¿Fingir que buscaba a un antiguo sirviente? Podía hacerlo, pero era un riesgo innecesario porque no obtendría nada. La estatuilla no debía estar en el sótano, e iba a ser muy difícil que los sirvientes la dejasen moverse libremente por la casa.
De todos modos, no podía volverse a su casa con las manos vacías. Entonces vio una indicación que decía CABALLERIZAS TAVISTOCK, y se dio cuenta de que el estrecho camino de acceso debía circundar las casas por detrás. Entró en el callejón y aunque era muy extraño que anduviera por ahí, no estaba cometiendo ningún delito.
El camino estaba rodeado a cada lado de grandes muros de piedra que ocultaban los jardines traseros de las casas. A su izquierda podía ver por encima del muro los tejados de Tavistock Terrace interrumpidos por las ventanas con forma de mansarda de las habitaciones de la servidumbre. A su derecha las casas eran muy parecidas. Los muros de vez en cuando se interrumpían con grandes puertas de madera. Quiso abrir una, pero tenía echado el cerrojo por el otro lado.
Llegó a una zona más abierta y se detuvo. Era un patio rodeado de edificios con puertas de madera, todas cerradas. Algunos servían de cocheras y otros de establos. Pobres caballos de ciudad, pues tenían que vivir casi todo el tiempo sin que apenas hubiera nada verde a su alrededor. Debía de ser una cuadra para carruajes y caballos de alquiler. Al fin. y al cabo, sólo los muy ricos podían mantener sus propios caballos y carruajes en Londres. Sin duda alguna, su padre no podía, incluso antes de la gran calamidad. Otro aspecto fascinante de Londres que nunca había explorado: cómo se trasladaba la gente y los cientos de caballos que había que suministrar y atender.
Se abrió una puerta y apareció un mozo de cuadra anciano y patizambo que llevaba un caballo gris ensillado. Se tocó el sombrero.
– ¿Busca algo señorita?
– Me interesaría saber cómo se cuidan los caballos en la ciudad.