El mozo estrechó los ojos.
– Aquí nadie es reformista ¿y usted?
Su reacción le dio a entender que había algo que debía ser reformado.
– Simplemente quiero saber cómo funcionan las cosas.
Él la miró como si le faltaran varios tornillos, pero se volvió a tocar el tricornio.
– Tengo que llevar a Hannibal al señor Greeves, señora.
Se subió con agilidad sobre la montura y se marchó acompañado del repiqueteo de los cascos. Entonces apareció otro hombre mucho más joven y más alto, con unos gruesos brazos que dejaban a la vista sus mangas arremangadas. La nariz de Cressida reaccionó, consciente de su masculinidad, como no le había pasado nunca antes. No era un hombre especialmente atractivo y ella no le atraía, ¡pero Dios mío, lo había sentido intensamente!
– ¿En qué la puedo ayudar, señorita? -preguntó con una pizca de impertinencia.
Aunque no había hecho ningún movimiento amenazante, Cressida quiso retroceder, pero enderezó la espalda.
– Tengo curiosidad por saber cómo funcionan unas caballerizas como éstas.
– Quienes tienen que saberlo lo saben, señorita.
– ¿Ha pensado qué pasaría en el mundo si todos tuvieran su actitud, señor? La curiosidad estimula la invención. ¡Crea riqueza y avance!
Los ojos de él se abrieron un poco al decir la palabra riqueza, Cressida se aprovechó de su posición. %
– Como sabe, sin duda la curiosidad de alguien condujo a la invención de -intentó pensar en algo relacionado con caballos- ¡las herraduras!
El levantó sus pobladas cejas.
– Eso fue hace mucho tiempo, señorita.
Parecía entretenido, y la sensación de amenaza disminuyó.
– Muy bien, dígame algo que haya mejorado recientemente.
– Los bocados. Y los muelles de los carruajes. Y he oído decir que el collar de los caballos hace años significó una transformación enorme. A los caballos no se les puede llevar con un yugo como a los bueyes.
– Fascinante -dijo Cressida y lo era-. Mi padre me dijo que los carruajes ahora son mucho más cómodos que cuando se marchó a la India el siglo pasado.
– ¿A la India? -Los ojos del joven se iluminaron-. Siempre he soñado con viajar.
– Entonces debería hacerlo. Puede encontrar un empleo acompañando a algún caballero que vaya a la India. Tal vez mi padre le podría ayudar…
Cressida se dio cuenta de que su entusiasmo la estaba metiendo en aguas peligrosas. El paso lógico era decirle el nombre y la dirección de su padre. Oh, vaya, no tenía manera de echarse atrás, y el joven la miraba con los ojos tan resplandecientes que ella deseó que pudiera tener una oportunidad de conocer mundo.
– Sir Arthur Mandeville, Otley Street número 22. En este momento mi padre no se encuentra bien, pero si me deja su nombre, veré si lo puedo poner en contacto con algún caballero apropiado.
El hombre se rascaba la barbilla con aspecto de estar un poco confundido.
– Bueno, no sé, señorita. Es un gran paso…
– Claro que lo es, y no tiene por qué darlo si no quiere. La India tiene un clima muy poco saludable para los ingleses, aunque mi padre prosperó mucho allí.
– Sir Arthur Mandeville -repitió el hombre para memorizar el nombre-. Otley Street, 22.
– ¿Y cómo se llama usted? Tengo que saber a quién dejo entrar en casa.
– Isaac Benson, señorita. ¿Quiere que le enseñe cómo es esto? Cressida no pretendía tanto, lo que era una prueba de que la virtud no siempre obtiene recompensa.
– Me encantaría, señor Benson.
Gracias a su curiosidad natural se quedó encantada de poder dar una vuelta por los establos y las cocheras, y conoció a un joven que estaba muy ocupado limpiando una cuadra. Era consciente de que se estaba entreteniendo sin ningún propósito real, a menos que descubriera algo sobre Miranda Coop. Como sospechaba, el lugar era como una cuadra de alquiler que albergaba los caballos de algunos residentes, otros de alquiler, y tres carruajes. Isaac Benson todo el tiempo le hablaba de caballeros.
– ¿Y no vienen damas? No he visto monturas de mujer.
– No nos las piden mucho, señorita Mandeville. Si lo hacen, hay una gran cuadra en King Street que nos las puede enviar. Algunas veces tenemos que hacer eso precisamente: conseguir algo de otro lado para nuestros clientes.
– Y las damas no viajan solas.
Cressida se preguntaba si Miranda Coop mantenía las apariencias. Seguramente sí.
– Bueno, depende. Hay una dama muy bella que vive en Tavistock que es independiente. Pide un carruaje y va donde quiera. Es una viuda. La señora Coop.
– Ah. -Pero si La Coop pedía uno de esos carruajes, ¿contaría el cochero adonde la había llevado? ¡Sin mencionar su atuendo! -Debe de sentirse muy segura con el cochero que le proporcione.
– Tiene el suyo propio, señorita. Un sirviente que hace de lacayo o de cochero si le hace falta. Al principio no me gustaba, pero el señor Jarvis conoce su oficio. -Se tocó el cabello-. Es mejor que siga con mi trabajo, señorita, pero puede mirar por ahí si le apetece.
Cressida le indicó que sí le gustaría, pero cuando salió de la sala de monturas, hizo un gesto con la cara. Estaba siendo una mañana más interesante de lo que esperaba, y aprender siempre era útil, aunque no estaba más cerca de recuperar la figurilla.
Se paseó por el almacén de alimentos y los establos, agradecida de que los enormes caballos estuvieran todos metidos en sus pesebres y encerrados por altos muros. Al final de la estancia se detuvo en la puerta abierta del patio. Desde ese punto había una buena vista de la parte de atrás de Tavistock Terrace. Los números de las casas estaban pintados en las puertas traseras, pero no le servía de nada. La estatuilla no estaba convenientemente colocada en el alféizar de la ventana del número 16. Y si lo hubiera estado ¿qué hubiera podido hacer? ¿Entrar subrepticiamente? No tenía suficiente valor para hacerlo.
Mientras observaba se abrió la puerta y salió un corpulento anciano con ropa de montar. Cressida dio un paso atrás para que no la viera.
– Buenos días, señor Jarvis -escuchó decir a Isaac Benson.
– Buenos días, Isaac. La señora Coop quiere la silla de viaje si está disponible. Si no lo está, necesita que le consigan alguna.
– Está libre, señor. ¿Cuándo la quiere?
– Lo antes posible.
– ¿Un par o dos? Tendré que hacer que traigan la segunda.
– Una es suficiente. Es sólo una excursión para ir a ver a un amigo en Saint Albans.
– Muy bien. ¡Jimmy! -Benson llamó al muchacho para que lo ayudara y se dirigió a la sala de carruajes. Jarvis se encaminó al establo.
Cressida casi se puso a correr, pero no podía salir antes de que él entrara, y no quería parecer que hacía algo de manera furtiva. Él entró y se detuvo. Después se tocó su alto sombrero y se la quedó mirando divertido. Ella se dio cuenta de que pensaba que era una amiguita de Benson. Sin embargo, no quiso aclararlo y le hizo una pequeña reverencia. Él le guiñó un ojo y pasó a ver los caballos.
Cressida se estrujó el cerebro pensando qué le podía preguntar para sonsacarle información.
– Tengo una tía en Saint Albans -mintió.
– ¿A sí, guapa? Si quieres que te llevemos allí, olvídalo. Mi señora no lo consideraría siquiera.
– ¡No, no quiero! Simplemente charlaba. -Cressida se escuchó a sí misma escapando de una conversación como hacía Sally y le hizo mucha gracia.
– ¿No tienes nada que hacer?
– Hoy no. Mi señora ha salido.
– Tienes suerte -dijo él y se volvió a examinar los caballos. -El señor Benson dice que usted conduce el carruaje de su señora.
Entró en un establo para inspeccionar un gran caballo color marrón.
– El señor Benson no debería hacer comentarios. Cressida rezó para no estar metiendo al joven en un problema. -Me lo ha dicho porque le admira, señor, porque es capaz de hacer tantas cosas.
– Es muy cierto. Anteanoche fui asaltado por un salteador de caminos. Tenía mi pistola y me lo pude cargar, o dejarle una marca. Cressida no tuvo que fingir sorpresa.