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– ¡No sería Le Corbeau!

– El mismo. -Se la quedó mirando-. ¿No serás otra cabeza hueca admiradora de ese granuja?

– No, pero es emocionante.

¿Qué clase de giro loco era ése? ¿Miranda Coop fue asaltada por el verdadero Le Corbeau mientras volvía a su casa después de la orgía?

– Pensaba que estaba detenido -dijo.

– Aparentemente se equivocaron de hombre. -Salió de un establo y entró en otro-. Pero para su rabia no consiguió demasiado. Mi señora sólo llevaba una estatuilla que le habían regalado.

Cressida agradeció al cielo que estuviera examinando los cascos del caballo y no la estuviera mirando.

– Seguro que no se la llevó.

– Dijo que le hubiera estropeado la reputación no llevarse nada.

Benson entró entonces y se sorprendió de que Cressida todavía estuviera allí.

– Lo siento, señor Jarvis…

– No importa. Su amiga es una muchacha encantadora. Me llevaré éste y aquel -dijo señalando los caballos-. Le estaba contando que nos asaltó el Cuervo.

Benson miró a Cressida desconcertado, pero no le explicó a Jarvis que se equivocaba.

– Al menos no corre peligro de que aparezca durante el día, señor Jarvis.

– Muy cierto.

Jarvis se dirigió al carruaje y dejó a Benson para que se encargara de los caballos. Enseguida llegó el joven Jimmy para ayudar. Benson la miró interrogante.

– Lo siento. Supuso que yo era una doncella que había venido de visita, y no pude evitar seguirle el juego. Él movió la cabeza. -Es usted muy traviesa.

– En realidad no. Normalmente soy un ejemplo de corrección. Le dejaré trabajar ahora. Si desea hacer un viaje, por favor, acepte mi oferta.

– Aprecio su amabilidad, señorita Mandeville.

Cressida fue hasta la puerta, pero se detuvo un momento.

– ¿Es verdad que la señora Coop fue asaltada por Le Corbeau?

– A menos que Jarvis esté contando un cuento.

– Y sólo perdió una pequeña estatuilla.

– Sí, pero por algo que dijo, parece que ella se enfadó mucho.

«No me sorprende», pensó Cressida mientras cruzaba las caballerizas y se dirigía a calles más amplias sin dejar de pensar. La Coop estaba usando la estatuilla que ya no tenía para obligar a Saint Raven a que la acompañara a una orgía. Tendría que estar desesperada por recuperarla. Y estaba yendo a Saint Albans a esas horas. Una prostituta que desconocía lo que eran las horas del día. ¿Sabía Miranda Coop dónde estaba la guarida de Le Corbeau?

Cressida se detuvo en la calle, respiró hondo, e intentó decidir qué hacer. Podía volver a caminar por Tavistock Terrace, pero no iba a servir de nada. Tenía que seguir a Miranda Coop, pero no podía desaparecer sin más. Debía decírselo a Saint Raven. Aunque, ¿cuál sería la manera más rápida…? En ese momento no miraba a nada en especial, pero de pronto sus ojos se centraron en algo. ¿Estaba soñando o era él el hombre que caminaba por el otro lado de la calle con su traje de mozo de cuadra?

¡Era! E iba con el señor Lyne vestido de manera similar. Iban a cruzar la calle para dirigirse a Tavistock Terrace. Tuvo que contenerse para no llamarlos con un grito, pero se puso a caminar a toda prisa para interceptarlos. Tris, en cuanto llegó a la esquina, se volvió y la vio.

Cressida creyó ver que él contenía el aliento igual que hacía ella.

– ¡Cressida…!

– No tiene la estatuilla.

– ¿Qué? -preguntó Tris como si esa frase le hubiera golpeado en la cabeza.

– Miranda Coop no tiene la figura -repitió mirando a su alrededor para comprobar que no hubiera nadie observando ese extraño encuentro.

– No te preocupes. -El señor Lyne parecía estar entretenido-. Estoy vigilando. Cuenta tu historia.

– Sí -dijo Tris-, dinos qué diablos has estado haciendo. -Cuide su lenguaje, señor.

– Soy un rudo mozo de cuadra. De los que no saben decir nada mejor. Suéltalo.

Cressida lo miró, pero no era un buen momento para discutir.

– Miranda Coop fue asaltada cuando volvía de casa de Crofton, y Le Corbeau le robó la estatuilla. Le ha pedido a su cochero que la lleve a Saint Albans, y tiene que ser para intentar recuperar la estatuilla.

– No tiene que ser, sino que es una posibilidad. ¿Cómo lo descubriste?

– Estaba en las caballerizas cuando llegó su sirviente para organizado todo.

– ¿En las caballerizas…? -Se asustó-. ¿No te ha visto nadie?

– Claro que sí. Estuve hablando con ellos. Así…

– Entonces salgamos de aquí. En cuanto ese cochero llegue a U calle te verán.

– ¿Y eso qué importa?

– Pues que te verán hablando con dos personajes de mala reputación -dijo Lyne.

– ¡Oh! -exclamó ella mirando a su alrededor-. ¿Qué vamos a hacer?

– Tú no vas a hacer nada. -Tris hizo que se volviera hacia la calle-. Vas a irte a tu casa y te comportarás como una dama. Cressida se volvió hacia él.

– ¡Sólo cuando tú te vayas a tu casa y te comportes como un duque!

Ella sintió cómo su amigo contenía la risa.

– ¿Por qué no nos salimos todos de la primera línea de fuego? Aquí no tenemos nada que hacer.

– Muy bien.

Tris cogió a Cressida del brazo para alejarla de Tavistock Terrace. Entonces escucharon el sonido de los cascos de los caballos. Él se giró para ponerse delante de Cressida, y su amigo se puso a su lado formando una sólida barrera. Con el corazón en la boca, Cressida se desató el sombrero, que era demasiado visible, y se lo sacó.

No le gustaba nada no poder ver más que su ancha espalda. Su ancha espalda… Y sabía cómo era sin ropa. Su cuerpo se ablandó al recordar su aspecto desnudo, y deslizó una mano dentro de la chaqueta de él hasta llegar a la tosca camisa que cubría su hermosa espalda.

– Deja de hacer eso.

Ella tuvo que controlarse para no reírse, y dejó de hacerlo; pero sólo literalmente, pues mantuvo la mano donde estaba y algo mágico se dibujó en ese cálido contacto mientras el ruido de los cascos y el traqueteo de las ruedas se alejaba hacia Tavistock Terrace para recoger a Miranda Coop.

En cuanto él se volvió, ella escondió la mano.

– ¿Qué vamos a hacer?

Él parecía enfadado, o algo así.

– Tú te irás a casa y yo me voy a buscar a Le Corbeau.

– Está en Saint Albans.

– ¿Cómo puede Miranda saber dónde está? Seguramente vaya a ver alguien que podría saberlo, pero yo ya tengo un par de ideas.

– Por otro lado -dijo Lyne-, estaría bien seguirla por si nos lleva a algo que nos interese. Puedo conseguir un caballo.

– Buena idea.

Lyne se alejó a grandes pasos, y Cressida empezó a hacer preguntas.

– ¿Qué hacíais aquí? -Pero entonces lo adivinó-. ¡Ibais a intentar entrar en la casa a robar la estatuilla?

– Cierto -dijo él.

– ¡Estás loco! Pensaba que había prometido dártela si la acompañabas.

– No me gusta que me obliguen. ¿Y qué estabas haciendo tú exactamente fisgando en las caballerizas?

– No estaba fisgando. No pude evitar venir a ver la casa. Por si había algo…

Él cerró y abrió los ojos.

– Eres la señorita Mandeville de Matlock ¿recuerdas? La que siempre se comporta de manera impecable.

– Sí, desaliñada y desagradecida excelencia.

Él movió la cabeza pero se rió.

– Muy bien. Tu desaconsejable aventura ha sido fructífera, pero por favor, no vuelvas a hacer nada igual. No soportaría que te hicieran daño.

Los labios de ella temblaron.

– No he corrido ningún peligro.

– ¿Cómo lo sabes? Vete a casa, amor, y déjame el resto a mí.

«Amor.»

La palabra minó su espíritu de lucha dejando tan sólo tristeza. Se dispuso a despedirse, pero de pronto se rebeló.