– No quiero irme a casa. Quiero formar parte de todo esto.
– ¿Cómo? Y, perdóname, pero ¿en qué nos podrías servir?
Nuevamente el ruido de cascos y de traqueteo de ruedas hizo que se pusieran alerta.
– ¡Demonios!
Le quitó el sombrero de la mano y lo dejó caer en una escalera próxima, y después la abrazó. La empujó contra la barandilla como si la estuviera besando. Desgraciadamente no lo hacía.
– Podríamos hacerlo -murmuró ella.
– Necesito mantener la cordura.
Ella le besó su marcada mandíbula.
– Pero la locura es tan atractiva.
– Sólo si aspiras a ir a Bedlam.
– Sería el cielo si también estuvieras tú…
La apartó de él.
– ¡Cressida! Se supone que la mujer ha de ser fuerte por los dos.
El carruaje pasó.
– Qué injusto. Y si fuera verdad, deberíamos estar gobernando el mundo, no a los hombres. -Ella leyó en sus ojos-. No quieres separarte de mí, igual que yo.
– Claro que no, pero aún así soy un hombre frágil, e intento ser lo suficientemente fuerte por los dos.
Ella le puso una mano en el hombro.
– Lo sé. Tenemos que ser sensatos y lo seré, lo prometo. Pero sólo cuando recupere las joyas. Hasta entonces, quiero ser una criatura salvaje un poco más.
Cressida le tocó la mejilla. Estaba áspera. No se había afeitado por su disfraz.
– Llévame contigo a cazar al Cuervo, Tris. ¡No soportaría quedarme en casa esperando! Tris le cogió la mano.
– ¿Cómo? ¿Cómo podrías volverte a ir sin que pasase nada?
No había dicho que no, y de pronto Cressida lo vio todo claro.
– Le diré a mi madre una parte de la verdad. Le explicaré que conozco una manera de recuperar nuestra fortuna, pero que es necesario que me vaya sin dama de compañía durante unos días. Tendrá que confiar en que haré lo correcto.
– ¿Lo permitirá?
– Está muy realista desde que ha recuperado la sensatez. Sabe que nos enfrentamos a un desastre.
– Esto nos puede llevar al desastre.
– Sólo si nosotros… No creo que… -Le faltaban las palabras.
Él volvió la cabeza y le besó la palma de la mano.
– Piensas que tengo una fuerza hercúlea.
– Sí, lo creo. ¿Será una tortura insoportable? Tris se apartó.
– Maldita mujer. Sabes que no te puedo negar nada cuando me miras de esa manera. Cressida parpadeó.
– ¿No puedes?
Tris hizo que se acercara y le dio un breve beso.
– No puedo.
La soltó y bajó las estrechas escaleras para recoger el sombrero, entonces regresó y se lo puso en la cabeza.
– Vete a casa -le dijo mientras le ataba los lazos-. Si puedes venir sin que ocurra un desastre, nos veremos en la esquina de Rathbury y Hays. No queda lejos de tu casa, pero en ese lugar es muy improbable que te vea nadie de clase alta. Iré conduciendo mi cabriolé.
Cressida le ofreció a conciencia una gran y brillante sonrisa.
– ¡Gracias!
– Agradécemelo cuando estés tranquila en tu casa en Matlock. Vamos. Tenemos que adelantarnos a Miranda. Se dio la vuelta y se alejó.
CAPÍTULO 22
Cressida se quedó mirándolo un momento complacida, después partió a toda prisa en dirección contraria, llena de emoción. Esta aventura era una locura perversa que podría hacer aún más deprimente el resto de su vida, pero no podía dejarla pasar.
En realidad, pensó, mientras entraba en Otley Street, tenía pervertido el corazón. Si no fuera por sus padres, si estuviera sola en el mundo, se convertiría en la querida abiertamente reconocida del duque de Saint Raven, ¡y al infierno con el decoro y el sufrimiento!
Sin embargo, cuando llegó a su casa, las cuestiones prácticas la abrumaron. ¿Cómo iba a hacerlo? Odiaba mentir. Antes lo odiaba, pero ir a ver a Crofton había sido esencial. Esta excursión podría ser para darse el gusto de hacer una travesura. Necesitaba tiempo para pensar, y no lo tenía. Pero debía ir a buscar esa estatuilla. Tris podría abrirla, o tal vez tuvieran la oportunidad de cambiarla. Estaba en el estudio recogiendo la figurilla cuando entró su madre.
– Ah, creía que todavía estabas fuera, querida. He pensado que podría ser bueno para tu padre que le lea. ¿Qué libro le podría interesar?
– Buena idea, mamá -dijo Cressida sintiendo que llevaba inscrita la culpa por todas partes, y sacó el libro sobre Arabia. -Pruebe con éste. Su madre lo cogió, pero suspiró.
– Si se recupera se encontrará con todo el peso del desastre.
Cressida se pasó la lengua por los labios.
– En cuanto a eso, mamá… Puede haber una solución.
¿Qué?
Cressida presionó con el dedo gordo un punto de la parte trasera de la figura, y ésta se abrió suavemente.
– Hay otra figura igual a ésta, mamá, pero está llena de joyas.
Su madre la miró con atención.
– Pero… ¡todas las demás están en Stokeley? ¡Ay, qué rabia que ese hombre tenga aún más riquezas!
– Pero he sabido que no las tiene.
– ¿Qué más decir? Pero entonces Cressida se dio cuenta de que estaba tratando a su madre como si fuera una niña-. Lord Crofton le entregó la estatuilla con las joyas a alguien, y después el salteador de caminos, Le Corbeau, se la robó. Una persona que conozco está dispuesta a ayudarme a intentar recuperarla. Tengo que hacerlo, mamá.
Su madre la miraba fijamente.
– ¿Cómo sabes todo eso?
Cressida sintió que la cara le ardía.
– No te lo puedo contar.
– ¿Estuviste con Cecilia todos estos días?
Cressida se atragantó.
– No.
– ¡Cressida!
– Por favor, mamá, no pienses de mí lo peor. Papá me enseñó esas joyas en Stokeley Manor, y he intentado recuperarlas. Tenemos que hacerlo si pretendemos vivir de algo. Podremos regresar a Matlock, volver a nuestra cómoda vida allí…
Sintió que el futuro serpenteaba delante de ella obligándola a hacer muchas cosas, pero apartó ese pensamiento.
– Dios mío. Qué ciega he estado ante tantos tejemanejes. ¿Y crees que puedes encontrar esas joyas?
Cressida expresó más seguridad de la que tenía.
¡Sí!
– ¿Quién es esa persona? ¿Es… un hombre? Quiso mentirle pero no pudo.
– Sí, pero no ocurrirá nada incorrecto.
Al hablar en tiempo futuro, decía la verdad, aunque no había sido demasiado decoroso haber acariciado la espalda de un hombre en una calle pública, y haberlo besado.
– ¿Un joven?
– Sí, mamá.
– ¿Estás segura de que puedes confiar en él, querida? Los hombres pueden saltarse las buenas maneras con mucha facilidad si una dama no se comporta con absoluta propiedad.
Cressida sintió que una risa salvaje podría atragantarla.
– Seré lo bastante fuerte por los dos, mamá. Por favor. ¿Confías en que puedo arreglar esto?
Su madre se mordió un labio, se acercó a ella y le cogió las manos.
– Me recuerdas mucho a tu padre, querida. Confiesa que en parte lo haces para vivir una aventura ¿no es así?
– Sí.
– ¿Y te contentarás con regresar a Matlock cuanto esto acabe? Cressida suspiró y se puso a mirar el muro de libros. -No creo que tenga posibilidades más emocionantes. Su madre le acarició la mejilla.
– Soy una mujer convencional, pero por un momento he sospechado que tú no. Le di libertad a tu padre. Hubiera vuelto a Inglaterra con nosotras, pero yo sabía que no era su lugar. Me amaba, pero aún amaba más sus aventuras, así que le di libertad. Ahora te la doy a ti también. Vive tu aventura, Cressida, pero que sepas que siempre tendrás un hogar al que regresar. Mañana o dentro de veinte años.
Cressida miró a su madre con los ojos empañados de lágrimas, comprendiéndola, aunque no del todo. Ahora, sin embargo, sentía que tenía que contarle más.
– Es el duque de Saint Raven, mamá. Mi amigo. Nos conocimos… accidentalmente. Para él es una diversión. Una investigación. Pero…