– Te has enamorado de él. No me sorprende nada. -Su madre suspiró-. Pobre Cressy. Parece que has sacado los rasgos más peligrosos del carácter de tus padres. Mi corazón tierno y el espíritu audaz de tu padre. El duque es muy guapo.
– No lo amo por eso.
– No, claro que no. Si te lo pide, ¿te convertirás en su querida?
Esa pregunta tan directa dejó las cosas claras.
– No. A la larga no sería justo para nosotros, y las heridas durarían toda la vida. Y como se tiene que casar, cosa que para él tiene que ser muy duro… -Suspiró profundamente-. Si voy a ir tengo que partir ahora. ¡Gracias!
– Recuerda que yo siempre estaré aquí, esperando el regreso de los trotamundos. Así por lo menos me podré ocupar de las pequeñas heridas. Un poco de ungüento de albahaca, leche caliente relajante…
Cressida le dio un fuerte abrazo a su madre, y después corrió al piso de arriba a recoger un poco de ropa para cambiarse y sus cosas de aseo. ¿Cómo llevar todo eso? Se vería extraño que saliese a la calle llevando una maleta. Así que sacó la sombrerera de su sombrero alto y metió allí sus cosas junto con la estatuilla. De todos modos no se iba a poner ese sombrero, sino uno pequeño de sus tiempos en Matlock. ¿Todavía la podían reconocer? Volarían las murmuraciones si alguien viera a la señorita Mandeville fuera de la ciudad con el duque de Saint Raven.
No debía ir. Pero no podía perder esa oportunidad.
Miró el reloj y cogió el delgado velo azul de Roxelana. Se lo ató por encima del ala del sombreo y se lo pasó por delante de la cara. Las damas algunas veces se ponían velos cuando tenían que ir en carruajes abiertos. Sin embargo, todo se volvió azul y borroso, y le costaba mucho ver. Eso le hizo recordar algo. Se subió el velo, pero se puso anteojos. Nunca se los había puesto en Londres en público, así que sería como llevar otro disfraz.
Después de echar una última mirada a su alrededor, recogió la sombrerera, corrió por las escaleras, y salió de la casa. Sabía que pasara lo que pasara, su vida ya no volvería a ser la misma.
Cressida se obligó a caminar muy rápido para llegar al lugar de su encuentro, rezando para no encontrarse con nadie que conociera; y especialmente porque nadie la retrasase por tener ganas de charlar.
Dobló por la calle Hays y lo vio. Bueno vio su espalda y su espléndido cabriolé. Ella vaciló un segundo y después corrió hacia él. Sus suaves botines no hacían ruido y él se sobresaltó cuando le dijo:
– Aquí estoy.
Debió de dar un tirón brusco a las riendas, pues sus caballos se pusieron nerviosos y le costó calmarlos. Después le extendió su mano enguantada para ayudarla a subirse al asiento.
Ella no sabía si se sentía sorprendida, halagada o reacia.
– ¿Una sombrerera? -le preguntó.
– Pensé que tendría que traer algunas cosas. Entre otras, la estatuilla. Tendremos que intercambiarlas.
– Ah, bien pensado. ¿Lista?
¡No lo sé! Cressida se bajó el velo y sintió alivio al poder esconder sus expresiones.
– Lista -dijo.
Hizo un movimiento fuerte con su larga fusta por encima de los caballos y se pusieron en movimiento. Mientras giraban hacia una calle más amplia, ella quiso decir algo desesperadamente.
– Sé que debería hacer algún comentario de admiración por tus caballos, pero lo único que me sale es decir que parecen buenos.
– Sí, lo son.
Creyó ver una insinuación de sonrisa en él, pero con el velo no estaba segura. Aprovechó para mirarlo cuando los detuvo un enorme carro cargado de fardos de algo que circulaba a la velocidad de los transeúntes y que ocupaba casi toda la calle. Los vehículos que ocasionalmente pasaban por el otro lado les impedían adelantarlo, y ella sintió que quería ponerse a gritar. No tenían demasiada prisa, supuso, pero no soportaba perder el tiempo. Entonces él le dijo:
– Agárrate.
Cressida se dio cuenta un poco tarde de que era una afirmación literal, y tuvo que sujetarse como pudo a la baranda, pues el cabriolé adelantó al carro a toda velocidad en cuanto se abrió un pequeño hueco en el tráfico. Una vez que lo adelantaron, vio que el camino por delante estaba despejado, y pasaron como un torbellino junto a la gente y los edificios.
– ¿Vas bien?
Cressida no despegaba la vista de los edificios que aparecían fugazmente a su lado.
– ¿Podemos ir un poco más lento? -preguntó extrañada.
– Vamos -dijo él rodeando un agujero del camino con alarmante despreocupación-. ¿Ésta es mi intrépida Roxelana?
– No, ésta es tu aterrorizada señorita Mandeville de Matlock, ¡que no quiere morir todavía!
– No te pasará nada. Confía en mí.
Confiar, confiar. Obligó a sus dedos a soltar la barra. Entonces él añadió:
– No he volcado desde hace seis años.
– ¿Volcar? -chilló y se volvió a sujetar.
– Cuando era joven y loco, y hacía carreras con Uffham.
– ¿Uffham? -Hablar era una distracción, y ella rezó para que no se distrajese.
– El heredero del duque de Arran. Una especie de hermano adoptivo.
– Oh, sí. -Recordó que había casi tanta excitación entre las jóvenes aspirantes por lord Uffham como por Saint Raven-. ¿Conoces a alguien que no tenga una familia ducal?
– No seas ridícula. ¿Te sientes mejor?
Cressida se dio cuenta de que estaba un poco mejor y dejó de apretar con tanta fuerza la barra de hierro, aunque no la soltó del todo.
– Es una manera muy imprudente de viajar.
– Es la mejor manera de viajar si hace buen tiempo. También es la más rápida.
– Es a lo que me refiero.
– Tenemos que ir rápido para adelantarnos a La Coop. ¿Y por qué vas tapada como una plañidera?
– Por si alguien que conozco me ve. Así no me reconocerá. No podrán saber que voy contigo.
Su cerebro debía ir volando con el viento por la velocidad que llevaban.
– Ah. Ideas rápidas, como siempre. De todos modos, ya te lo puedes quitar. Estamos pasando entre viveros y no hay vehículos a la vista. No hay nadie de la alta sociedad paseándose por aquí.
Cressida se levantó el velo como pudo con una mano. Todavía no se sentía segura como para soltar la baranda. Ver mejor, así como la relajada confianza de Tris, calmó sus nervios.
Él, al fin y al cabo, no estaba sujeto a nada salvo a las riendas, que no impedirían que se cayese. En cambio se adaptaba a los movimientos del cabriolé con una pierna apoyada en el tablero que tenía delante. Desgraciadamente, los pies de ella no llegaban hasta allí.
Cressida dejó de sujetarse e intentó seguir el balanceo del carruaje. El camino era bastante llano, pues se conservaba en buenas condiciones gracias a los peajes. Aunque pasaban a gran velocidad junto a la gente que iba en burro y plácidos jamelgos, el ligero vehículo no la lanzaba hacia afuera, y ya casi estaba comenzando a disfrutarlo.
Pero entonces él le dijo:
– Un carruaje por delante. Correo o transporte público, y viene por este camino.
Cressida se bajó el velo, y en un instante pasó el carruaje que se dirigía a Londres envuelto en una nube de polvo. Menos mal que iban muy rápido, porque el carruaje rodaba lenta y ruidosamente por su vía.
– Vas mejor aquí que viajando en la parte de afuera de un coche como ése -dijo Tris.
– No lo dudo. -Siempre había pensado que viajar en la parte de afuera era incómodo y peligroso. La señorita Mandeville nunca se había planteado tal posibilidad, pero si no conseguía las joyas, podía terminar viajando de esa manera. Un gran miedo mezclado con tensión contenida hicieron que le entraran ganas de echarse a llorar. Pero fijó su mente en su objetivo. Iban a conseguir las joyas y eso resolvería la mayoría de sus problemas. Ella y sus padres podrían vivir decente y dignamente. Y nunca más tendría que viajar en cabriolé.
Sabía que eso significaba que no podría volver a viajar con Tris Tregallows, pero eso ya era una vieja herida.