– ¿Cuál es nuestro plan? ¿Adónde vamos?
– A Hatfield, donde vive un tal Jean-Marie Bourreau, que fue arrestado por error, al ser confundido con Le Corbeau.
– Ah, claro. ¡Qué listo! Pero ¿seguirá allí?
– Como se demostró que era inocente, espero que se haya quedado. Cualquier otra cosa podría hacerlo aparecer como sospechoso. Además, allí tiene alojamiento y empleo.
– ¿Empleo?
– Hace retratos a pastel, y es bastante bueno.
Eso sorprendió a Cressida pues era algo muy peculiar.
– ¿Un artista? ¿Estás seguro de que es Le Corbeau?
– ¿La capacidad artística garantiza la virtud?
Una barrera de peaje bloqueaba el camino más adelante, y Tris disminuyó la velocidad para darle una moneda al encargado, cuyo hijo enseguida corrió a abrir la gran puerta. En unos segundos Cressida volvió a sentir la presión de la velocidad, y Tris centró toda su atención en el camino.
– Entonces está en Hatfield -dijo ella para concentrarse en eso y no en la velocidad-. Y tiene la estatuilla. ¿No había dicho que tenía una granja?
– Pero sabe que su tapadera ha sido descubierta. Antes de irnos de Nuns Chase revisé el lugar. Se había llevado todas sus posesiones de valor.
– Así que si tiene la estatuilla, es muy probable que la guarde con él en Hatfield.
– Eso es lo que espero. Si ha encontrado un nuevo escondrijo, haré que confiese dónde está.
– ¿Y cómo lo harás sin hacerle ver que es muy importante? Tris le lanzó una mirada.
– Descubriré la manera. ¿Realmente piensas que soy tan loco como para olvidar la necesidad de ser discreto?
¿Las palabras desconsideradas de Cressida lo habían herido?
– No, claro que no. Eres muy sensato. Es que estoy preocupada.
– Confía en mí, Cressida. Ésta es la última etapa. Pronto tendremos tus joyas.
La última etapa. No lo podía acusar de edulcorar las cosas.
– ¿Cómo haremos que nos la dé sin que se de cuenta de su verdadero valor? -Después de un rato ella misma se respondió-: Tal vez yo pueda ocuparme de eso. No parece que vaya a estar muy dispuesto a complacerte.
– Estoy dispuesto a romperle la cabeza si es necesario, aunque cuanto menos alboroto mejor.
Disminuyeron la velocidad para atravesar una pequeña aldea llamada Finchley. Y como él ya no dijo nada más, los labios de Cressida se movieron nerviosamente.
– ¿No tienes algún plan menos violento?
Ella se dio cuenta de que él le empezaba a seguir la corriente.
– Robarla puede seguir siendo una posibilidad.
– A menos que nos cojan.
– Soy duque.
– Pero eso no te hace inmune a que te detengan.
– Pero lo hace improbable. Es injusto, lo sé, pero tienen que haber algunas compensaciones. Vive en una posada llamada Cockleshell. Podemos coger habitaciones y tomar la iniciativa.
Ella sólo registró una palabra.
– ¿Habitaciones?
– Habitaciones. -Tris disminuyó el paso y la miró-. No podemos hacer como si estuviéramos casados, Cressida, aunque usemos un nombre falso. Hay muchas posibilidades de que me pueda ver alguien que me conozca. Y de todos modos, ese traje y ese sombrerito que llevas son de alguien sin recursos. Quedaría como si yo fuera un rico marido muy bien vestido y con un buen vehículo que lleva a su esposa vestida de sirvienta.
– Pensé que así no llamaría la atención -murmuró, sin decirle que era la ropa que usaba habitualmente en Matlock. También podía defenderse diciendo que el vestido estaba hecho de una tela muy duradera, y que además lo habían cosido muy bien, pero no venía al caso.
– Un penique por tus pensamientos.
Cressida se puso alerta.
– Estoy todo el rato atenta a no caerme de este ridículo vehículo.
– Ahora, voy más lento.
– Pues todavía vamos demasiado rápido.
– Sé valiente y fuerte. Estabas muy lejos, ¿verdad? ¿Te preocupa la noche? Puedes confiar en mí.
– Eso es lo que temo -dijo antes de pensarlo.
– Que te lleve el diablo, Cressida. Me vas a volver loco. No podemos. Es demasiado peligroso y no facilitará las cosas.
La inevitable separación.
– Sin duda estaremos demasiado ocupados por la noche. Intercambiando las figuras -añadió por si no quedaba claro.
– Sí -dijo Tris, pero los caballos rompieron el paso como si les hubiera hecho una señal contradictoria.
Ella se divirtió con eso. El noble duque de Saint Raven quería otra noche más, tal vez tanto como ella. Y lo mejor de todo, pensaba que él quería algo más que su cuerpo. Y eso la hacía sentirse sombríamente cómoda.
Siguieron un rato en silencio, y gracias a la velocidad menos suicida que llevaban ahora, ella pudo pensar con mayor claridad. Advirtió que aunque fueran a paso lento, adelantaron a tres carruajes muy inferiores que avanzaban pesadamente hacia el norte por ese ajetreado camino. Una vez más, agradeció llevar el velo.
– Tal vez -dijo Cressida- deberíamos llegar por separado.
– ¿Por qué?
– Evitaría cualquier posibilidad de que nos relacionaran y se produjese un escándalo, y nos permitiría tener más opciones… -Antes de que él la interrumpiera, añadió-: La siguiente parte del camino la puedo hacer en el transporte público que va a Hatfield. Parece que pasa muy a menudo.
– ¡Imposible! No puedes terminar el viaje viajando a la intemperie.
– Si no me sale bien esta aventura, ¡terminaré viajando así el resto de mi vida!
Tris detuvo los caballos y se quedó mirándola. -No vamos a fallar.
– Porque puedes modelar el destino a tu elección.
– Por lo menos sabré cómo llevar esto. Estamos tratando con un insignificante delincuente extranjero que no sabe lo que tiene. No hace falta que te arriesgues.
– Aunque en esta historia nada parece normal, ¿lo recuerdas? – Como él no estuvo en desacuerdo, dijo-: No me puedes dar órdenes. Mi plan tiene más sentido.
– ¿Ah, sí? ¿Y en qué se diferencia salvo en que viajarás incómoda?
– ¿Llamas comodidad a ir a toda velocidad en esta cosa?
Cressida pensaba que Tris no podía tensar más la mandíbula, pero lo hizo.
– El plan, Cressida.
Ella se contuvo de replicar otra cosa.
– Cuando llegues solicitas reunirte con Bourreau. Yo llegaré por separado y rebuscaré en sus habitaciones mientras él esté contigo.
– Imposible. En cuanto entres en su habitación ya estarás cometiendo un delito.
– Seguro que mi señor duque me podrá sacar de la cárcel.
– ¡Si me vuelves a llamar «mi señor duque» te dejo aquí mismo!
La desesperada violencia de sus palabras la dejaron muda. Se subió el velo para poder mirarlo con mayor claridad.
– Lo siento, pero me estás intimidando. No me educaron para ser la que le pone las bridas al macho. Tus opiniones no son mi ley.
– Entonces intentaré casarme contigo para oírte prometer que me obedecerás.
– ¡Un argumento fundamental contra el matrimonio!
Estaba moviéndose muy cerca de una barrera imposible, pero Cressida vio en sus ojos que él lo sabía, además de un montón de otras cosas dolorosas.
– Puedes distraer tú a Bourreau -dijo Tris-, mientras yo busco en las habitaciones.
– ¿Y cómo quieres que haga eso si voy vestida como una sirvienta?
Tris movió las cejas.
– ¿Te has ofendido? Por el amor de Dios, Cressida, no puedes negar…
– Este vestido forma parte de mi ropa de diario en Matlock, señor, y me gusta.
– Entonces espero que lo disfrutes. Pero… -añadió relajando la expresión-, para mí no eres menos atractiva vestida así.
– No creo que lo sea… Pero ¡no seas sinvergüenza cambiando de tema de esa manera! No te puedo garantizar que pueda distraer a Bourreau el tiempo suficiente. Tú sí, y yo entraré en las habitaciones. Se me ha ocurrido una historia.
¿Qué?