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Cressida lo escuchó suspirar incrédulo.

– Soy una amante abandonada que viene a rogarle que regrese conmigo. Eso me da un excelente motivo para hurgar en sus habitaciones, y no es probable que me metan en la cárcel por eso.

Él pareció enfadarse por lo razonable que era la idea.

– No si te pillan con las manos en la masa.

– ¿Y cómo podrían hacerlo? Tengo una estatuilla igual a la suya en mi sombrerera. Necesito un momento para intercambiarlas, y sólo un minuto más para sacar las joyas de una de ellas.

– Maldición, Cressida. ¡No me gusta!

– A mí tampoco si vuelves a decir tacos delante de mí.

– Escucharás cosas peores antes de que todo esto acabe.

Cressida contuvo la risa y tocó su tensa mano enguantada.

– No es un plan tan extraño, Tris. Viajar a la intemperie unas cuantas millas y después fisgar en las habitaciones de un hombre.

Las cejas levantadas de Tris eran suficiente comentario.

– Por lo menos no es tan extravagante para los simples mortales, mi señor duque.

– Arpía.

– Con alas y garras.

– La prueba es que haces que sangre. -Volvió su mano para coger la de ella-. Cressida, tengo que mantenerte a salvo.

Ay, eso le rompía el corazón.

– En realidad el riesgo no es tan grande en relación a las ventajas. Especialmente una. Piensa. No nos podrán relacionar. Incluso si nos encontramos con alguien que conozcamos, no habrá ninguna conexión y evitaremos un escándalo.

Puso en palabras lo que todavía no había dicho.

– Después de lo de Stokeley, no nos podemos permitir ninguna situación escandalosa.

Él acarició su mano con el dedo pulgar.

– Me casaría contigo, Cressida, pero eso sólo empeoraría las cosas.

Ella sabía a qué se refería.

– Me pondría en el foco de atención de las miradas de todo el mundo, y cualquiera que sumara dos más dos se daría cuenta de que yo era la hurí que llevaste a Stokeley. Y Crofton podría darse cuenta de la relación que había entre Le Corbeau y tú…

– Eso no importa. Podríamos controlar el escándalo…

– ¡No! No, no quiero eso, Tris. De verdad que no. Es difícil ser el centro de atención de los comentarios de la gente, pero ¿escuchar cosas desagradables toda la vida? ¡No, no, no! -Enseguida se controló-. Pero de todos modos seguiremos adelante con esto. ¿Verdad? Ambos sabemos que no estoy hecha para ser una duquesa, así que no tenemos ningún futuro. Esto es una locura fugaz. Cuando acabe todo nos olvidaremos el uno al otro a medida que pasen los días.

– Sin duda tienes razón -dijo arrastrando las palabras de una manera tan artificial como los rizos de la melena de ella-. Y como las cosas son así, tu plan tiene cierto mérito. Pero Bourreau puede tener la estatuilla escondida, junto a cualquier otro botín que posea.

Ella apartó su mano de la de él.

– Entonces tendrás que intentar distraerlo un buen rato para que yo pueda rebuscar. ¿Sabemos si tiene sirvientes?

– Dudo que tenga servicio personal en la posada, aunque cuando actúa como Le Corbeau tiene cómplices. Es demasiado peligroso…

– No, no lo es. Siempre que los cómplices no estén en sus habitaciones. Y si aparecen, tengo preparada mi historia.

– ¿Y qué pasará cuando declare que nunca antes te había visto?

Ella levantó las cejas.

– Bueno, podría, pero ¿le creerán? -Cressida…

– Me tienes que dejar hacerlo, Tris. Es el único plan racional. Por el amor de Dios, casi acabo haciendo de prostituta para recuperar las joyas. Arriesgarme a que me encarcelen me parece un mal menor.

Tris nuevamente tensó la mandíbula.

– Bueno, pararemos en Barnet para preguntar si hay algún vehículo que vaya al norte dentro de poco. No nos podemos retrasar demasiado. No nos interesa que Miranda se nos adelante.

– Puedes ir por delante para verificarlo.

– ¿Y dejarte sin compañía?

A Cressida se le escapó una risa.

– ¿Vas a ir con este vehículo ridículamente caro junto al carruaje público para protegerme? Tris se agarró la barbilla.

– ¿Te parece gracioso? Te he sacado de tu casa, Cressida Mandeville. Soy responsable de tu seguridad. ¿Cómo quieres que me despida de ti, te deje en un transporte público y te saque de mi mente?

Ella movió su mano enguantada.

– ¿Alguna vez has viajado en transporte público, Tris?

– No me desprecies por mi vida lujosa.

– No lo hago, pero… entre tanta gente es muy difícil que te violen o te roben, ya sabes.

– Pero darte apretones y sobarte no lo es.

– Montaré un escándalo, y los demás pasajeros expulsarán al malhechor.

– Dime la verdad. ¿Has viajado antes en un carro así? Cressida pudo haber mentido, pero sabía que se estaba sonrojando.

– No, pero he viajado en diligencia con mi madre. Y no fue demasiado peligroso. Sólo serán unas pocas millas. Es lo más sensato que podemos hacer, Tris.

– Sensato. Por supuesto que seremos sensatos.

Se inclinó hacia ella y la besó en los labios, pero las alas de sus sombreros chocaron y se tuvieron que apartar riendo.

– Nuestros sombreros son más sensatos que nosotros -dijo Tris.

Esos sentimientos tan tiernos la conmovían tanto que prefirió no hablar para no ponerse a llorar.

El cogió algo de debajo del asiento y sacó un objeto de metal largo y plano.

– ¿Qué es eso?

– El hombre que me lo dio lo llama abridor. Metes la punta afilada debajo del cierre de una cerradura o de la bisagra, y haces palanca.

– No sabría usarlo.

– ¿No eras tú la que quería robar?

Cressida cogió el instrumento que tendría unos treinta centímetros de largo y era sorprendentemente pesado.

– Tal vez yo no sea lo suficientemente fuerte.

– El poder de la palanca. Lo he probado. Es muy efectivo si metes bien la punta debajo de lo que quieras abrir. ¿Cómo si no vas a abrir un cajón cerrado?

Él quería que pensara en eso, pero Cressida abrió su sombrerera, y la metió dentro.

– Bien, vamos -dijo bajándose el velo.

– Bien -dijo Tris e hizo sonar el látigo por encima de la cabeza de los caballos.

Nuevamente iban muy deprisa dejando una estela de polvo y rabia. Cressida se volvió a agarrar a la baranda, decidida a mantenerse valiente.

Sin duda lo mejor era que él estuviera enfadado con ella.

CAPÍTULO 23

Aminoraron la marcha para subir la colina que llevaba hasta Barnet, y se detuvieron junto a la posada Green Man. Había preparado los detalles, y Tris iba a seguir el plan. Bajó de un salto y habló con un mozo de cuadra de manera displicente sobre la pasajera que precisaba un pasaje a Hatfield. Le dejó completamente claro que dicha mujer no merecía que la atendiera de manera especial.

Un sirviente de la posada ayudó a Cressida a bajar y ella se dirigió a comprar el pasaje. En unos quince minutos debía llegar un carruaje que debía tener plazas disponibles. Tris ya no podía esgrimir su principal argumento en contra del plan: la necesidad de llegar rápido. Cuando se volvió con el pasaje en la mano vio cómo él apretaba los labios. Aun así, entró dando grandes zancadas en la posada para tomar un refrigerio. El mozo se dispuso a sacar a sus caballos, obviamente sorprendido por su calidad, y la categoría del dueño, y se quedó completamente convencido de que Cressida era una sirvienta.

Eso, pensó ella, era una lección muy útil. Si alguna vez se engañaba a sí misma acerca de que el duque de Saint Raven y ella pudieran unir sus vidas, esta situación era una prueba más de que eso era imposible. Se sentó en un banco junto a una pareja de aspecto cansado que también esperaba el transporte público. Sabía que Tris rondaría por allí para ver cómo estaba, y que en Hatfield estaría igualmente vigilante cuando llegara de un viaje tan arriesgado.

Pero pronto su protección se habría terminado, y todo volvería ser como antes. Regresaría a su vida en Matlock sin que nadie se tu viera que preocupar por su seguridad. Y mejor que así fuera.