– ¿Un viaje triste, cariño? -le preguntó la campesina que tenía a la derecha.
– No -dijo Cressida sin pensarlo, demasiado alegremente-. Sólo estoy cansada. -Ah.
Y con esa aprobación universal, la señora volvió a quedarse en silencio.
– ¿Y usted? -le preguntó Cressida. -Bastante triste.
Cressida no pudo ignorar el peso de la tristeza que se escuchaba en esas dos palabras.
– ¿Qué les ha ocurrido?
Entonces se dio cuenta de que el hombre y la mujer no llevaban guantes y estaban cogidos de la mano. Dos manos rudas y desgastadas entrelazadas probablemente de manera inconsciente. Igual que las manos de ella y Tris de vez en cuando. Pero las suyas estaban obligadas a separarse y estas dos, en cambio, parecían ligadas de por vida. Se daban apoyo el uno al otro, incluso ahora, cuando la vida estaba siendo dura.
– Hasta hace muy poco tiempo teníamos una parcela en la propiedad de lord Sunderland -dijo la mujer- y trajimos al mundo cuatro hijos hermosos. Pasamos tiempos felices, muy felices. Pero tres de nuestros hijos fueron tentados por los reclutadores y murieron en la guerra, y después, el mayor, se cortó una pierna con la guadaña, se le infectó y fue a peor.
¿Habían muerto sus cuatro hijos?
– Lo lamento mucho.
La mujer se encogió de hombros.
– Después, el capataz de lord Sunderland nos dijo que ya no podíamos sacar adelante el trabajo, y creo que tenía razón. El corazón de mi esposo ya no es tan fuerte como lo era antes. Por eso nos tuvimos que marchar de nuestra granja.
Cressida sabía que el hogar de un campesino siempre estaba ligado a su tierra.
– ¿Y a dónde van? -Su instinto de ayudar a los demás se estaba despertando, pero ¿qué podía hacer en ese preciso momento?
– No se preocupe, señorita. Iremos a ver a mi hermana en Birmingham. -Pero entonces añadió-: Aunque no sé qué será de nosotros.
– Siento mucho que tengan ese problema.
A Cressida no le gustaba nada sentirse tan impotente. Sabía distinguir entre una historia inventada y una situación verdaderamente trágica; y lo que contaba esa mujer era verdad. Tres de sus hijos habían estado en el ejército luchando contra Napoleón, y como recompensa, esa pobre gente había sido expulsada de su hogar. Era muy injusto. Tenía que hacer algo.
Pero la mujer no echaba la culpa al terrateniente, que sin duda necesitaba su casa para albergar a una nueva familia de campesinos, sino al gobierno, por no haber establecido una provisión de fondos para los soldados y sus familias. Si hubiera estado en Matlock, tendría recursos a los que acudir, pero en ese momento ella misma estaba luchando por sobrevivir. Si tuviera una varita mágica.
¿Cuánto tiempo tenía? Le pidió a la mujer que vigilara su sombrerera y corrió a la posada. Miró por las habitaciones preguntándose dónde estaría Tris. ¿Habría alquilado un salón privado para su corta estancia? Entonces lo vio en la humilde barra, bebiendo cerveza en una jarra de cerámica mientras charlaba con unos parroquianos. Evidentemente todos lo miraban sorprendidos, como si la reina de la hadas hubiera aterrizado entre ellos.
Esperó un momento embelesada con él, y después volvió a pensar correctamente. ¿Cómo llamar su atención sin tener que entrar? Se movió de un lado a otro con la esperanza de que la viera.
Y lo hizo. Levantó las cejas, se terminó la jarra, se despidió de los hombres y salió tranquilamente al pasillo.
– Pensé que no iba a saber de tu existencia.
– Hay un problema con el pasaje -dijo Cressida por si alguien estuviera escuchando, pero le hizo una señal con la cara.
Todo el tiempo estaba atenta al carruaje porque sabía que no esperaría. ¿Qué?
Ella miró a su alrededor pero no vio a nadie cerca.
– Afuera hay una pareja con una historia muy triste. Han perdido tres hijos en la guerra, y el último murió en su casa después de un accidente. El marido está enfermo y la esposa agotada. Los han expulsado de sus tierras…
Él abrió y cerró los ojos.
– Hay cientos de casos así. ¿Qué se supone que puedo hacer yo? -Y después añadió-: ¡Deja de mirarme como si pudiera convertir el agua en vino!
– Eso no nos sería muy útil -dijo ella cortante, y después se preguntó si había dicho una blasfemia-. Les puedes dejar ir a Nun's Chase hasta que piense en algo. Una vez que regrese a Matlock podré organizarles ayuda. Trabajo ligero o un asilo. Si no, acabarán en la casa de beneficencia. Estoy segura. Y van cogidos de la mano. ¡Tris! Separarlos los mataría, porque allí separan a las parejas…
Tris puso sus dedos sobre los labios temblorosos de Cressida.
– Por al amor de Dios, Cressida. ¿Cómo vas a sobrevivir con ese corazón tan tierno?
Ella lo miró parpadeando.
– Haciendo que las cosas mejoren, claro.
– Claro -dijo él muy débilmente.
– Estoy seguro que para su altísima eminencia es fácil ignorar a los pobres, pero aquí abajo, mi señor duque, yo no puedo.
– ¡Deja de llamarme «mi señor duque»! -dijo casi gruñendo-. Muy bien, me haré cargo de ellos. Ya llega tu carruaje.
Ella escuchó el estruendo, y después la llamada.
– ¡Gracias!
Cressida sonrió y acercó sus dedos a los labios de Tris, y después corrió a recoger la sombrerera y se subió al carruaje. Apenas alcanzó a apretujarse en su asiento cuando el carruaje ya se puso en marcha con un tiro nuevo de caballos.
Tris se quedó mirando cómo partían. Otra buena razón para liberarse de Cressida Mandeville y de la locura que había traído a su vida, era lo mucho que le encantaba hacer buenas obras. Quizá fuera una reformista. Recorrería los caminos de Inglaterra a la búsqueda de gente sin hogar y descarriados para que su marido los ayudara… Marido.
Por primera vez aceptó lo mucho que lo deseaba, y cuánto quería que Cressida fuera su compañera para siempre. Sería una duquesa imposible, y varias generaciones de Tregallows se revolverían en sus tumbas, pero ya no le importaba. Aun así, su precipitada complacencia llevándola a Stokeley Manor le impedía convertirla en su esposa, y ahora eso, podía acabar en una terrible tragedia griega.
Movió la cabeza y observó lo que le había dejado por resolver. La pareja vestía de manera desaliñada pero decente. Probablemente el hombre había sido fuerte y flexible la mayor parte de su vida, aunque ahora estaba delgado y débil. La mujer se conservaba más entera, pero su piel tenía un tono gris que señalaba que sus huesos eran débiles y que la amenazaba un desastre. Por supuesto, también se veía en ellos una gran tristeza. Tris, tras la pérdida de sus padres, sabía que una situación feliz podía oscurecerse de por vida.
Cressida probablemente tenía razón sobre su destino. Donde fuera que se dirigieran ahora con sus dos paquetes de posesiones, pronto acabarían en la casa de beneficencia, donde los acogerían, alimentarían y vestirían, pero de la peor manera; y aparte de eso, ella iría a la sección de mujeres y él a la de hombres. Y así, muy pronto, se irían apagando. ¿Realmente querían seguir viviendo? Pero se lo había prometido, así que se acercó a ellos.
Primero lo vio la mujer, y sobresaltada soltó la mano de su marido y se puso de pie. El hombre se comenzó a mover para hacer lo mismo, pero Tris levantó una mano.
– Por favor, no lo haga. Sólo quería hablar con ustedes.
Sin embargo, la mujer permaneció de pie, pero puso una mano en el hombro de su marido para hacer que siguiera sentado.
– No se encuentra bien, señor.
– Ya veo. Deduzco que han perdido su hogar.
Los ojos de la mujer miraron a su alrededor por si veía al informante, o a quién había estado observando su triste vergüenza. Maldición, cómo iba a resolverlo. ¿Cómo Cressida lo había puesto en esa situación para después dejarlo solo? Estaba igual de mal que haberla subido a un caballo y después marcharse con ella.