– No pretendo hacerles daño. Mi… -No podía decirles que Cressida era su amiga-. La dama con la que han hablado me comentó su situación. -Y sintiendo la presión de sus miradas, prosiguió-: Piensa que podría encontrar un lugar para ustedes, pero tenía mucha prisa por coger su transporte. Me pidió que les ofreciera mi casa donde podrían esperarla hasta que contactara con ustedes.
El hombre y la mujer se miraron un instante, y después ambos pares de ojos se volvieron hacia él. ¿Qué diablos pensaban que les podría ocurrir como para que aún les empeoraran más las cosas? No eran buenos ni para el comercio de esclavos blancos. Entonces Tris se dio cuenta de que no les había dicho su nombre. No podrían confiar en él si no les daba un nombre.
– Mi nombre es Saint Raven -dijo, y lo dejó así-. Mi casa se llama Nun's Chase, y se encuentra a unos kilómetros de Buntingford. Les daré una carta para que se ocupen de ustedes.
Sus ojos cautelosos y cansados simplemente lo miraban.
– Tendrán alojamiento y comida -continuó tenazmente, rezando para que hubiera una habitación de sirvientes libre en Nun's Chase. ¿Cómo diablos podría saberlo? Supuso que podría ofrecerles la casa de campo que había estado usando Bourreau, pero justamente desde su caída estaba vacía, y le molestaba pensar que esa pareja podría agradecerlo.
– La señorita Mandeville contactará pronto con ustedes -dijo vigorosamente.
Los ojos volvieron a mirarse en silencio durante unos largos segundos, y entonces la mujer se volvió hacia él y le hizo una reverencia.
– Usted es muy amable, señor. Se lo agradecemos mucho, y a la dama también.
A Tris casi se le cortó la respiración.
– Bien, bien -dijo y sacó un poco de dinero preguntándose cuánto podría costar el viaje a Buntingford. Les dio unas guineas, porque sospechó que demasiada generosidad podría hacer que huyeran.
Entonces les ofreció una corona, para comprobar su reacción. Ella se ruborizó, pero no se alarmó. -Tenemos dinero, señor.
– Me gustaría pagar el coste del viaje hasta Nun's Chase. Más adelante les hará falta su dinero para continuar el camino.
Ella cogió el dinero, sacó un bolso de punto y lo echó en su interior. Claramente no había mucho más que hacer.
– Es muy amable, señor. -Y después de dudarlo, añadió-: Soy Rachel Minnow, y él es mi marido, Mathew.
El se enfadó consigo mismo por no haberles preguntado el nombre y casi se sonrojó.
– Bien, entonces -dijo, y se escuchó a sí mismo hablando demasiado campechanamente, como un buen escudero en una obra de teatro-, espero verles en Nun's Chase cuando regrese, señor y señora Minnow. O tal vez no, si la señorita Mandeville ha organizado alguna otra cosa. -¿Cómo terminar?-. Yo… eh… quedamos en eso, entonces.
Dio unos cuantos pasos hacia atrás antes de sentir que podía dar la espalda a esos ojos que lo miraban fijamente', aunque ahora con más brillo. En las mejillas del hombre incluso creyó ver rodar unas lágrimas. ¡Dios! Tal vez ésa fuera una buena razón para tratar con los arrendatarios de tercera.
Caminó hasta su cabriolé, pero se dio cuenta de que aún tenía que hacer algo por ellos. Por otro lado, Cressida iba de camino de Hatfield donde podría provocar todo tipo de problemas. Y él estaba dispuesto a retorcerle el cuello. Entró rápidamente en la posada, pidió algo con lo que escribir, y redactó una rápida carta para el propietario de el Black Bull en Buntingford, pidiéndole que llevaran a la pareja a Nun's Chase en la calesa.
Después le escribió otra a Pike, el mayordomo de Nun's Chase, ordenándole que se hiciera cargo de los Minnow. Casi se rió al imaginar a Pike tragándose enteros a los pobres Minnow, como ocurriría en cualquier arroyo. No iba a intentar explicarle esa visita. No tenía tiempo, y no estaba seguro de que pudiera ofrecerle una buena explicación.
Estuvo a punto de entregarle las cartas a la señora Minnow, pero al darse cuenta de que su marido debía sentirse muy decaído, decidid dárselas a él. Sus manos nudosas las cogieron como si fueran un cristal precioso, y el hombre se incorporó un poco para decirle:
– Se lo agradecemos mucho, señor.
– Es bastante poco -replicó Tris con mucha honestidad.
Subió al vehículo y retomó rápidamente su camino, consciente de la atención que le estaban prestando las nuevas personas que tenía a su cargo.
Una vez fuera de Barnet, hizo que sus caballos corrieran al máximo. Después de descansar estaban fogosos, y enseguida el viento le apartó los pensamientos molestos sobre las personas dependientes y la asfixiante masa de necesitados y sufrientes del mundo.
Tenía suficientes preocupaciones y la primera era que Cressida podía llegar a Hatfield antes que él. Sin embargo, a mitad de camino adelantó al pesado carruaje. Miró en su interior, pero sólo pudo ver a las dos personas que iban sentadas junto a la ventana. Ella tenía que estar dentro. Era imposible que en la última media hora se las hubiera arreglado para meterse en otro enredo. Sin embargo, la señorita Mandeville de Matlock no quería que hubiera ningún escándalo que afectara a su seguridad o su reputación. ¡Maldita fuera!
Llegar a Hatfield antes que ella fue como un triunfo, aunque era un pueblecito bastante normal. Encontró el Cockleshell, aunque no era una posada pública. Había otra dos manzanas más allá, de modo que ella no tendría que meterse en ningún problema yendo hasta allí. ¿O sí? Maldición. No habían tomado en cuenta eso. Él tenía que haberse anticipado a los problemas que les acarrearía su plan. Pero primero tenía que instalarse; después ya se ocuparía de eso. Entonces, una vez que informó de su identidad y su intención de quedarse, todo lo que pidió se le concedió, incluyendo la información.
Examinó las habitaciones que le enseñó el servil posadero.
– He venido porque mi primo quiere un retrato a pastel de un francés que, me han dicho, vive aquí. ¿Se encuentra en este momento?
– El señor Bourreau -dijo el gordo posadero inclinándose-. ¡Sí, claro, su excelencia! Creo que ahora está atendiendo a un cliente.
– ¿Hace sus dibujos aquí y no en las residencias de sus clientes? -preguntó Tris sorprendido añadiendo un toque de desdén ducal para que hiciera más efecto.
– Algunas veces, su excelencia. Según lo desee el cliente, su excelencia.
Tris se encogió de hombros. Pidió comida, pero cuando el posadero se dio la vuelta para dirigirse a la puerta después de hacer varias reverencias y decir muchas veces «su excelencia», lo detuvo.
– ¿Dónde se encuentran las habitaciones del artista? ¿Están cerca?
– Bastante cerca, su excelencia.
Pero se dio cuenta de que le había respondido con muchas dudas. ¿Querría su eminente huésped estar cerca del artista por su comodidad? ¿O le molestaba tener las habitaciones de un humilde artista tan cerca de la suya?
– Ésta es una casa pequeña, su excelencia…
Tris dejó que el silencio hiciera el resto.
– Dieciséis y diecisiete, su excelencia. Al otro extremo de este pasillo, su excelencia, pero bastante cerca si hace falta.
Tris no pudo evitar sonreír ante la respuesta tan brillantemente diplomática del pobre hombre.
– Excelente -dijo y dejó que el posadero siguiera con lo que estaba haciendo.
Odiaba que lo trataran servilmente, pero un aura ducal podía ser muy útil si las cosas se torcían. Y lo peor es que a la gente le gustaba. Se regodeaban con la gloria que reflejaba. El posadero sin duda se sentía muy importante y estaría deseando contarle a alguien lo del duque, nada menos, que estaba honrando su casa.
Noblesse oblige. Eran palabras de otro duque, el Duc de Lévis, que hacían eco de una sentencia mucho más inquietante de Eurípides: «Aquellos que nacen nobles, deben afrontar su destino con nobleza».
Él no había tenido elección sobre su destino, pero siempre había intentado llevar su carga lo mejor que había podido. Aunque no se esperaba que actuar en público fuera una gran parte de ella.