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Se paseó de la ventana al salón, y descubrió que podía ver la calle y la posada donde paraba el carruaje. Excelente. Podría ver llegar a Cressida. Se sacó el reloj de oro y lo abrió con un movimiento. ¿Dónde estaba? ¿Algo había retrasado el carruaje? A veces volcaban provocando grandes daños, y otras, algunos jóvenes salvajes sobornaban al cochero para que les dejase llevar las riendas…

Se controló porque sabía que eran miedos ilógicos. Si no soportaba perder de vista a Cressida media hora, ¿qué pasaría en el futuro? Tal vez tendría que instalar un sirviente en su casa de Matlock para que le informara sobre su bienestar… Pero movió la cabeza. Se estaba volviendo loco.

Más sensato sería revisar las habitaciones de su primo bastardo. Tal vez hubiera una manera de conseguir la figurilla sin poner a Cressida en peligro. Bourreau ocupaba dos habitaciones, seguramente un dormitorio y un salón. Posiblemente trabajaba en el salón, por lo que bien podría tener el botín escondido en el dormitorio. Era una pena que no supiera cuál era cuál, aunque tenía un cincuenta por ciento de posibilidades, así que abrió la puerta del pasillo y observó.

El largo corredor estaba vacío y a cada lado había puertas cerradas. Sus habitaciones ocupaban todo el extremo en el que las estancias eran más grandes y estaban la mayoría de las ventanas. Bourreau, según el posadero, ocupaba las del lado opuesto. De pronto se abrió una puerta. Tris dio un paso atrás, y apareció una doncella cargando una bandeja. Su comida. Maldita eficiencia. Cerró la puerta y se acercó a la ventana. Había descubierto que esa puerta daba a la escalera de servicio.

Después de llamar, entró una guapa y pechugona doncella con hoyuelos, que ruborizada dejó la comida sobre la mesa. Empanada fría, queso, pan, mantequilla y una garrafa de clarete.

Le dio las gracias y le entregó una moneda. Ella le hizo una reverencia y se sonrojó aún más.

– ¿Si eso es todo, su excelencia?

Tris esperaba haber entendido mal su invitación. -Sí, gracias.

Ella hizo un mohín, pero se marchó haciendo un movimiento nervioso con el pecho. Trasero.

Se apoderaron de él pensamientos lascivos sobre Cressida de manera casi embarazosa. Se sirvió y se bebió un vaso de vino, miró la calle por si llegaba el carruaje, y después volvió a abrir la puerta. Todo estaba tranquilo. Lo más importante que tenía que recordar era que, por el momento, no estaba haciendo nada ilegal. Si quería pasearse por el pasillo mirando los números de las puertas, no había ninguna razón por la que no pudiera hacerlo.

Con eso en la mente, se puso en marcha, a pesar de que se sentía transparentemente culpable, sobre todo cuando cruzó el descansillo del final de las escaleras que daban al vestíbulo de entrada de la posada. Abajo había gente, pero nadie parecía estar mirando hacia arriba, gracias a Dios. Se dio cuenta de que se habían olvidado de algo más. ¿Cómo encontraría Cressida las habitaciones de Bourreau?

¡Maldición! Tendría que interceptarla. ¿Tenía que prepararse para hacerlo, o continuar con su misión?

Maldición nuevamente.

Lo mejor sería que se preparara.

CAPITULO 24

Cuando regresó a su habitación, casi choca con el posadero, que estaba acompañando a nuevos huéspedes al piso de arriba. Una próspera pareja de mediana edad.

– ¡Su excelencia! ¿Pasa algo, su excelencia?

Tris agradeció su interés, pero también se dio cuenta de que estaba encantado de poder mostrar a su eminente huésped con tanta facilidad. Los ojos de la pareja se abrieron de par en par.

– Sólo estaba paseando -dijo Tris cordialmente-. Siempre lo hago antes de comer.

Hizo un gesto con la cabeza a la pareja que lo miraba, y se fue tranquilamente a sus habitaciones. A ese paso pronto se iba a convertir en el «excéntrico duque de Saint Raven». Una vez allí se dirigió a la ventana y vio que un carruaje se bamboleaba haciendo mucho ruido por la calle.

Qué pena no haber podido robar la estatuilla antes de que llegara. Pero por lo menos le podría dar los números de las habitaciones. Sacó su pequeña libreta de papel y con el lápiz que llevaba atado escribió los números dieciséis y diecisiete. Dobló el trozo de papel, salió de la habitación y bajó las escaleras.

No volvió a encontrarse con el posadero, pero se cruzó con tres sirvientes que aceleraron el paso intimidados. Caminó hasta la puerta de entrada, salió de la posada y observó la calle.

Allí estaba Cressida caminando alegremente hacia él delante de un hombre muy serio que iba sobriamente vestido y acompañado por un sirviente que le llevaba el equipaje. Descubrió que ella se había puesto sus anteojos, lo que aprobó divertido. Otro detalle del disfraz que le daba aspecto de aburrida respetabilidad. Aunque como llevaba su sombrerera, su imagen quedaba un poco extraña para entrar en una posada.

Lo vio, y siguió caminando hasta a la puerta sin vacilar. Él no se movió deliberadamente, de modo que tuvo que pasar casi rozándolo. Cressida se lo quedó mirando como hubiera hecho cualquier mujer decente ante una maniobra así, y gracias a los anteojos redondos el efecto fue mayor. Él no pudo evitar sonreír, y la miró de manera lasciva mientras le ponía el papel en la mano. Los ojos de Cressida se abrieron como platos, y él pensó que no le había entendido. Aun así, pasó majestuosamente con la cabeza bien alta.

Su comportamiento le permitió mirarla y atisbar su seductor trasero. Pero no se adivinaba demasiado debido a ese deplorable y aburrido vestido. Cuando se dio la vuelta, el otro pasajero lo miró con expresión de profunda desaprobación. Tris, casi ruborizado, se giró y entró en el establecimiento. Dios santo, pronto su reputación estaría por los suelos. ¿Su reputación? ¿Cuándo le había importado su reputación en asuntos de esta índole? Ser salvaje era un derecho de nacimiento.

Vio cómo Cressida esperaba pacientemente en el vestíbulo a que alguien la atendiera. Vestida de esa manera tardarían un poco, justo lo que ellos deseaban. En teoría, ya que, de hecho, él quería ordenarle a uno de los sirvientes que se mostraban tan serviles con él, que la atendiera. Pero enfadado y en silencio regresó a su habitación para iniciar el plan. Mientras antes terminara todo, antes volvería para estar segura en el mundo que le correspondía. Y él encontraría alguna manera de enseñarle a exigir más de su mundo. Era inteligente, valiente y aventurera, pero su educación la dejaría atrapada en la mediocridad de Matlock el resto de su vida si no hacía algo al respecto.

Tiró de la campana para llamar al servicio con más fuerza de lo que pretendía, y lamentó dar la imagen de que el duque de Saint Raven estaba pidiendo atención a gritos. En un instante llegó corriendo la doncella a la habitación.

– ¿Ocurre algo, su excelencia?

Una rabieta ducal le pareció lo adecuado.

– Estoy cansado de seguir esperando. Dígale a Bourreau que lo quiero ver inmediatamente. La doncella contestó.

– Creo que está con un cliente, su excelencia.

Tris sacó su monóculo y la miró a través de él.

– ¿Y se supone que tiene prioridad ante mis deseos?

La pobre muchacha se puso pálida.

– ¡No, su excelencia! ¡Claro que no, su excelencia!

Se dio la vuelta y Tris se estremeció. Le había dado una buena gratificación. Pero ahora, supuso, lo mejor sería decidir qué le iba a decir a su primo bastardo en ese encuentro tan mal planificado.

Un momento después, se abrió la puerta sin que nadie llamara y apareció un hombre que la cerró al entrar.

– ¿Qué necesidad tiene de asustag a los sigvientes, su excelencia?

Iba en mangas de camisa con un chaleco, y el parecido entre ellos era evidente. Aunque no demasiado, gracias a Dios, pues Jean Marie tenía el cabello castaño y una complexión más ruda, pero a Tris su cara le recordaba un poco a la que veía cada día en el espejo; aunque mucho más a la de su tío. De hecho, se parecía bastante a su antecesor, cuyo retrato con sombrero cavalier colgaba en Saint Raven's Mount.