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– ¿Cuándo estuviste en Saint Raven's Mount? -le preguntó Tris. -En la pgimavega cuando tú todavía estabas fuega. -El inglés de Bourreau era bueno, pero tenía un fuerte acento. Tris prefirió hablar en francés.

– He tenido la tentación de decir algo dramático como «entonces por fin nos encontramos».

– A lo que yo contestaría, «asqueroso desalmado, tú destruíste a mi familia».

Tris se puso en garde durante un momento, pero vio humor en los ojos del hombre y se rió. Qué sorpresa, y tuvo que reconocer que su primo bastardo le gustaba. ¿Tendría algo que ver con el refrán que dice que la sangre es más espesa que el agua? Nunca se había sentido cercano a sus seis primas, y su madre sólo lo había tenido a él. Tenía relaciones con algunos de los Peckworth, pero no les unía la sangre. Hizo un gesto hacia el vino.

– Perdona, no tenía previsto que iba a necesitar dos vasos.

Su primo se acercó al lavamanos y cogió el vaso que había allí. Llenó los dos vasos y le ofreció uno a Tris. Un granuja insolente, pero, él era igual.

Brindó con Bourreau.

– ¡A tu salud! Y espero que me expliques tu último oficio. El francés dio un trago.

– ¿Puedes esperar? Tengo una cliente aguardándome en la habitación.

Tris se quedó helado, y se preguntó cómo había podido pasar por alto un problema tan obvio. El posadero se lo había dicho, y después la doncella había sido muy explícita, ¡y lo había ignorado las dos veces! ¿Qué provocaba que su cabeza se volviera de corcho?

Pues la mujer de grandes ojos grises. Así que puso en alerta su sentido del oído para poder escuchar si llegaba alguna señal de alarma desde el otro extremo del pasillo.

– ¿No puede esperar un rato? -le preguntó.

Si Cressida intentaba entrar en la habitación, actuaría correctamente. Si no, seguramente encontraría una historia convincente para salir de la situación. Era rápida e inteligente.

– Un ratito. -Bourreau parecía entretenido-. ¿Una explicación? -Miraba a Tris con sus ojos de grandes párpados que debían enloquecer a muchas mujeres-. ¿Estás dispuesto a llevarme ante el verdugo?

– Por Dios, no. No creo que hayas hecho nada por lo que merezcas ser colgado, pero si te presentas ante un tribunal, nada te impedirá dejar el nombre de mi familia por los suelos.

¿Cuánto tiempo debería durar eso? Tenían que haber preparado algún tipo de señal. La verdad es que ninguno de los dos había pensado con lucidez.

– Entonces -dijo Bourreau- ¿cuánto me pagarías por no ensuciar el nombre de tu familia?

Tris recuperó su inteligencia ante el tema que trataban. Eso era demasiado a cambio de una amistad entre primos.

– ¿Por qué tendría que pagar? No nos puedes hacer daño mientras no reveles tu identidad como Le Corbeau.

– Tal vez. -Pero el francés tenía una sonrisa preocupante en los ojos-. ¿Dígame, su excelencia, por qué hizo que alguien se hiciera pasar por mí?

Por lo menos Bourreau no se había dado cuenta de quién había sido.

– ¿Cómo sabes que tuve algo que ver en eso?

– ¿Quién más? Sé que no quieres que me cuelguen por las razones que me acabas de dar. Estaba a punto de pedirte que te comprometieras en mi defensa, cuando, ¡puf!, se demostró que era inocente y me liberaron.

– Ahora sabes por qué.

– ¿Y un duque no tiene manera más sencillas de liberar a un prisionero?

– ¿En Francia se sigue procediendo de manera tan arbitraria, incluso después de la revolución? En Inglaterra un duque tiene muchos poderes, pero saltarse la ley no es uno de ellos. Hubiera sido un trabajo agotador, pero lo más importante es que hubiera sido muy incómodo mostrar un interés especial por ti. Ahora, por qué no me cuentas exactamente lo que quieres, teniendo en cuenta que no estás en posición de pedir nada.

– ¿Ah, no, su excelencia…?

Tris sintió que le hormigueaba la espalda. Sin duda Bourreau era un veterano en juegos arriesgados. Tampoco dudada de que ese hombre pensaba que tenía una jugada maestra.

Cressida se detuvo en la puerta dieciséis. Su humilde vestimenta había jugado a su favor hasta ahora. Además del señor Althorpe, ese engreído académico, y la llegada por separado de una pareja exigente, nadie le había preguntado qué hacía allí.

Sin embargo, se había dado cuenta demasiado tarde de que Tris y ella no habían planificado cuándo debían llevar a cabo su plan.

¿Cómo podían haber sido tan atolondrados? El corazón le latía con demasiada fuerza para estar cómoda, aunque había contado hasta cien mientras vigilaba el rellano del final de las escaleras.

Al llegar a ochenta y cuatro vio que lo cruzaba muy dinámico un hombre en mangas de camisa. No sabía si era Le Corbeau obedeciendo al requerimiento de Tris, pero no parecía un sirviente, ¿y quién más podía andar vestido de una manera tan informal por el pasillo?

El vestíbulo estaba vacío en ese momento, así que Cressida respiró hondo y se dirigió a las escaleras como si fuera algo normal hacerlo. Su corazón estaba tan acelerado que posiblemente lo oirían latir; y sus pies ansiaban salir corriendo hasta el final del pasillo.

Subió la escalera convencida de que una voz le pediría que se detuviera. Cuando llegó arriba giró en la dirección desde la que venía el hombre, y se detuvo para recuperar su ingenio. ¿Qué estaba haciendo allí en esa empresa enloquecida y criminal? ¡Podría terminar en la cárcel! Hizo una serie de respiraciones rápidas, y después se puso recta y caminó por ese lado del pasillo mirando los números de las puertas. Se recordó a sí misma que su amante, el señor Bourreau, la había abandonado y que había venido a rogarle que volviera con ella.

Veinte, diecinueve, dieciocho. Debía de haber sido Bourreau. El plan estaba funcionando. Dieciséis y diecisiete, las dos puertas del fondo a la izquierda. Había otras dos habitaciones enfrente, la catorce y la quince, lo que significaba que había una puerta entremedias, que desde el pasillo conducía a la escalera del servicio. Por alguna razón, justo cuando llegó el momento, le aterrorizó tener que girar el pomo de una de las puertas y entrar en la habitación. Bueno, no por una razón cualquiera, sino por una causa importante. Una vez que lo hiciera, a los ojos de todo el mundo se iba a convertir en una ladrona ¡Y a los ladrones los colgaban! Aunque no demasiado a menudo últimamente, al menos no a pequeños ladrones sin antecedentes, aunque eran azotados o enviados a Australia.

Agarrándose a la historia que había inventado, y al hecho de que Tris estaba distrayendo a Le Corbeau, giró el pomo de la habitación dieciséis. Si ocurría lo peor de lo peor, seguramente el duque de Saint Raven podría impedir que la encarcelaran. Abrió la puerta, entró y la volvió a cerrar. Examinó la habitación, pero al mirar la cama un pánico paralizador se apoderó de ella. Se encontró con una mujer desnuda que le daba la espalda. Cressida estúpidamente casi se puso a gritar asustada. Pero cuando vio que la mujer no hacía nada, salvo levantar las cejas, su aterrorizado cerebro advirtió que había un caballete con una excelente pintura llena de curvas sonrosadas y sinuosas provocaciones. Un artista, Bourreau era un artista.

Una modelo. No era el tipo de retrato que se esperaba. La mujer sonrió:

– Has llegado temprano para la siguiente sesión, cariño.

Cressida consiguió respirar y reaccionar a la explicación.

– ¡Sí! No sabía que ibas a estar… -Miró a la mujer y después a su alrededor-. ¿Quieres que espere en la habitación de al lado?

Miró a la izquierda y vio una puerta que debía dar a la habitación diecisiete, el salón. Se dirigió a ella, pero consiguió concentrarse lo suficiente como para mirar por si la figura se encontraba en la habitación. No estaba a la vista, y ahora no tenía manera de buscarla. Si Tris podía maldecir, ella también, y en silencio repitió como éclass="underline" ¡Maldición!