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– Si quieres -le dijo la mujer-, pero no me importa. No me atrevo a moverme porque se enfadaría conmigo. Pero si te quieres sentar a charlar, eso hará que me pase más rápido el tiempo.

La idea de conversar con esa mujer completamente desnuda dejó estupefacta a Cressida, pero el principal problema era cómo se las iba a arreglar para poder seguir su búsqueda a pesar de ese impedimento. Decidió pasearse por la habitación. Seguramente la mujer no se sorprendería que un intruso quisiese mirar por todas partes.

– ¿Llevas mucho tiempo siendo modelo? -preguntó para decir algo mientras se acercaba a la chimenea vacía. Había un baúl cerca de la cama. ¿Qué excusa podría encontrar para buscar en él?

– Hace un par de meses, ¿y tú?

Cressida recordó que se suponía que ella también era una modelo. Demasiadas cosas que recordar.

– Ésta será mi primera vez.

– No te extrañes si te pones nerviosa. No te preocupes. No pasa nada una vez que te acostumbras, y él es un auténtico caballero. No se anda con tonterías.

El paseo de Cressida la había llevado de vuelta al caballete. Se detuvo a mirar la pintura sorprendida por su calidad. Salteador de caminos, o no, Jean-Marie Bourreau tenía talento. La pintura era muy exacta, y aún así había creado una fantástica composición con los grandes pechos, los turgentes muslos, la pulcra cintura y los delicados pies de la mujer. Cressida por instinto se dio cuenta de que esa pintura excitaría a muchos hombres. ¿Y a Tris?

– ¿No tienes frío? -le preguntó.

– Un poco. ¿Por qué no me tapas con esa manta, cariño? Él lo hace cuando quiere trabajar en algunos puntos en los que no me necesita. Como te he dicho, es un auténtico caballero. Lo han llamado, pero no esperaba estar fuera tanto tiempo.

¡Dios, el tiempo estaba corriendo! ¿Y qué iba a hacer?

Cressida soltó la sombrerera, tomó la manta que había a los pies de la cama y se la puso por encima a la mujer. ¿Tendría que atarla para registrar la habitación?

– Mi nombre es Lizzie Dunstan. ¿Y tú?

– Jane Wemworthy.

– No hace falta que me mires así.

Sólo entonces Cressida se dio cuenta de que le estaba poniendo cara de Wemworthy. Pero ése era su papel. Levantó la nariz y cogió su sombrerera.

– Prefiero esperar en la otra habitación. Buenos días, señora Dunstan.

– ¡Soy señorita! -le gritó la mujer alarmantemente alto.

Cressida cerró la puerta y se quedó quieta con los oídos atentos a cualquier señal de alarma o de que viniera alguien. La posada no era un lugar tranquilo. Podía escuchar las ruedas y los cascos de los caballos de la calle, y a alguien que daba órdenes al otro lado de la ventana, pero nada parecía inusual. Lizzie Dunstan estaba quieta en su pose, y a ella sólo le quedaba rezar para que Tris pudiera mantener distraído a Le Corbeau un rato más. Pero en cuanto regresara, la modelo le contaría que había venido otra visitante. Si echaba en falta la estatuilla sabría enseguida quién se la había llevado.

Jane Wemworthy. Ay, pobre señora Wemworthy. ¡Esperaba que nunca se le ocurriera visitar Hatfield!

Con suerte, Bourreau no se enteraría de nada de lo ocurrido. Sólo quería llevarse las joyas, no la estatuilla. Como mucho iba a intercambiar las figuras.

Puso la sombrerera sobre la mesa y miró a su alrededor. La posibilidad de fracasar la dejó helada. La estatuilla no estaba a la vista, y no había ningún sitio donde esconderla. Tenía que estar en el dormitorio, tal vez en ese baúl. En la habitación había pocas cosas que pertenecieran al huésped. Sólo una chaqueta tirada encima del desgastado sofá, y tres libros en una mesa junto al único sillón. Había también un reloj apoyado en dos figurillas encima de la repisa de la chimenea, pero eran piezas de cerámica barata.

Los muebles no permitían esconder nada. El sofá y la silla estaban acompañados de una mesa con cuatro sillas y un arcón pasado de moda apoyado contra la pared. Se acercó a él y empujó el asiento. Se movía. Era pesado, pero lo abrió haciendo un gran esfuerzo, y el resultado fue ¡un cofre! Hasta ese momento estaba tan segura de que iba a fracasar que se lo quedó mirando como si un polvillo mágico pudiera hacerlo desaparecer. Pero seguía estando ahí. Era un simple cofre forrado de cuero con esquinas de metal y un cerrojo metálico asegurado por un candado.

Dio un gritito de alegría y se puso manos a la obra rogando que Tris entretuviera a Bourreau el tiempo suficiente. Sacó la palanca de la sombrerera, pero no había suficiente espacio entre el cerrojo y la madera del arcón, aunque si conseguía sacar la pieza metálica que tenía en la parte de arriba, el candado quedaría inutilizado. Apoyó un extremo de la herramienta contra el metal y empujó. Se soltó un poco por el borde. Aplicó toda la fuerza que pudo sobre la pieza metálica. Le rechinaron los dientes aunque mantuvo todos sus sentidos alerta por si llegaba alguien. Su corazón estaba acelerado por los nervios, y también por el triunfo. Lo único que tenía que hacer ahora era forzar el cierre, sacar las joyas de la estatua y todo marcharía bien.

No todo, pero ahora no podía prestar atención a eso. Por fin la palanca entró unos centímetros bajo el metal. Hizo una pausa para coger aliento y escuchar lo que se oía más allá de sus latidos. Nada inusual. Ahora tenía que probar el poder de las palancas. Alguien había dicho: «Dadme una palanca lo suficientemente larga, y podré mover la Tierra».

El trozo de metal se estaba doblando. Se inclinó un poco más y la placa se levantó un poquito. ¡Funcionaba! Nuevamente se detuvo a escuchar, y entonces tuvo una idea. Sacaría la estatuilla de la sombrerera, y si la descubrían antes de que pudiera extraer las joyas, todavía podría hacer el cambio. Claro que iba a resultarle muy difícil explicarse si la cogían forzando una cerradura, pero por el momento no podía pensar en eso.

Metió la figurilla en uno de sus bolsillos y pensó que otra razón, mi señor duque, por la que iba vestida de esa manera humilde y no a la moda, era que las faldas elegantes eran demasiado ajustadas como para tener bolsillos. Así, aunque llevara un bulto, podría pasar inadvertido gracias a esa ropa.

Entonces se dio cuenta de que la puerta de entrada tenía una llave, y corrió hacia ella para girarla. Ahora nadie podría entrar desde el pasillo. La puerta de la habitación no tenía llave. Se encogió de hombros. Lo había hecho lo mejor que había podido. Después volvió a su tarea, deseando que su corazón latiese con menos fuerza para no marearse. A pesar de que deseaba no tener que hacerlo, sus manos estaban listas para hacer palanca de nuevo. El metal salió un poco más y pudo ver los clavos que lo sujetaban. Iba a tener que hacer bastante fuerza, y con suerte podría volver a colocarlo todo de nuevo en su lugar para que a primera vista no fuese evidente lo que había pasado…

Entonces escuchó un ruido. Gritos. Un golpe, como si se hubiera caído algo. Se quedó paralizada, como si quedarse quieta pudiera salvarla. Pero después de un rato volvió a respirar. Los ruidos aunque sonaban fuertes no estaban cerca. Escuchó gente dando voces, incluso un grito. Se trataba de unos granujas pendencieros que se encontraban dentro o cerca del Cockleshell, pero le venía bien. Eso mantendría ocupados a los sirvientes de la posada.

Volvió a su trabajo y usó todo su peso para hacer palanca. ¡Y el metal saltó! Tuvo que contenerse para no soltar otro grito, puso a un lado su herramienta, y levantó la tapa. Si después de todo lo que había hecho la estatuilla no estaba allí, le iba a dar un ataque…

Miró dentro. El cofre contenía un revoltijo de joyas y otros objetos preciosos, la mayoría de la India. Pensó que reconocería algunas de las piezas que muy probablemente habían pertenecido a su padre, incluyendo, advirtió su mente obnubilada, un montón de figurillas eróticas de marfil.

¿Habría cientos de figuras así en Inglaterra? ¿Le Corbeau las coleccionaba como parte de sus negocios de arte subido de tono? Tuvo una visión pesadillesca en la que se vio buscando entre montones y montones de estatuillas parecidas intentando divisar la correcta…