Se estremeció. Le Corbeau había robado la de La Coop. Lo sabía y por eso estaba allí. Se puso los anteojos y comenzó a separar las figuras de las cadenas, collares, y armas, buscando febrilmente las que tenían el mismo estilo de tocado.
– Creo que vas de farol -le dijo Tris a su primo-. Dudo de que tengas dinero suficiente como para llevar tu caso a los tribunales ingleses. Y al final ganaré yo.
El francés todavía tenía sonrisa de jugador.
– Tal vez. Pero con un poco de generosidad te puedes evitar todo eso. Y, además, tu familia me debe algo.
– Eres el hijo bastardo de mi tío. No tienes derecho a alegar nada.
– El duque trató a mi madre despiadadamente.
– Trató a todo el mundo despiadadamente…
El ruido de un alboroto impidió que Tris siguiera con lo que estaba diciendo. Se escuchaban gritos procedentes de abajo. Un estruendo como si se hubiera caído un mueble pesado, remeció el viejo edificio. Después sonó un chillido que fue como un grito.
Tris y Bourreau se miraron, y fueron a abrir la puerta a la vez. El escándalo podía no tener nada que ver con su asunto, pero Cressida… Tenía que ponerla a salvo.
¿Era Miranda? No podía imaginársela provocando un altercado, por lo menos no de ese tipo. Parecía más bien que se trataba de un grupo de borrachos. ¿Tenía que ir? Pero entonces escucharon ruido de botas que subían por la escalera. Él y Bourreau estaban en medio del pasillo cuando los borrachos llegaron en avalancha al final de las escaleras gritando:
– ¡Uhuuu! ¡Ahuu! -No dejaban de golpear todas las puertas.
– ¡Corbeau! -gritó alguien-. ¡Ya te tenemos!
«¡Crofton!»
Tris se volvió a Bourreau, pero su primo ya había salido corriendo por el pasillo hacia el grupo. Después de soltar una maldición, Tris partió tras él. ¡Cressida estaba en las habitaciones de Le Corbeau!
Algunos de los alborotadores entraron en la habitación del fondo y se escuchó el chillido de una mujer. Con un rugido, Tris entró como pudo en la habitación, mientras Bourreau tiraba de un hombre que estaba encima de la cama.
Encima de una mujer.
Tres animales la habían abordado. Tris se encargó de uno al que lanzó contra la pared, antes de darse cuenta de que la mujer era grande, estaba desnuda, y no era Cressida. El hombre al que había golpeado Tris era Pugh, que todavía estaba vestido con ropa estilo Enrique VIII. Bourreau había acabado con uno de los salvajes, y estaba rodando por el suelo con un arlequín y un hombre con ropa normal.
La mujer estaba envuelta en una manta y tenía los ojos desorbitados, aunque parecía segura. Tris se volvió para ir a la otra habitación. ¿Cressida?
Escuchó un crujir de madera en la habitación de al lado y saltó sobre la pelea que se estaba desarrollando en el suelo. Después se quedó paralizado en el umbral. Allí estaba, pálida, con los ojos muy abiertos detrás de los anteojos, y agarrando la figura mientras observaba a Crofton y a su grupo de borrachos salvajes que acababan de derribar la puerta. Después miró a Tris y sus ojos se encontraron durante un instante, pero enseguida volvió la vista hacia Crofton y sus matones borrachos.
Tris tenía todos sus músculos preparados para saltar a su lado, pero en un instante supo que la mejor manera de protegerla era hacerse el duque y no el hombre. La habían atrapado demasiado pronto. Un rápido vistazo hizo evidente que no había señal de que hubiera otra estatua. Se habían equivocado, pero ahora tenía que sacarla de allí sin que le pasara nada. Y para hacerlo, tenía que comportarse como si fuera un completo desconocido. El monóculo le sería útil para su representación.
– ¿Cuál -dijo arrastrando las palabras- es la causa de este alboroto?
Crofton giró sobre sus talones y estrechó los ojos.
– ¿Saint Raven? -Después se dirigió a Cressida-. Bien, bien, bien…
CAPITULO 25
Tris mantuvo una actitud distante, y volviendo su monóculo hacia Cressida le preguntó:
– ¿Y se podría saber quién es usted, madame}
Ella seguía teniendo los ojos muy abiertos, pero ya había recuperado un poco su color. Tal vez por la fe que tenía en él. Y Tris esperaba que estuviera justificada.
Cressida hizo una reverencia.
– Mi nombre es Cressida Mandeville, su excelencia.
– Veo que lo conoce -dijo Crofton con desprecio. Ella simuló muy bien cara de sorpresa.
– Todo Londres conoce al duque de Saint Raven de vista, lord Crofton.
– Y qué está haciendo encerrada en la habitación de un hombre, ¿eh?
– No era consciente de que la habitación estaba cerrada, señor. Entré por la otra puerta.
Entonces llegó el posadero enrojecido y sudoroso con unos cuantos sirvientes.
– ¡He pedido que vengan los magistrados! La ley resolverá todo esto. -Entonces vio a Tris-. ¡Su excelencia! Oh, su excelencia, siento mucho que lo hayan molestado…
Tris levantó la mano y asumió el control. Avanzó por la habitación, se acercó a Cressida y la miró con el monóculo, así como a la estatuilla.
– ¿Esa figura es suya madame? Es muy… peculiar. Vio cómo ella apretaba los labios y rogó que los mantuviera así durante su actuación.
– Pertenece a mi padre, su excelencia.
– Yo se lo gané todo a su padre -dijo Crofton bruscamente-, incluidas esas esculturas picantes. Usted es una ladrona, señorita Mandeville, y concubina de Le Corbeau, y repetiré esto mismo cuando lleguen los magistrados. Esperaré a ver cómo la azotan atada a un carro.
Tris se giró dispuesto a interponerse entre Crofton y Cressida si era necesario. Estaba deseando que hiciera un paso en falso, ya que no deseaba otra cosa más en la vida que golpear la cara de Crofton hasta dejarla en carne viva. Por el momento, había conseguido impedir cerrar los puños.
– Usted se ganó nueve figuras, señor -le dijo Cressida con gélido desdén-. Y puedo demostrar que eran diez. Y lo que no se ganó fueron las posesiones de nuestra casa de Londres.
Crofton gruñó de frustración. Odiaba que Cressida pudiera escapar.
– ¿Y qué pasa con Le Corbeau? Explique si puede qué está haciendo en su habitación.
Antes de que Cressida dijera nada, intervino Tris.
– Y llegados a este punto, Crofton. ¿Qué haces aquí tú?
– Cazando al cuervo. Tal vez ya te habías marchado de mi fiesta, duque, cuando Le Corbeau entró a robar en mi propiedad.
– Es verdad. Fue un asunto muy fastidioso. Pero ¿qué haces aquí? El señor Bourreau está libre de toda sospecha.
– Fue muy hábil eso de utilizar el truco de que uno de sus colegas saliese a los caminos con su atuendo característico. Engañó a los jueces, pero a mí no.
Entonces irrumpió en la habitación Jean-Marie que estaba muy magullado y afectado aunque visiblemente lleno de rabia. Llevaba a su modelo envuelta en una manta y la protegía con el brazo. Hizo que la mujer se sentara en el banco de madera y se dirigió a Crofton.
– ¡Me estás acusando! -le espetó con los ojos encendidos.
Ay, el temperamento francés. Muy útil en ese momento.
– Moi! Un artiste! Un homme innocent! -Iba señalando elocuentemente cada palabra con las manos-. ¡Me acusa a mí, a mí! Se ha demostgado que soy inocente. ¿Qué tiene que haceg un hombge en este desgraciado país paga que lo dejen en paz? ¡Destgozag mis posesiones! Asaltag a una modelo respetable…
– ¿Respetable? -bromeó un tigre con cara de asombro acercándose a la mujer envuelta en una manta. Jean-Marie se dio la vuelta y le lanzó una patada a los testículos. El hombre chilló y rodó agonizante por el suelo hecho un ovillo.
Tris no pudo evitar reírse.
– ¡Bravo!