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Como Tris no sabía si iba a seguir dando patadas a los demás, se volvió hacia Crofton.

– Mi primo, Jean-Marie Bourreau -lo presentó-, al que estoy visitando por asuntos familiares.

– ¿Primo? -explotó Crofton.

– Primo. El hijo natural de mi tío. Te sugiero Crofton que te vayas y que te lleves a tu escoria. Y que le pagues los daños al posadero antes de marchar.

Crofton miró a su alrededor.

– No hasta que no sepa qué está haciendo aquí la señorita Mandeville con esa figura. Sólo tenemos su palabra de que había una en la casa de su padre en Londres. Yo creo que toda la serie estaba en Stokeley Manor, lo que significa que la figura es una de las que robó el Cuervo. Y eso… -dijo con suficiente confianza como para mirar a Tris a los ojos- demuestra que tu «primo» es el Cuervo y que la señorita Mandeville es su cómplice.

Tris casi podía escuchar cómo funcionaba el engranaje mental de Crofton.

– ¿Me equivoco, Saint Raven, al pensar que esa estatuilla en especial era la que tu pequeña delicia turca estaba tan interesada en poseer?

Tris se esforzó por no mostrar ninguna emoción, y volvió a examinar la figura con su monóculo.

– Es tan parecida que podría servir. ¿La tiene en venta, señorita Mandeville?

Ella hizo una reverencia, y él rogó por que sus sonrosadas mejillas se vieran naturales en esa estrambótica situación.

– Sí claro, su excelencia. He venido a ofrecérsela al señor Bourreau, tal como me recomendó un coleccionista de estos objetos. Como usted sabe, señor Crofton -añadió con falsa dulzura- mi familia tiene que vender todo lo que no sea esencial para sobrevivir.

Era un tesoro de mujer.

Sin embargo, esa horrible escena, no haría más que poner clavos en su ataúd. Todos esos hombres, aunque estuvieran borrachos, recordarían el encuentro y hablarían de él. Que ella estuviera ahí en ese momento era muy desafortunado, pero no necesariamente ruinoso. No obstante, podía ser el comienzo de su bajada al infierno si alguien llegase a pensar que Cressida se parecía a la hurí de Saint Raven.

Tris miró a Crofton. Parecía desconcertado, pero no asombrado. Uniendo una serie de cabos podía comprender que se encontraba ante una alianza impura. Pero por otro lado ¿quién iba a creerse que hubiera una relación ilegal entre un salteador de caminos francés, una virtuosa dama de provincias, y un duque? ¿Especialmente cuando la dama virtuosa era la imagen misma del decoro con esa ropa tan aburrida, un sombrero decente y además anteojos?

Jean-Marie se acercó a Cressida, cogió la estatua y la examinó.

– Es un excelente ejemplo de agte egótico del templo de Kashmir, señoguita Mandeville, y aunque me da pena decígselo, no es una ragueza.

Tris se preguntó si su primo tenía idea de lo que estaba diciendo.

– No le puedo ofreceg más de tgeinta libgas por ella. Qué pena que no tenga pagueja.

– Pertenecía a una serie de diez piezas, monsieur. Teníamos otros objetos de la India, pero, por desgracia, la mayoría pasaron a manos de lord Crofton.

– Yo sólo estoy integuesado, perdóneme señoguita, en agte egótico. -Le devolvió la figura-. ¿Sigue integuesada en vendegla?

– Deje que le haga una oferta yo primero, señorita Mandeville -dijo Tris-. Como ha mencionado lord Crofton, conozco a alguien a quien le interesaría mucho esa pieza.

Sin embargo, Tris tenía toda su atención centrada en Crofton. El hombre estaba tremendamente frustrado, y por lo tanto era muy peligroso. Además, el toque de humor de Jean-Marie no mejoraba mucho las cosas.

Crofton miró a Jean-Marie.

– Sigo afirmando que eres el Cuervo, gabacho, y que asaltaste mi casa anoche. Antes de marcharme inspeccionaré este agujero y nadie me podrá detener.

«Bien -pensó Tris-. Todavía voy a tener la oportunidad de darle una paliza.»

– Olvidas, Crofton, que el señor Bourreau es el hijo de mi tío… y por lo tanto está bajo mi protección.

– Protección -dijo Crofton gruñendo con la cara enrojecida-. ¡Hablemos de protección! Esa mujer -señaló a Cressida con un dedo- que parece tan mojigata y decente, era tu acompañante en Stokeley Manor, y estaba vestida de acuerdo a su verdadera naturaleza. Y es una conocida seguidora de Le Corbeau…

– ¡Es evidente que no! -gritó Cressida.

Tris volvió a levantar la mano, volvió su monóculo hacia ella y la miró de arriba abajo.

– Crofton, creo que estás loco -le respondió de la manera más ácidamente descreída que pudo.

Crofton se volvió a sus seguidores.

– ¡Vosotros visteis a la hurí de Saint Raven! -gritó-. Es ella. ¡Es ella! Y además esa tipeja tuvo el descaro de actuar de manera mojigata y decente conmigo. Y no me extraña que se haya dejado secuestrar por Le Corbeau. ¡Todo era una trampa!

– Deliras -dijo Tris.

Crofton soltaba saliva por la boca al hablar.

– ¿La hurí de Saint Raven? -dijo Pugh tambaleante y agarrándose la cabeza-. ¿Dónde? Me gustaría probarla.

Tris no se permitió darle una lección tal como había hecho Jean-Marie con el tigre. En cambio, señaló a Cressida.

– Lord Crofton piensa que la señorita Mandeville estaba conmigo en la fiesta.

Pugh se quedó mirando y negó con la cabeza.

– Empiezo a sospechar que este hombre está loco. Esa hurí era un bocado muy apetecible.

Tris observó que las rojas mejillas de Cressida adquirían un tono más intenso, y deseó poder tranquilizarla diciéndole que ella era el bocado más apetecible que podía imaginar.

Se dirigió a Crofton.

– Puesto que la señorita Mandeville parece no tener protección masculina, y has relacionado su nombre con el mío, me veo en la obligación de defender su honor. ¿Quieres llevar esto aún más lejos?

Sir Manley Bayne, que estaba lo suficientemente sobrio, agarró a Crofton del brazo.

– Debe de ser un error, Croffy. Recuerdo a esa delicia turca. De verdad, Croffy, no se parecen. Mira esos rizos y los anteojos, y esa boca estrecha y pequeña. ¿Recuerdas lo que hizo esa chica con el pepino…? No, no es ella.

Crofton volvió a mirar a Tris con odio profundo. Un duque era intocable, pero Cressida…

Cressida ansiaba volver a la corrección convencional y pacífica de Matlock, y Tris sabía cómo eran las ciudades pequeñas. Eran peor que Londres. Un pequeño escándalo te convertía en un leproso, y nunca más podías limpiar tu nombre.

Y comentarios como ése no se podían detener, ni siquiera con un duelo. Especialmente un chismorreo tan jugoso que implicaba tanto a un duque como a un salteador de caminos romántico. Lo peor era que matar a Crofton no mejoraría las cosas. Lo único que podría mantenerla segura era que no hubiera ninguna relación creíble entre la señorita Mandeville y el escandaloso duque de Saint Raven.

Le hizo una pequeña reverencia.

– Señorita Mandeville, lamento profundamente que debido a una coincidencia se haya relacionado su nombre con el mío de manera tan desagradable. Dudo que se repita esta calumnia, pero si tiene alguna repercusión, por favor infórmeme, y personalmente me haré cargo del asunto. En cuanto a la estatuilla, todavía sigo dispuesto a comprarla.

La miró a los ojos y se dio cuenta de que ella había seguido el mismo razonamiento lógico, aunque desalentador. Quizás había sido más sensata que él y nunca se había hecho verdaderas ilusiones.

– El señor Bourreau la ha valorado en treinta libras, su excelencia.

– Entonces permítame ofrecerle cincuenta para compensar este incidente. ¿Podrá recoger un pagaré en mi casa de Londres?

– Por supuesto, su excelencia.

Sacó un bloc de papel, garabateó su promesa, se la entregó, y ella le dio la figura. No tenía idea de si era la que contenía las joyas, pero iba a estar más segura en sus manos. Si no estaban las joyas, todavía habría que encontrarlas. No pudo evitar sentir que aún tenía esperanzas y que esa aventura aún no había terminado. Entonces dirigió una mirada fría a Crofton y a sus amigos.