– No entiendo qué hacen todavía en esta habitación.
Todos se dispusieron a salir, incluso Crofton. Tris los siguió para asegurarse de que iban a pagar los daños que habían producido, y en ese momento, ya muy tarde, llegó el magistrado local con refuerzos. Tris dejó que Crofton tratara con él, pues sabía que todo se suavizaría con una pequeña conversación y algo de dinero. Un vizconde era casi tan inmune a la ley como un duque. Pero Crofton no se echó atrás.
– Hay gato encerrado en todo esto, Saint Raven y, maldita sea, lo descubriré.
La paciencia de Tris se agotó por completo y se sorprendió de que nadie escuchara su chasquido.
– Si vuelves a hacer que te tenga que prestar atención, Crofton, te aplastaré como el insecto que eres.
Parecía una frase de su tío, pero por una vez a Tris no le importó. Le gustó ver cómo el vizconde empalidecía, y la manera en que sus amigos se apartaron, pero hubiera preferido haberle roto los huesos con sus propios puños.
Cuando el pasillo se vació, se tomó un momento para relajarse. Habían ganado una batalla, pero había que terminar la guerra. Crofton no repetiría abiertamente sus acusaciones, pero los otros podrían describir el encuentro, y Cressida no se libraría de los chismorreos. Estaba seguro de que Crofton encontraría alguna manera de verter su veneno de manera que no se le pudiera acusar directamente de haberlo hecho.
Lo mejor es que su primera acción fuese un ataque preventivo. Volver a Londres lo antes posible y hacer circular otra historia. Que Crofton se había comportado de manera abyecta y estúpida con la pobre señorita Mandeville, insultándola, mientras ella intentaba conseguir un poco de dinero para evitar que su familia tuviera que ir a una casa de caridad.
Cuando regresó a las habitaciones de Jean-Marie encontró que su primo y Cressida estaban charlando en el salón. Tris deseó que ella no hubiera sido demasiado confiada. Jean-Marie podía parecer un aliado, pero era un sinvergüenza y un chantajista, y no había que darle nuevas armas.
– ¿Tu modelo? -preguntó.
– Se está vistiendo y enseguida se magchagá. Pensé que necesitábamos tiempo y pgivacidad.
– Sin duda no hay motivos para que la señorita Mandeville siga entreteniéndose. Debo llevarla a casa.
Cressida lo miró.
– No puede ser. ¿Qué iba a parecer?
– Que soy un caballero -replicó él-. ¿Qué otra cosa puede hacer el duque de Saint Raven con una dama extraviada con la que ha trabado amistad en una posada?
– ¿Llevarla a un carruaje público?
– No.
– ¿Una hurí en una orgía? -dijo Jean-Marie cuando se quedaron en silencio.
– No -dijo Tris volviéndose hacia él.
Su primo rápidamente levantó una mano para disculparse.
– ¡Es demasiado! Claro que es imposible.
– La señorita Mandeville y yo nos acabamos de conocer.
Jean-Marie abrió y cerró los ojos, y se encogió de hombros.
Tris se dio cuenta de que estaba permitiendo que saliera la enorme rabia que sentía, y no parecía capaz de controlarse. Entonces recordó otros aspectos interesantes.
– ¿Entraste en la propiedad de Crofton durante una orgía y le robaste?
– Y ¿por qué no? -Jean Marie cambió al francés-. Supe lo de sus fiestas salvajes, y como pensé que esos encuentros duraban varios días, los que se quedaran no estarían en condiciones de oponerse a mí ni a mis amigos. Y no lo estaban. Los invitados no llevaban más que baratijas, por desgracia. Pero ¡había muchas cosas interesantes! Como algunas estatuillas como la que le compraste a la señorita Mandeville. ¿Cómo puedes explicarlo?
Tris se dio cuenta de le estaba tendiendo una trampa, y se puso a pensar una respuesta rápidamente, pero Cressida habló primero en correcto francés.
– Es bastante simple, señor. Como ya se hado cuenta, mi padre perdió casi todo jugando a las cartas con Crofton. Después supe que usted le había robado una de las figurillas a alguien que salía de la fiesta. Y pensé en robársela a usted. No es más que una pequeña parte de la historia, pero es algo. Esos objetos son los recuerdos que trajo mi padre de la India.
– Pero ¿cómo supo -preguntó Jean-Marie amablemente- que yo era Le Corbeau? Se supone que soy inocente.
Tris intervino:
– Lo sabía yo, y en un arranque de locura traje aquí a Cressida. No hace falta que entremos en esto, pero lo único que pedimos es que no haya un escándalo. -Miró a su primo a los ojos-. Acepto tu propuesta: Le Corbeau deja de volar, y tú regresas a Francia y te quedas allí. ¿Está bien?
– ¿Propuesta? -preguntó Cressida mirándolos a los dos.
– Mi primo ha creado una situación por la que me… convendría compartir con él mi gran fortuna.
– ¡No lo puedo permitir!
– Esto no tiene nada que ver contigo. La verdad, Cressida, es que es anterior a nuestras aventuras.
– Es verdad -dijo Jean-Marie-. Pensé que como único hijo del antiguo duque, por justicia se me debía algo. Tal vez el propio ducado.
– ¿Qué? -dijo Cressida interrumpiéndolos. Tris la cogió del brazo.
– Como has dicho tú misma, ahora no tenemos que entretenernos. Te lo explicaré todo en otro momento.
– ¿En otro momento? -repitió ella con voz débil.
– Así por lo menos, este estrambótico encuentro me dará una excusa para hacerte una visita. Tengo que asegurarme de que te recuperarás de estas abrumadoras emociones y peligros.
– ¿Me ves demasiado tranquila? -replicó-. Si te vas a sentir más satisfecho me puedo desmayar.
Jean-Marie se rió.
– ¡Una mujer con temperamento! Tienes que hacerte con ella, primo.
Tris lo miró.
– Ah. Una pena…
La boca de Cressida amenazó con ponerse a temblar, pero se contuvo, y entonces recordó al desagradable amigo de Crofton mirando con desdén su «pequeña boca estrecha». Se quitó los olvidados anteojos y se los metió en un bolsillo, pero eso no hizo que cambiara su poco favorecedor atuendo, su cara lavada, o su apretada boquita.
Bourreau levantó la tapa del banco y sacó la palanca.
– Un auténtico robo -señaló abriendo el cofre mientras la miraba-. He tenido suerte de que sólo se haya podido llevar una pieza antes de que la interrumpieran.
Sospechaba algo, y la fuerza de ella estaba a punto de agotarse. No sabía cómo responder a eso.
Tris se adelantó y miró dentro del cofre.
– ¡Una serie! Me gustaría comprarla entera. Y por supuesto se la pagaré a la señorita Mandeville.
– Pero si éste es el premio a mi trabajo, primo.
Cressida observó que Tris miraba al francés con una fuerza especial.
– ¿Derecho fundamental y justicia?
Bourreau se encogió de hombros y miró a Cressida.
– Le regalo la serie, señorita Mandeville, así como el resto de los tesoros de la India que saqué de Stokeley Manor. Los objetos de su padre, sus recuerdos sentimentales. Lo correcto es que se los devuelva a él.
Cressida se inquietó por si había alguna trampa en lo que decía, pero no supo qué hacer, así que dijo: -Es usted muy amable. Gracias.
Tris y su primo se miraron el uno al otro. El parecido entre ellos era más evidente en la manera de comportarse que en el aspecto físico. -¿Lo llevarás todo a la casa de la señorita Mandeville? -Por mi honor de francés. Tris asintió con la cabeza.
– Entonces también tendrás que venir a verme para organizar los detalles finales.
El francés movió la cabeza con una expresión extraña casi de arrepentimiento. A Cressida, por su parte, le preocupaba que Tris estuviera comprando su seguridad, pero ya no tenía energía para replicar, así que dejó que la acompañara fuera de la habitación.
Sin embargo una vez en el pasillo se detuvo.
– Tris… Saint Raven. De verdad prefiero regresar a Londres en el carruaje. Iré segura y no puedo… «Soportar una larga despedida», -lo pensó, pero no pudo decirlo.