Tris cerró los ojos un momento.
– Muy bien. Como has dicho antes, irás lo suficientemente segura.
La acompañó a la posada donde paraba el carruaje público y le compró un pasaje, dando la excelente impresión de que era un duque cumpliendo con sus obligaciones con una modesta empleada. No obstante, cuando se lo entregó, le preguntó en voz baja:
– ¿Y las joyas?
Ella se hinchó de orgullo.
– Están en mi bolsillo. Las acababa de sacar cuando irrumpió Crofton.
– Bravo, mi indómita señorita Mandeville. ¿Sería sensato irte a ver mañana? Me gustaría hacerlo.
– ¿Por qué no?
– ¿Has dicho que tu madre conoce nuestra aventura?
– Oh, sí. -Parecía que había sido hacía un año, aunque había ocurrido esa misma mañana-. No creo que te golpee con un taburete. Al fin y al cabo, habremos regresado a casa antes de que se haga de noche. -No le hizo saber que le había confesado a su madre muchas cosas-. Además, quiero saber la historia de tu primo. ¿Estás seguro…?
– Completamente. No generará ningún escándalo. Me aseguraré de eso.
– Fui yo la que insistió en venir -dijo ella.
– No podíamos prever que iba a aparecer Crofton. Si no hubiera sido así, todo hubiera sido más relajado.
Mientras hablaban, a Cressida le llegó al corazón ver cómo él se despedía con los ojos. Todavía iban a verse al día siguiente, pero el viaje ya había terminado. Enseguida un estruendo avisó de que el carruaje se estaba aproximando. Él anhelaba tanto como ella un último beso, pero ¿cómo saber si alguien podía estar mirando? Incluso esos preciosos momentos de despedida estaban siendo una locura.
Cuando llegó el carruaje, rápidamente aparecieron unos mozos de cuadra para cambiar los caballos. Cressida tuvo sólo un instante para mirar a Tris, y después corrió a enseñar el billete que le daba derecho a subir al vehículo. En el momento en el que se apretujó en medio de un asiento, el vehículo ya estuvo preparado para partir, y tuvo que dejar que se la llevara sin poder siquiera hacer un gesto con la mano. De todos modos, un simple gesto parecía completamente inadecuado para terminar con esa parte de su vida. El fin de los viajes de Cressida Mandeville.
No se había encontrado con dragones, serpientes o cocodrilos, pero había conocido a criaturas igualmente fantásticas como duques, prostitutas y salteadores de caminos. Y entre ellas, había encontrado y perdido el tesoro más precioso de todos.
Jean-Marie Bourreau se había quedado pensativo mientras observaba desde la ventana cómo se marchaba el pesado carruaje público, y después su primo en un magnífico cabriolé tirado por caballos de gran calidad.
Por lo tanto, la aventura había terminado, y parecía que iba a obtener lo que había venido a buscar: cumplir con la promesa que le había hecho a su madre de obtener el dinero para poder vivir como un caballero artista en Francia. Era su derecho, aunque fuese menos de lo que le había prometido su padre. Sin embargo, sentía remordimientos. Había descubierto que su primo, a quien creía que iba a odiar, le gustaba bastante. Se encogió de hombros. Iba a conseguir un acuerdo, pero no al precio de sus necesidades.
Dio la espalda a la ventana y se dispuso a terminar la obra que tenía en el caballete. Tenía que acabar algunos encargos, todos retratos muy decorosos. Después iría a Londres y negociaría con su primo. Y por fin, gracias a Dios, tomaría un barco a Francia, y podría explicar en la tumba de su madre que había conseguido que el duque de Saint Raven pagara. En Francia podría volver a llevar una vida civilizada. No se podía imaginar por qué diablos Napoleón siempre había querido invadir Inglaterra.
Acababa de terminar su trabajo cuando se abrió la puerta y entró una mujer en la habitación. Llevaba un elegante vestido azul. La reconoció y se inclinó ante ella.
– Madame Coop.
Ella cerró la puerta.
– Usted me ha robado algo, señor.
Era una deliciosa sorpresa, tanto porque era una dama como porque hablaba un francés aceptable.
– ¿Ah, sí?
Su vestido azul oscuro hacía juego con unos ojos encantadoramente seductores.
– Si lo ha hecho, monsieur, le pagaré muy generosamente…
Ella se pasó lentamente la lengua por los labios, que sin duda estaban pintados, de manera muy experta, aunque con tanta sutileza que aún así seguía pareciendo una dama.
Jean-Marie suspiró de placer y se acercó a ella.
– Que usted me pague, madame, para mí es algo más precioso que el oro y los rubíes. Pero lamentablemente, no tengo nada que vender.
Ella levantó una ceja.
– ¿No?
– Está contemplando a un loco que en un ataque de locura devolvió esa estatuilla a su verdadero propietario.
– ¡La verdadera propietaria de esa figura soy yo, señor!
– Por desgracia no. Es un caballero llamado Mandeville.
Las cejas arqueadas de la mujer se contrajeron e hizo un gesto de perplejidad.
– ¿El mercader que lo perdió todo jugando con Crofton? ¿Qué locura le ha llevado a hacer eso? Si pertenecía a alguien, era a Crofton. -Se giró para dar unos pasos por la pequeña habitación tremendamente enfadada-. Que se lo lleve el diablo, señor. No tenía derecho a hacer eso. ¡Esa estatuilla era mía!
– ¿Por qué le importa tanto, mi hermosísima dama? Esa estatuilla valía unas treinta libras. Claro que -dijo de pronto pensativo- como parecía que la quería tanta gente…
Ella se detuvo para mirarlo.
– ¿Qué? ¿Quién?
Jean-Marie consideró el daño que podía hacerle a su primo y a la interesante señorita Mandeville, aunque, por naturaleza, siempre había sido muy despreocupado.
– Estuvo aquí el duque de Saint Raven. También la quería, según dijo, para regalársela a una hurí. Decidió comprársela a los Mandeville.
– Maldito hombre ¡me ha engañado! -Pero entonces se encogió de hombros y sus labios formaron una sonrisa irónica-. Al parecer, me he arrastrado por la cama al alba y he viajado tan lejos para nada.
– ¿Para nada? -Jean-Marie se aproximó a ella y le cogió una mano-. Tengo una cama, hermosa dama, si desea compensar el tiempo perdido.
Ella lo miró como si fuera una duquesa que observa a un campesino.
– No creo que pueda pagarme, monsieur. Él le tiró la mano.
– Tal vez madame, eso lo podamos discutir en la cama. Ella se resistía.
– Yo no hago negocios de esa manera.
Pero tampoco intentó liberarse y en sus ojos se veía diversión, intriga, y tal vez excitación. Él había crecido en compañía de prostitutas, y sabía que muchas retenían su don más preciado para permitirse sentir verdadero placer en las momentos apropiados.
– Entonces quizás esto no sea asunto mío. No sólo soy salteador de caminos, mi adorable Miranda. ¿Está segura de que usted no es sólo puta? ¿No podemos hacer lo que nos apetezca sin tener que estar pensando en los negocios?
Levantó las manos y le sacó el encantador y elegante sombrero, y ella continuó sin oponer resistencia.
CAPITULO 25
Cressida llegó a su casa en un carruaje de alquiler, y cuando su madre abrió la puerta, vio en sus ojos una enorme ansiedad. En cuanto entró le dio un fuerte abrazo.
– ¡Funcionó! -exclamó ocultándole los aspectos más sórdidos-. Las tengo.
Cuando se separaron, hizo que su madre la acompañara a su habitación. Cerró la puerta, escarbó en el bolsillo y sacó un puñado de joyas relucientes que puso en las manos de su madre, que se las quedó mirando fijamente.
– Tantas, y tan hermosas… Seguro que con esto tenemos suficiente para financiar nuestra vida. -Después miró hacia ella-. ¿Y tú, querida? ¿Cómo estás?
Cressida le respondió con la mejor de sus sonrisas.
– Como ve he vuelto a casa antes de que me pudieran pervertir. -Se sacó el soso sombrero y el gorro con los rizos antes de volverse a ella-. Y lo mejor, mamá, es que no me quiere. No de la manera correcta. -Mintió porque era lo que deseaba creer-. El duque quiere venir mañana de visita, si usted no se opone, para asegurarse de que estoy bien, y para explicarme una parte de la aventura.