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Su madre la observó un momento, pero después volvió a mirar las joyas.

– No podría negarme, ¿verdad?

– También ha conseguido que nos devuelvan la mayoría de los objetos de la India que había en Stokeley.

– ¿Cómo?

– Es una larga historia…

Pero aún así no le llevó mucho tiempo contarle lo que había ocurrido en Hatfield.

– Oh, querida -dijo su madre-. Habrá comentarios.

– ¿Comentarios? -dijo pensando en cómo podría adivinar su madre lo de la orgía y la hurí.

– Por haber ido sin acompañante, y haber estado a merced de unos hombres borrachos. Parecerá algo bastante temerario, querida.

En otro momento, ella también hubiera temido algo así, pero ahora le parecía una nadería.

– No creo que arruine mi reputación, mamá.

– Es verdad, y nadie tiene por qué saber qué hiciste una parte del camino con el duque. Eso fue una locura, querida, y nunca debí habértelo permitido. Dios sabe lo que podría pasar si alguna vez se enteran de esto en Matlock.

Era verdad.

– Lo sé, mamá, pero no te preocupes. Ya me he acostumbrado a las dificultades.

Su madre la abrazó.

– Sabía que podía confiar en tu sensatez. Vamos, veamos qué efecto hace este tesoro en tu pobre padre.

Cressida siguió a su madre por el pasillo hasta la habitación de sus padres, incapaz de dejar de pensar que su «pobre padre» había sido el causante de todos sus problemas. Bueno, y también de sus aventuras. Le era imposible pensar en la posibilidad de regresar a Matlock sin haber conocido a Tris, sólo al duque de Saint Raven, al que miraba de reojo en salones deslumbrantes.

Sir Arthur yacía en su cama en el mismo estado que antes, con los ojos mirando al vacío, sin fuerzas y con el aspecto inquietante de no estar ahí. Su madre se precipitó hacia él.

– Mira, querido. Cressida nos ha traído nuestros objetos perdidos. Tus joyas.

Nada. La madre le cogió la mano fláccida, se las puso en ella, y la cerró. ¿Había arrugado la frente?

Cressida se sentó al otro lado de la cama intentando pensar en las palabras más convenientes.

– He recuperado lo que se llevó Crofton. Un par de caballeros me ayudaron. Me han devuelto todas las estatuillas y la mayoría de los objetos más pequeños de Stokeley. Aunque me temo que el bronce de Buda, no. Es muy difícil de llevar a caballo.

¿Sus labios se estaban moviendo hasta formar una débil sonrisa?

¿Qué más decir? Seguramente le gustaría escuchar que Crofton había sido derrotado.

– Crofton estaba furioso. Muerto de rabia. ¡Pensé que se iba a caer al suelo echando espumarajos por la boca! Y… -iba a decir algo peligroso, pero necesario- uno de los caballeros que me ayudaron fue el duque de Saint Raven. Acabó con Crofton con una simple mirada.

– Crofton… -dijo con la voz ronca como si tuviera la garganta reseca, pero era una palabra. Además parpadeó y giró la cabeza lentamente para mirar a Cressida y después a su madre.

– ¿Louisa?

Por las mejillas de su madre cayeron unas lágrimas.

– Sí, amor. Y mira, aquí están las joyas. ¿Verdad que aquí hay suficiente para que podamos llevar una vida decente?

Su padre se puso a temblar, tal vez porque estaba regresando la vida a su cuerpo.

– Alabado sea Dios, alabado sea Dios. Oh, Louisa, amor mío, he hecho una locura tan grande.

La madre de Cressida lo estrechó entre sus brazos.

– Lo sé, querido. Y si alguna vez vuelves a ser tan estúpido, ¡te romperé la cabeza con una silla! Sé lo que has estado a punto de hacer, escapándote a ese estado donde no te podía decir todo lo que pensaba como hubiera querido…

Mordiéndose los labios, Cressida salió de puntillas de la habitación. Pensó que sus padres no la habían oído. Aunque estaba emocionada, se preguntaba si su madre lo habría perdonado del todo. Aun así, su padre nunca iba a cambiar su naturaleza, y en los votos del matrimonio se prometía que estarían juntos «en la prosperidad y la adversidad». Eso le hizo pensar en Tris, que había sugerido que su padre era un adicto a las aventuras y al riesgo, y había organizado toda su vida para poder permitírselo. Se dice que los mejores caza ladrones, son ladrones. ¿Había reconocido Tris en él una naturaleza muy parecida a la suya?

Esa era otra razón por la que debía apartarlo a la zona más prohibida de su mente. Ella no era como su madre, y nunca podría tolerar un comportamiento tan complicado, ¡especialmente si había otra mujer! La naturaleza de su madre le había demostrado que tampoco podía depender de ella, ya que siempre aceptaría las ideas de su marido.

Un fondo de ahorros, pensó Cressida mientras se dirigía enérgicamente a su habitación. No sabía exactamente cómo funcionaba, pero una vez que una mujer abría una de estas cuentas, la podía gestionar sola, sin que su padre o su marido pudiesen abusar de su posición.

Y las joyas. Esta vez permitiría que su padre le regalara todas las joyas buenas que pudiera permitirse. Ya no se volvería a ver obligada a tener que lanzarse a aventuras desesperadas en lugares exóticos. Iba a regresar a Matlock y a tener sentido común el resto de su vida.

Tris quiso llegar a su casa sin testigos. Como no se había llevado a ningún sirviente tuvo que dirigirse a las caballerizas y entrar a la casa a través de las cocinas. Sus sirvientes estaban acostumbrados a eso, pero sonreírles despreocupadamente ahora le resultaba un esfuerzo.

En cuanto llegó al vestíbulo sonó la aldaba de la puerta. El lacayo se apresuró a contestar antes de que él pudiera impedírselo, así que en cuanto se abrió la puerta se quedó paralizado delante de su prima mayor, Cornelia, condesa de Tremaine. Siempre había sido una pesada y una amargada, pero ahora que tenía más de cuarenta años, además le había salido bigote y papada.

Fuera lo que fuera lo que estuviera intentando decirle, Cornelia se acercó pesadamente a él, acompañada de su propio lacayo y una doncella.

– Saint Raven, tengo que hablar contigo.

Tris la hubiera echado, pero su obligación era mantener un mínimo de cortesía con sus parientes.

– Claro que sí, prima. Por favor, subamos a mi salón. -Incluso tuvo una sonrisa para el pobre lacayo-. Té, Richard.

No había cambiado el salón, por lo que estaba exactamente como lo había dejado su tío, lo que pareció tener la aprobación de su prima. Sin embargo, en cuanto se dejó caer en el sofá le dijo:

– Necesitas una esposa.

Él miró a su alrededor.

– ¿Para quitar el polvo?

– No, para procrear.

No podría aguantarlo.

– No es una estricta necesidad, prima.

Era muy tonto pensar que diciendo eso la iba a aturullar.

– Para un heredero sí lo es. Como no tienes ni padre ni tutor, mi obligación es hacerte ser consciente de las obligaciones que conlleva tu título.

Sintió que le dolía la mandíbula por la tensión.

– Prima Cornelia, no es un buen momento…

– ¿Tienes resaca? Es posible, siempre andas borracho.

– Claro que no.

Se tuvo que contener antes de empezar a explicarse, pero afortunadamente llegó el té. Todas sus primas, excepto la más joven, Claretta, eran mayores que él y ya estaban casadas antes de que él se trasladara a Saint Raven Mount. Apenas las conocía, pero todas, y especialmente Cornelia, se creían con derecho a dirigir su vida.

Ignoró la taza de té que ella le sirvió.

– Soy perfectamente consciente de mis obligaciones, prima, incluyendo la de tener hijos. Pero acabo de regresar a Inglaterra hace sólo unos meses.

– Has tenido toda una temporada para conocer a las damas disponibles. ¿Qué sentido tiene retrasarlo?

No estaba tan loco como para ponerse a hablar de amor. Cornelia, al fin y al cabo, se había casado con Tremaine, un hombre especialmente desagradable, debido a su rango y por poseer uno de los condados más antiguos de Inglaterra.