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– Uno no se puede casar deprisa.

– Tonterías. Crees que se acabarán tus placeres. Elige a la chica adecuada, y ella no se molestará en saber de tus fiestas salvajes en Nun's Chase, o de tus queridas.

– Ni siquiera tengo una querida.

– Probablemente ése es el problema. Búscate una, y después te casas y sientas cabeza.

Su visión de «sentar la cabeza» casi le pareció divertida, pero enseguida sintió que era algo deprimente. Así era su mundo, y sin duda así sería su futuro, pero no podía pensar en hacer algo como aquello justo en esos momentos.

A menos que Cressida… No. Una vez había barajado la idea, pero ahora no. Nunca podría ponerla en una posición que no fuera perfectamente honorable.

– ¿Bien? -le preguntó su prima-. ¿Qué tienes que decir?

Tomó una decisión enseguida.

– Que me casaré antes de que acabe el año. Conozco mis responsabilidades y tal vez tenga mucho donde elegir.

Ella asintió con la cabeza y se le movió una pluma de su turbante marrón, lo que suscitó en Tris locos pensamientos sobre sultanes y salteadores de caminos.

– Te recomiendo la muchacha Swinamer. Es lo suficientemente guapa como para que te guste y se comportará exactamente como debe. Su madre es amiga mía y la ha educado con mucho esmero. Últimamente hay tantas muchachas con ideas temerarias, que si sus maridos no están sentados junto a la chimenea cada noche se cogen terribles berrinches.

Levantó una mano y Tris tuvo que ir a ayudarla a ponerse de pie.

– Pensaré en todo esto -le dijo.

– Organizaré una fiesta en mi casa y la invitaré. ¿Cuándo estás libre? ¿El próximo fin de semana?

– Tengo un compromiso el próximo fin de semana. -Cancélalo. Invitaré a…

– No. No lo haré obligado, prima.

Lo miró con el ceño fruncido y con cara de disgusto, como si fuera un buldog.

– Qué terco. Es una pena que no te hubieras criado en Mount Saint Raven. Ya te hubieras casado a pesar de ti mismo.

– Lo dudo. -La cogió del brazo y la condujo hasta la puerta-. Cuando sea el momento oportuno te informaré, prima.

Ella se detuvo en la puerta.

– No me olvidaré de tu palabra.

– Yo tampoco. -Tris abrió la puerta y casi la arrojó en manos de sus sirvientes-. Gracias por tu preocupación, prima.

Se quedó mirando para asegurarse de que se iba, y después se dirigió al santuario que era su habitación. En cuanto llegó, se dejó caer en una silla y hundió la cabeza entre las manos. ¿Qué había hecho para merecer tal infierno?

Era fatalista. Había aprendido la lección muy joven cuando sus padres dejaron de existir en un día soleado, llevándose también su vida con ellos. La vida es incierta, hay que vivir el momento y aprovechar las pequeñas alegrías. No daba importancia al hecho de que sus únicos parientes lo rechazaran, pues les estaba muy agradecido a los Peckworth que habían sabido llenar ese vacío. Nunca había esperado demasiado del matrimonio, excepto que hubiera buenas maneras y unos pocos hijos sanos, algunos varones.

Pero durante los últimos días, llegado a ver había las cosas de otra manera. Casarse con una amiga, una colaboradora, una compañera de risas y aventuras; aunque las cosas no eran así. Tales placeres habían sido pasajeros, y no era justo poner a Cressida en una posición para la que no estaba en absoluto preparada. Cornelia se la comería para desayunar.

Se levantó y se sirvió un brandy. El que se tenía que casar era el duque de Saint Raven, no el pobre romántico Tris Tregallows. Se quedó observando el líquido ámbar pensando que era un fatalista. Sólo la muerte lo podría salvar de ser duque, aunque el suicidio le parecía una solución demasiado drástica. Desde que se había convertido en duque no tenía sentido pasarse la vida dando patadas a su condición como si fuera un niño mimado. Se tenía que aplicar en sus obligaciones, y entre ellas se encontraba casarse. ¿Había estado alimentando la esperanza de tener un matrimonio como el de sus padres? Bebió un gran trago dejando que el cálido y aromático licor pasara desde su lengua hasta su mente. Una locura. De todos modos ¿qué sabía un niño de doce años? Podían haberse estado peleando la mayor parte del tiempo y sin embargo mostrar que se llevaban bien ante él.

Se abrió la puerta y se volvió para repeler a quien estaba osando invadir su espacio. Pero era Cary, y a él se lo permitía. Además, lo conocía bien.

– Lo siento -dijo y se volvió para marcharse, pero Tris se lo impidió.

– No, quédate. ¿Una copa de brandy?

– Gracias -dijo Cary y entró-. ¿No van bien las cosas?

– Van perfectamente. La señorita Mandeville tiene sus joyas. Y como gratificación, también tiene las otras estatuas junto a algunas de las demás baratijas de Stokeley.

– ¿Y…? -preguntó Cary, aunque sabía qué le pasaba.

Tris se rió y le hizo un breve recuento de lo ocurrido.

– Vaya. ¿Y Crofton hablará?

– No directamente, pero seguro que no cumplirá su palabra. Aunque, cómo detenerlo sin tener que matarlo.

– ¿Retándolo?

– Matarlo en un duelo me podría poner en entredicho, y de todos modos no serviría de nada. A menos que calumnie directamente a Cressida, y aun así se pensaría que el desafío sería por cuestiones ocultas. Un desastre. Por lo menos ya establecí que tengo derecho a defender su reputación, lo que lo refrenará un poco. Por ahora sólo tenemos que filtrar lo que verdaderamente ocurrió antes de que sus compinches empiecen a hablar.

– ¿La verdad?

– Que la aburrida señorita Mandeville, hija del mercader que perdió su fortuna jugando a las cartas, estaba intentando vender algunas de las posesiones de su padre cuando Crofton y sus acólitos, completamente borrachos, irrumpieron en el lugar y la abochornaron.

– Ah, muy bien.

– No sería malo especular, sólo especular, sobre las habilidades de Crofton jugando a las cartas.

Los ojos de Cary se iluminaron y le ofreció un brindis.

– Muy bien. ¿Vamos?

– Sí. -Tris dejó la copa y después dijo-: ¿Qué podemos esperar del matrimonio? Mi tío era frío, y los Arran simplemente prácticos. Cary apuró su brandy.

– Mis padres parecen estar contentos. Mi hermana mira a su marido como si brillara el sol en su trasero.

– ¿Y cómo la mira él a ella? Cary apretó los labios.

– Como si el sol brillara en otra parte de su cuerpo. Aunque sólo llevan casados doce meses.

– Los recién casados siempre parecen extasiados, pero ¿cuánto dura? ¿Le habré hecho un favor a Anne Peckworth ayudándola a emparejarse a toda prisa?

– Probablemente no, pero por lo menos tendrá un éxtasis breve.

Tris se llevó las manos a la cabeza un momento.

– Le he prometido a mi prima Cornelia que me casaré antes de que termine el año.

– Diablos ¿por qué?

– Tal vez por culpa del diablo -dijo encogiéndose de hombros-. Acabaré con esta indecisión inútil.

– Porque la señorita Mandeville está fuera de tu alcance.

Tris se esforzó por no mostrar sus sentimientos.

– Hubiera sido un error. -Tris le quitó a Cary la copa de la mano-. De todos modos, debemos ir a los clubes para asegurar su reputación.

Pero ¿encontraría un marido que apreciara su espíritu libre, que practicara todos los juegos de cama que ella pudiera imaginar, y aún más? No, terminaría con esos trajes feos y abominables como el que llevaba hoy, siendo la respetable esposa de un profesional aburrido; y siempre diría y haría lo correcto, dedicando su energía a los pobres que lo merecieran. Afortunados mendigos.

Se detuvo en la puerta.

– Oh, Dios. Los Minnows.

– ¿Quién?

– Unos pececillos que cayeron en mi red. Pike se hará cargo de ellos.

¿Qué?