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Tris se rió por la expresión de preocupación de Cary. -No estoy preparado para ir a Bedham todavía. Por lo menos aún no. Vamos.

Mientras bajaban las escaleras, sin embargo, sabía que tenía que hacer algo por los Minnows. Algo, aunque fuera a distancia. No podía tenerlos en la mente todo el tiempo como un constante recordatorio de que había algo por resolver.

– ¿De verdad que le prometiste casarte este año? -le preguntó Cary mientras esperaban sus sombreros, guantes y bastones.

– ¿Por qué no? Estoy pensando en hacer que Phoebe Swinamer sea enormemente feliz. «Si darle fin ya fuera el fin, más vale darle fin pronto.»

– Pero no puedes pensar que el matrimonio se ha acabado en el momento en que uno se casa. El problema del matrimonio es que sigue, sigue y sigue.

– Y así se fabrican un montón de pequeños Tregallows, que es el propósito de ese ejercicio.

Cary miró a su alrededor y dijo tranquilamente.

– ¿No la habías descrito como una muñeca de porcelana con poco cerebro y nada de corazón?

Tris se rió.

– Pero eso es lo que la hace perfecta. No le afectará que yo me pase la mayor parte del tiempo en otras partes y con otras. En un baile me informó que no le importaría lo que hiciera su marido fuera de casa, y que su vida consistiría en saciar sus deseos dentro del hogar. ¿Qué más puede desear un hombre?

– ¿Una mujer y no una esclava?

Entonces llegó el lacayo y Tris cogió sus cosas.

– Qué extraño -dijo y salió de la casa.

CAPITULO 27

Cressida amaneció al día siguiente decidida a solucionar su futuro. ¿Cuándo podrían volver a Matlock?

Su padre había salido de su aletargamiento. Estaba físicamente débil y lloroso por la locura que había cometido. Ella no pensaba que sus lágrimas fueran falsas, pero no creía que sintiera auténtico arrepentimiento. Ya estaba hablando de maneras de hacer una nueva fortuna, y cuando lo hacía sus ojos adquirían un brillo especial. Sí, estaba volviendo a sus cabales, lo que significaba que pronto le exigiría una explicación coherente sobre la devolución de las joyas. Lo mejor para ella era que se le ocurriera alguna. Su madre había aceptado guardar silencio sobre su primera ausencia, por lo que no iba a ser tan difícil.

Quería omitir el nombre de Tris todo lo que fuera posible, pues su padre siempre había fantaseado con que algún día conseguiría un gran marido. Quién sabe qué podría hacer si se le ocurriera que tenía la opción de presionar a un duque para casarse. Cressida se levantó muy erguida. ¡Tris había prometido visitarla ese mismo día! Y aunque en el fondo deseaba que no lo hiciera, ella, como los cirujanos, prefería amputar lo antes posible. Ahora tenía la oportunidad de despedirse de mejor manera y no dejar una herida sangrante.

El reloj marcó las nueve. Faltaba mucho para que fuera la hora de una visita decente. Tenía tiempo para preparase y así no avergonzarlo a él o a ella misma. Sabía que su comportamiento el día anterior había sido una actuación para dar una buena impresión ante esos hombres desagradables, pero aún así se le había grabado en la mente. Aquellos hombres se habían creído que ella no era el tipo de mujer por la que se interesaba Saint Raven. Era convencional, correcta y siempre se comportaba como debía, y después de haber experimentado una indecencia, no se había aficionado a ello. O no al menos en público, en lo que él era un gran experto. Pero podría cambiar…

Rechazó esa locura. Tris, como su padre, era peligrosamente encantador, pero adicto a las emociones fuertes y los lugares salvajes. Si tuviera que elegir entre eso y ella, elegiría lo primero. Y Cressida no era como su madre que soportaba algo así con mucha calma. Un dolor breve pero intenso. Y casarse con un hombre como Tris significaba sufrirlo toda la vida. Se abrazó las rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas. Durante la última temporada había observado a algunos matrimonios elegantes y estériles, en los apenas se podía ver al marido y a la esposa juntos. En esos casos el marido mantenía una querida, y una vez que la esposa había traído al mundo un par de varones con aspecto de poder sobrevivir, también ella tenía amantes. Discretamente, siempre discretamente, pero aún así siempre era algo que se sabía. En las fiestas de varios días en una mansión, al marido y a la esposa se les daban habitaciones separadas, y si era posible sus amantes se instalaban cerca de ellos. A veces para los anfitriones suponía un verdadero reto poder organizado todo.

La noche de pasión de Cressida la acercaba más a las esposas licenciosas, pero, al mismo tiempo, detestaba el adulterio. Cuando se casara quería ser fiel y esperaba lo mismo de su marido. Lo que Tris, sin duda, consideraría ridículo.

Se bajó de la cama para echarse un poco de agua fría en la cara. Mientras se ponía las medias, se dio cuenta de que una vez que se extendiera la noticia de que su padre se había recuperado, sus amigos de la ciudad comenzarían a hacerle visitas. Tendrían que contratar nuevos sirvientes y habría que decirle a la cocinera que preparara tartas y otras exquisiteces. Mientras se encogía para ponerse un corsé, pensó que habría que convertir por lo menos una de esas gemas en dinero contante y sonante para cubrir sus necesidades inmediatas. Se preguntaba cuánto valdrían exactamente. Necesitaba saberlo, ya que esas joyas tendrían que financiarlos para siempre.

Mientras se abrochaba el corsé por adelante se dio cuenta de que se estaba vistiendo al estilo de Matlock. ¿Debía llamar a Sally y ponerse un vestido londinense? No. Mejor despedirse de Tris así. Para él sería más fácil.

«Parecería como si yo fuera un rico marido muy bien vestido y con un buen vehículo que lleva a su esposa vestida de sirvienta.»

Eligió un vestido color verde pálido con una franja beige y un estrecho y elegante lazo blanco. Se acordaba cuánto le había gustado ese traje cuando lo encargó en la primavera del año anterior, pero ahora lo veía desagradablemente cursi y aburrido.

«…ese traje y ese sombrerito son de alguien con poco dinero.»

Se agachó, se lo puso y se ató la pechera.

Tris, desabrochando la parte de atrás de su vestido…

Se deshizo la trenza y se cepilló el cabello las obligadas cien veces, intentado con todas sus fuerzas evitar recordar cómo él había cepillado el pelo. Después lo volvió a trenzar y se hizo un moño en la parte alta de la cabeza. Que no le tapaba el cuello. Apretó los ojos con fuerza como si con eso pudiera acabar con sus vividos recuerdos. Si seguía así ¡tendría que cortarse todo el pelo!

Se puso un sombrero con tirabuzones y ató las cintas pensando que uno de los beneficios de regresar a Matlock era que pronto acabaría con esas tonterías. Sus manos se quedaron quietas. Tal vez no.

¿No era una parte esencial de su disfraz? ¿Si se encontraba con alguno de los caballeros de la orgía, si había cualquier comentario, cualquier especulación, no se parecería su rostro sin rizos a Roxelana?

Estudió su imagen. Sin los rizos y sin las cejas oscurecidas y los labios rojos seguramente parecía distinta. El color de su vestido no mejoraba su aspecto, y era algo que no había reconocido hasta ahora. Cogió sus anteojos y se los puso apretando los labios un poco, como la señora Wemworthy…

«¡Ay, no pienses en eso!»

Pero todo el mundo se tomaría a broma que alguien pensara que la mujer que había en el espejo pudo haber sido una desvergonzada hurí en una orgía. En realidad, a ella misma le costaba creérselo.

Estaba con su padre y acababa de explicarle detenidamente lo que había ocurrido en Hatfield cuando llegó Sally, muy emocionada, para anunciar que el duque de Saint Raven estaba abajo esperándola. Cressida se levantó rogando que no se apreciara que su corazón palpitaba con tanta fuerza.

– Dígale que estaré con él enseguida. Y avise a mi madre.

Su madre estaba en la cocina ayudando a organizar las cosas para ese momento, así como para los amigos de su marido que esperaban que vinieran. Su padre estaba en un sofá y no en la cama, pero aún se encontraba débil.