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– Padre, ¿tal vez desee hablar con él?

– No, no. Un alocado, según recuerdo. Pero parece que se comportó bien en Hatfield.

– Sí, y debemos agradecérselo.

Había algo en la mirada de su padre que la ponía nerviosa, pero él se limitó a sacar una joya del pequeño tesoro que tenía sobre la falda. Un rubí tan grande como el huevo de un petirrojo.

– ¿Sabes cuánto vale, Cressy?

– Suficiente, espero.

Él lo movió e hizo que reluciera con la luz del sol.

– ¿Suficiente para qué? Bien vendido podría costar más de diez mil libras.

Cressida se apartó.

– ¡Si hay diez!

– Con un par de ellos podrías comprarte un duque si lo deseas. Sé que Saint Raven necesita dinero. Su tío agotó y gestionó mal sus propiedades.- La miró a los ojos-. ¿Quieres que sea tuyo?

Le produjo mucha risa la idea, pues su padre no sabía que estaba siendo tan tentador como el mismo Satanás.

– No, padre -dijo lo más tranquila y firmemente que pudo-.

Gracias, pero ¿verdaderamente me puede imaginar usted como duquesa? Y como usted ha dicho, es un salvaje. He escuchado… le he escuchado mencionar que celebra fiestas lujuriosas en sus casas. Su padre hizo una mueca.

– Es verdad, y han sido la comidilla de la ciudad. Veo que no eres de las que harían la vista gorda a algo así. Pero bueno, haré exactamente lo que deseas. Hay suficiente dinero aquí como para asegurarte el futuro que quieras, Cressy.

Cressida se lo agradeció, y después se escapó. En el pasillo se apoyó contra la pared un momento luchando para no llorar. La mayoría de los problemas se podían resolver con dinero, pero el suyo no. El suyo no. Después se fue a su habitación para pasarse un paño frío por los ojos y para asegurarse de que estaba lo suficientemente pulcra. Entonces bajó corriendo al salón.

Tris estaba solo. ¿Había sido su madre discreta y se iba a mantener alejada? Ella no había querido que fuera así, pero ahora estaba contenta de que no hubiera venido. Cerró la puerta. Nadie en la casa iba a vigilar que mantuvieran el decoro.

– Has estado llorando -le dijo él.

– Un poco. Tiene que ver con mi padre. -Eso no era completamente falso.

– ¿Todavía se encuentra mal?

Ella movió la cabeza y se despegó de la puerta. Se acercó a una silla se sentó y le hizo un gesto para que se sentara en el sofá.

– No, está mejorando, gracias a Dios. Las joyas le hicieron reaccionar. Ahora tiene que recuperar sus fuerzas, y meditar su culpa, aunque por naturaleza es muy positivo. Ya está pensando en cómo conseguir más dinero.

– No será en las mesas de juego, espero.

– Indudablemente, no.

Ay, pero esa situación le producía un placer doloroso que no se esperaba. El dolor planeaba a su alrededor, pero hasta que no se fuera para siempre no la atacaría. Pero verlo, estar con él, hablarle en una situación tan normal le proporcionaba una alegría reconfortante.

– Como me sugeriste -dijo ella lo más suave que pudo- al parecer todo fue por culpa del aburrimiento. Ahora que tiene el reto de hacer una nueva fortuna vuelve a estar de buen humor.

– ¿Y su hija audaz?

Cressida sabía qué imagen quería proyectar.

– Sólo quiere seguridad. Seguridad y una vida tranquila.

– Ya veo. Entonces la tendrás.

Ella tuvo que mirar hacia abajo un momento.

– Gracias. -Y cuando pudo lo volvió a mirar a los ojos-. Ahora cuéntame la historia de tu primo. ¿De verdad que le vas a dar parte de tu fortuna?

Se acordó de los comentarios de su padre sobre las finanzas del ducado. Y seguro que estaba bien informado.

Tris cruzó las piernas aparentemente relajado.

– Prepárate para conocer a una extraña saga. Te expliqué la desesperación que tenía mi tío por tener un hijo, y la tremenda rivalidad que había entre él y mi padre. Parece que eso hizo que el duque rozara los límites de lo permitido.

– Viajaba frecuentemente a Francia, antes de la revolución, por supuesto, y allí mantenía a una serie de queridas. En una visita conoció a una hermosa viuda de una zona de campo con dos hijos, Jeanine Bourreau. Jean-Marie insiste en que su madre era virtuosa, pero sospecho que estaba buscando a un protector con dinero. Como resultado se volvió a quedar embarazada, y el duque ideó un plan. Mi madre acababa de anunciar que iba a tener un hijo, y eso parece ser que fue la gota que colmó el vaso.

– Tal vez mi tío se acordó del hipotético origen del hijo de Jacobo II. Se decía que había sido metido de contrabando en la sala de partos dentro de un calentador para sustituir a un niño nacido muerto. Por lo que parece, mi tío le prometió a Jeanine Bourreau que si su bebé era un niño, haría que llegara a ser duque, pues la duquesa había anunciado que ella también esperaba un hijo. Durante el embarazo, Jeanine viajaría a Inglaterra, y cuando naciera su hijo, dirían que era el que había tenido la duquesa.

– ¡Madre de Dios! ¿Y la duquesa aceptó?

– Parece ser que sí. Recuerda que estaba desesperada por ser la madre del siguiente duque, y por contentar a su marido.

– ¿Y qué salió mal? ¿El bebé fue otra niña?

– El hijo fue Jean-Marie, pero desgraciadamente les ocurrió un incidente menor: la Revolución Francesa. El paso a Inglaterra estaba bloqueado, y Jean-Marie llegó antes de que pudieran salir. Ella consiguió hacerle llegar una carta al duque, pero como se había desbaratado el plan, la rechazó.

– Pobre mujer.

– Muy cierto. Sobrevivió haciéndose amante de una sucesión de hombres, y he sabido por Jean-Marie que educó muy bien a sus hijos, e incluso consiguió que él se formara como artista. No parece que hubiera decidido hacer nada hasta que Napoleón fue derrotado la primera vez, en 1814. Entonces ella y un amante urdieron un plan descabellado.

– ¿Qué? Jean-Marie ya no podía ser cambiado por una hija.

– No, pero durante la revolución se destruyeron muchos registros importantes. De modo que falsificó la inscripción de su matrimonio, para que no apareciera Albert Bourreau, sino Hugh Tregallows, entonces heredero del condado de Marston.

Cressida lo miraba fijamente.

– ¿Y eso hizo que Jean-Marie se convirtiera en su legítimo heredero? Santo cielo… ¿Y qué lugar ocupaban sus hermanos mayores?

– Por entonces, ellos por desgracia ya habían muerto. Uno de una enfermedad y el otro en la guerra. Tal vez eso agudizó el ingenio de la mujer, o quizá simplemente le allanó el camino. Como ves, su astuta estrategia no consistía en esperar a que el duque muriera, sino en convencerlo de que la respaldara.

La mente de Cressida se adelantó.

– Él no lo hubiera hecho. No podía

– ¿No? Nunca lo sabremos, pero mi dinero me dice que debió de haberlo aprovechado.

– Pero hubiera hecho que su verdadero matrimonio se invalidara y que sus hijas se convirtieran en bastardas.

– ¿Para conseguir la victoria finaclass="underline" un heredero? ¿y eliminar al hijo de su hermano, es decir a mí? Creo que sí que lo hubiera hecho. Y lo irónico es que le hubiera encantado.

Cressida se puso la mano en la boca.

– ¿Qué ocurrió?

– ¿Qué ocurrió? Ay, otro giro de la historia. Cuando Jean-Marie y su madre se estaban preparando para viajar a Inglaterra, Napoleón se escapó de Elba, y nuevamente entramos en guerra. Jean-Marie estaba completamente convencido de que no iba a entrar en el ejército, pero entonces de pronto su madre tuvo unas fiebres y murió. Sin embargo, antes le hizo prometer que él seguiría con su plan. Ya te he contado que podría llevarse al teatro.

– ¿Y entonces?

– Entonces Waterloo nos devolvió la paz, y Jean-Marie finalmente pudo viajar a Mount Saint Raven, pero llegó días después del funeral de mi tío. Para su mayor frustración yo me encontraba en el extranjero, y entre otros lugares, en Francia.