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Cressida se mordió los labios.

– ¿Es incorrecto sentir un poco de lástima por él?

– Incorrecto no, pero sí innecesario. Su estancia aquí le produjo una profunda aversión a Inglaterra, especialmente nuestro clima y la comida, y se dio cuenta de que tenía aún menos interés que yo por convertirse en un duque inglés.

– Es difícil imaginarlo. -Ella se dio cuenta de que estaba compartiendo algo muy intimo y que eso era peligroso, pero hubiera bebido veneno si le sentara tan bien como esa conversación-. Entonces se estableció a esperar a que regresaras ganándose la vida como artista. Pero ¿por qué Le Corbeau?

– Pura pillería, pues tiene la vena astuta de su madre. Sopesó si debía llamar a mi puerta con sus pruebas, o hacer que yo me presentara ante él, y prefirió esto último.

– Pero me has dicho que no quería el ducado.

– Es verdad, pero lo que le prometió a su madre era simplemente que haría que el duque pagara. Y ahora lo que quiere es el suficiente dinero para vivir elegantemente en Francia, y ser un caballero artista que puede acceder a los círculos más elegantes. He aceptado concedérselo.

– ¿Por qué? Puedes desmontar su farsa. Le llevaría años intentar demostrar sus alegaciones, y su caso es muy débil si no tiene el apoyo de su padre. Tris sonrió.

– Me encanta cuando argumentas, amor… -dijo y dejó de sonreír y después miró hacia abajo.

Amor, la palabra prohibida. Volvió a mirarla sonriente.

– Sospecho que es un jugador muy perseverante. Si me niego, puede acudir a los tribunales, y no tengo ganas de destapar un escándalo de tal magnitud y lo que eso me costaría. Y -añadió- es justo tenerlo en consideración. Se le debe algo. Es mi primo, eso lo creo; fue concebido como parte de un plan ruin, y su madre fue vergonzosamente utilizada. He aceptado entregarle veinte mil libras.

No era una gran suma de dinero para un ducado. Pero ¿cómo estaba ahora el suyo? Cressida se trasladó al sofá para situarse junto a él. No pudo evitarlo.

– ¿Lo puedes pagar?

– Querida mía, soy el duque de Saint Raven.

– Cuyo patrimonio se ha visto reducido por las extravagancias de tu tío, y porque desvió todas las propiedades posibles a sus hijas para que no pudieran caer en tus odiadas manos.

Tris apretó los labios.

– ¿Cómo sabes eso?

– Mi padre es un hombre de negocios. En el centro financiero de Londres saben todo sobre estos asuntos.

– Que me lleve el diablo; espero que me sigan prestando dinero -dijo cogiéndole la mano-. No te tienes que preocupar por eso, Cressida. Todo esto hubiera ocurrido igual aunque yo no hubiera atracado el carruaje de Crofton, aunque tú no hubieras aceptado ese acuerdo, o aunque tu padre no hubiera jugado nunca.

– Me preocupa porque soy tu amiga, Tris. Somos amigos, ¿verdad?

Tris cogió su mano y se la besó, a pesar de que su rostro expresaba que no estaba de buen humor.

– Somos amantes, Cressida, aunque sea algo imposible. No lo niegues. Pero sí, también somos amigos. Me maldigo todo el tiempo por haber estado a punto de llevarte al desastre.

– Nada de lo que ha ocurrido ha sido culpa tuya.

– Nunca debí haberte llevado a la orgía.

– Yo nunca debí haber ido. Parece que sea nuestro qismet. Como ves he sacado provecho de tu libro sobre Arabia.

Se levantó, e hizo que ella también lo hiciera.

– La lógica me dice que una amistad tan breve no puede haber dejado una huella demasiado profunda en nuestros corazones… No sonrías así, amor mío.

– ¿Por qué no? Me niego a ser una amargada el resto de mi vida, y quiero que tú seas feliz, Tris Tregallows.

– Y yo lo quiero para ti. Pero déjame decirlo una vez más antes de que nos separemos. En este momento, Cressida Mandeville, te amo y te deseo, y me gustaría que existiera alguna manera de poder pedirte que seas mi esposa.

Su honestidad requería reciprocidad. Era algo tan peligroso como clavarse una daga en su propio corazón, pero le dijo:

– Y en este momento, Tris Tregallows, estoy lo suficientemente loca como para aceptarlo. Pero no funcionaría, amor mío. Sabes que es imposible.

– ¿Ah sí?

Cressida se sentía paralizada. No quería dar el siguiente paso, pues la mujer tenía que ser fuerte por los dos. Liberó una de sus manos, lo condujo hasta la puerta y la abrió. Ahí liberó la otra.

– Bon voyage, mon ami -le dijo.

Él le volvió a coger una mano y se la llevó a los labios para besarla con los ojos clavados en los de ella. Una vez lo había visto besar la mano de una dama en el teatro de la misma manera. Y había soñado en sentir algo así… Pero sabía que ese sueño no era para ella.

– Bon voyage, ma chere aventuriére.

Después se marchó, y Cressida por fin pudo llorar en silencio.

CAPITULO 28

Cuando se calmó, se dedicó a los preparativos para volver a Matlock con la esperanza de que se pudieran marchar inmediatamente. Como si esa corta distancia pudiera alejarla a otro mundo. Pero para su frustración, sus padres no tenían demasiada prisa. Estaban recibiendo a sus amigos y en unos días pensaban comenzar a salir para divertirse. Muchos de los caballeros del centro financiero tenían propiedades en el campo, cerca de Londres, a menudo junto al río, y Cressida se pasó muchas tardes impaciente, viajando en barco por el gran canal para llegar a alguna villa.

El tiempo de ocio le permitió pensar qué podía hacer por las prostitutas jóvenes, aunque eso le produjo más frustración que resultados. La mayoría de la gente importante estaba fuera de la ciudad, y los pocos con los que pudo hablar se quedaron espantados. No por las prostitutas, sino por la idea de que una dama tuviera algo que ver con ellas.

– El hollín siempre deja mancha -le dijo una mujer animándola a impedir tales cosas, dando más apoyo a las inclusas.

Un hombre podría hacer mucho más. Un hombre como el duque de Saint Raven. Pero tenía pocas oportunidades de encontrárselo, y debía estar contenta de que fuera así.

Poco después de la separación, leyó que él se encontraba en Lea Park, donde se celebraría una fiesta para anunciar los compromisos de dos de sus hermanas de crianza, lady Anne y lady Marianne. El periódico explicaba que el novio de lady Anne era el señor Racecombe de Veré, de Derbyshire.

¡Matlock estaba en Derbyshire!

Se pasó todo el día preocupada imaginándose a Tris visitando a su hermana adoptiva, cabalgando por la comarca y visitando los balnearios. De pronto Matlock había dejado de ser un refugio. Estaba intentando hallar algún argumento que darle a su familia para que se trasladaran a un lugar más seguro, quizás a las montañas de Gales, o las tierras altas de Escocia, cuando llegó a visitarla su amiga Lavinia Harbison.

– ¡Por fin un día cálido! -declaró Lavinia-. Demos un paseo por el parque.

Lavinia era corpulenta, simpática, divertida y práctica, y estaba muy satisfecha de estar comprometida con el capitán Killigrew. Ella era su escape ante los duques traviesos. El capitán Killigrew era un capitán mercante que actualmente estaba recorriendo el mundo para hacer fortuna; y Lavinia parecía sentirse contenta de poder esperarlo. Cressida a menudo pensaba que esa pareja iba a ser como la de sus padres. No comprendía la razón, pero le gustaba mucho estar en su compañía.

Pasear por el Green Park era una excelente idea. La devolvía a la realidad. Tris era lo suficientemente sensato como para evitar ir a Matlock. Los Mandeville no se movían en los mismos círculos de la sociedad que el duque de Saint Raven y la hermana del duque de Arran. Tris probablemente se quedaría en Chatsworth, el gran hogar del duque de Devonshire. Cressida había visitado esa mansión el día que se abría para todo el mundo.

– ¿Todavía no pensáis en trasladaros? -le preguntó Lavinia-. Por supuesto que no me gustaría que te fueras nunca de Londres, pero sé que echas de menos tu hogar.