Выбрать главу

– ¿Dónde está mi hogar? -preguntó Cressida sin pensar.

Lavinia la miró fijamente.

– ¿No está en Matlock?

Cressida se rió.

– No me hagas caso. No me siento demasiado bien. Pero Lavinia, cuando te cases con el capitán Killigrew, ¿dónde estará tu hogar?

– En su barco durante una temporada.

– ¿En su barco? Y ¿por qué no estás ahí ahora?

– El viaje que está haciendo es muy arriesgado, pues tiene que ir a muchos sitios para sacar los mayores beneficios, y así poder casarnos. Después Giles planea hacer rutas comerciales sencillas para mostrarme un poco de mundo. No sé si podré aguantar más esta espera.

– ¿Temes por él?

Su gran sonrisa disminuyó un poco.

– Un poco, pero ¿en qué me beneficia? Es un capitán muy experimentado, y me prometió lealmente que regresaría.

Cressida agarró la mano de su amiga y la apretó. Qué montón de emociones secretas subyacían a las relaciones sociales. Pero de pronto se vio impelida a decir:

– Me he enamorado del duque de Saint Raven. Un poco…

Le contó a Lavinia lo que había pasado en Hatfield. Al menos la versión pública que había creado por si la historia se divulgaba. Pero su amiga no pareció sorprenderse.

– No me sorprende. Recuerdo haberlo visto en el teatro y haber pensado lo maravilloso que sería ser lady Anne Peckworth. Aunque he leído en el periódico que ella se iba a casar con otro. ¿Le ha dejado con el corazón roto?

– No. -Demasiado tarde, pues Cressida sabía que debía haber dicho que no lo sabía-. Quiero decir que no mostró señales de estar así. Pero no tenía por qué decírmelo si éramos casi unos desconocidos… -balbuceó-. Pero ya no nos volveremos a ver. De lo contrario, enloquecería, y con el tiempo estoy segura de que me encontraré con alguien tan maravilloso como tu Giles.

Lavinia le apretó la mano.

– Eso espero. Pero vamos. No hay nada como un paseo enérgico para quitarse las bobadas de la cabeza.

El paseo enérgico y la charla alegre efectivamente hicieron que dejara de pensar tonterías. Como el impulso de impresionar a su amiga contándole que amaba al duque de Saint Raven de verdad, y qué habían hecho juntos y por qué.

Se detuvieron en Montel para pedir unos pasteles, y en cuanto se instalaron en sus sillas, Lavinia se levantó:

– ¡Winnie! ¿Qué haces en la ciudad?

En unos momentos Cressida se vio sentada en otra mesa con otras dos mujeres, una dama joven y elegante, aunque bastante nerviosa, y una señora con un gran busto, su madre. Resultaron ser la señora Scardon y su hija Winifred, lady Pugh. Cressida tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mirar fijamente a la joven, que no era mayor que ella, y que ya estaba ligada al odioso Pugh. ¿Conocería las travesuras de su marido?

Aparentemente Lavinia y Winifred habían sido amigas antes de que esta última se casara. Lady Scardon hizo una leve referencia a lo mucho que estaba tardando Lavinia en casarse, lo que hizo que a Cressida le entraran ganas de darle una patada.

Lavinia y Winnie parecía que de verdad se caían bien mutuamente. La madre y la hija habían venido a la ciudad para comprar ropa de embarazada. Evidentemente, tenía que haber intimado con el odioso Pugh, pero la prueba de ello hizo que Cressida se sintiera indispuesta. También pensó con disgusto, que mientras Pugh se encontraba en Stokeley, su esposa estaba embarazada esperando a su primer hijo.

– Pugh está en Escocia -dijo la señora Scardon, lo que hizo que Cressida se preguntara si sus pensamientos habían sido tan evidentes-. Cazando urogallos, ya sabes. Estoy segura de que habrá algunos caballeros bastante inconvenientes invitados a la boda de los Arran.

– Oh, lady Anne y lady Marianne -dijo Lavinia-. He visto el anuncio. ¿Ya es la boda?

– Un asunto enredado -dijo la señora Scardon con una sonrisita-. Una se pregunta…

– ¿Qué se pregunta? -preguntó Cressida con maliciosa ingenuidad.

Lady Scardon la miró con desdén.

– Las bodas precipitadas siempre son sospechosas, señorita Mandeville. Ah -añadió falsa como una moneda de madera- y tú eres la joven que tuvo ese desafortunado incidente en Hatfield. Creo que el marido de mi hija llegó a ayudarte. Se preguntaba la razón por la que estabas allí sola.

¿Qué historia era ésa? Pensó en contarles la verdad, pero se haría daño a sí misma y a lady Pugh, y apenas le afectaría a su marido.

– Había varios caballeros -dijo Cressida con precisión-. Creo que lord Pugh era uno de ellos. Pero mi principal protector fue el duque de Saint Raven. Fue muy amable.

– Así suele ser, aunque, al parecer, venía borracho con lord Crofton y algunos otros. He sabido que venían de una fiesta salvaje.

Cressida casi se vio impelida a contarles la verdad, pero ¿cómo podía saber exactamente quién era quién?

– El duque estaba sobrio, señora Scardon. Se lo aseguro.

– Ese tipo de hombres disimulan muy bien sus borracheras, querida. Una dama joven como tú todavía no entiende de eso.

– Lo que sé es que estaba visitando a su primo. No llegó con lord Crofton.

– ¿No? Se rumorea por todas partes que estaba en la fiesta de Crofton.

«Entonces era lord Pugh.» Esas palabras la quemaban, pero por contra, bebió un sorbo de té. -De eso no sé nada.

La señora Scardon asintió con una sonrisa, pero en vez de parecer un elogio pareció un insulto. Que Dios la librase de la compañía de mujeres como aquella. Lanzó una mirada a Lavinia y se marcharon enseguida.

– Lo siento -dijo Lavinia mientras caminaban por la calle-. Es una mujer muy fría, pero Winnie suele ser muy divertida. No creo que su matrimonio haya sido positivo para ella.

Cressida se lo tenía que decir a alguien:

– Lord Pugh era uno de los borrachos que venían de la fiesta de Crofton.

– Oh, querida. Me alegro que no lo dijeras.

– Dudo que me hubieran creído.

– Oh, no -dijo Lavinia-. Estoy segura de que lo sabían. Cressida se dio cuenta de que su amiga tenía razón.

– Pobre lady Pugh.

– Sí. La animaron a casarse por el título. No sé si piensa que fue un negocio justo a cambio del dinero de su padre, pero yo no lo creo.

Cressida se preguntó si Lavinia esperaba que Giles fuese fiel, pero no sabía cómo preguntárselo. Seguramente sí que lo quería. ¿O es que sus expectativas eran absurdas?

– Escuché que Saint Raven estaba en la fiesta de Crofton -dijo Lavinia como si fuera un comentario casual-. No me sorprende, pues es conocido por esas cosas. Según Matt, su última costumbre hedonista es ir a la casa de una mujer llamada Violet Vane.

La reina de la noche que luchaba contra La Coop. Cressida disimuló su dolor poniendo cara de no saber nada.

– ¿Ah?

– Creo que es un burdel. Matt no ha sido claro, pero seguramente se refería a un burdel.

– No creo que tu hermano deba contarte esas cosas.

– Y si no ¿cómo me entero? ¿Preferirías no saberlo, Cressida?

Ella suspiró. Lavinia se lo estaba diciendo a propósito.

– No. Creo que es mejor saberlo. ¿Hay algo más?

– Sólo que Violet Vane parece que se especializa en prostitutas muy jóvenes, y Matt vio a Saint Raven allí con tres de las más pequeñas. Hasta él pensó que eso era excesivo. En estos momentos ha surgido una corriente en contra de este tipo de cosas. Como debería ser.

– Indudablemente.

Si Saint Raven no hubiera estado con ella, ¿le habría metido mano a esas muchachitas de la fiesta de Crofton? ¿Eso era lo que le gustaba realmente? ¡Y quería reclutarlo para que luchara en contra de ese tipo de comercio! Qué ingenua era.

Cressida estaba haciendo un esfuerzo tan grande para no mostrar lo que sentía, que probablemente se había quedado tan inexpresiva como una figura de cera. Y Lavinia lo sabía, igual que sabía que lady Pugh conocía lo que hacía su marido, de modo que todo eso no servía para nada más que para mantener un estúpido orgullo.