– El asunto de Crofton en Stokeley fue muy desagradable también, por lo que me contó Matt. Odio admitirlo, pero mi hermano estuvo allí. Llegó a casa bastante enfermo; había tomado brebajes y cosas raras orientales, y estaba muy enfadado porque ese lugar había sido tu hogar.
– Mi hogar no.
– Gracias a Dios. -Entonces después de un momento le dijo-: Pensé que debías saberlo.
Cressida se detuvo y se volvió hacia ella.
– Y yo te lo agradezco. El duque es atractivo y puede ser encantador. Fácilmente le puede robar el corazón a una mujer. Pero yo no soy tan insensata, te lo aseguro.
– Oh, Dios. No me gustaría nada que acabaras como Winnie.
Cressida se rió.
– Nunca pensamos en casarnos.
– Claro que no. Duquesa Cressida. ¡Te imaginas! Pero -suspiró- me hubiera gustado ser rescatada por él. Nunca he llegado a hablar con un duque.
– Dicen «buenos días» y «hace un tiempo espantoso ¿verdad?», igual que el resto de los hombres.
Lavinia se rió.
– Oh, claro que no. Qué decepción. -Miró a Cressida-. ¿Te puedo confesar algo?
– Claro que sí. Así podré tenértelo en cuenta para siempre.
– No creo que sea algo tan terrible como eso. Pero cuando Matt me contó lo de la terrible orgía, con gente medio desnuda haciendo indecencias por todas partes, me entraron ganas de haber estado allí, como una mosca, para observarlo todo desde una pared. Me gustaría ver verdadera lujuria por lo menos una vez en mi vida.
Cressida soltó una carcajada y se tuvo que apoyar en una barandilla para recuperarse. Reírse había sido sanador, y volvió a casa de mejor humor, aunque completamente determinada a regresar a Matlock cuanto antes. Matlock se había convertido para ella en una especie de corsé. Sólo cuando encajaba perfectamente se sentía segura de sus pequeños disparates, aunque sabía cuan profunda era su locura.
Cuando su nuevo lacayo le dijo que su padre quería hablar con ella, vio una excelente oportunidad para sacar el tema. Su padre parecía no tener ninguna prisa por marcharse, y ya era hora de presionarlo. No tenía sentido hablar con su madre, pues sólo haría lo que deseara su padre. Se dirigió rápidamente a su habitación para quitarse el sombrero y arreglarse un poco. Después fue al estudio planeando la mejor manera de planteárselo.
Él estaba en su escritorio, felizmente rodeado de libros de contabilidad y diversos documentos, pero en cuando ella llegó levantó un papel doblado.
– Es una carta de Saint Raven, Cressy, en la que me pide que le venda el resto de aquellas estatuillas. ¿Qué dices a eso?
Cressida miró la carta como si estuviera a punto de atacarla una serpiente.
– ¿Las estatuillas? -Fueron las únicas palabras en las que pudo pensar.
– Las eróticas. Le gustan ese tipo de cosas, evidentemente. ¿Qué dices? ¿Se las vendemos? A tu madre no le importa.
Abrió la nota con el sello heráldico y se la entregó. Ella tuvo que cogerla y mirar su escritura fuerte y fluida, así como su firma rotunda. Saint Raven. En su imaginación olía a sándalo.
Estimado señor:
Sin duda es consciente de que tuve el honor de conocer a su hija y de serle de cierta ayuda. En el proceso descubrí su serie de estatuillas de marfil. A su hija le compré una, y me encantaría tener la oportunidad de comprar el resto. Le estaría muy agradecido si me pudiera informar de que el precio que pagué es el adecuado. Tal vez la serie completa sea más valiosa.
También tengo en mi poder una daga que creo que se llama espada de la sabiduría. La compré en Stokeley Manor, por lo tanto asumo que es suya. Se la devolveré si lo desea, pero también me gustaría comprársela.
He sabido que ya se está recuperando de su dolencia, y me congratulo que así sea. Espero que la señorita Mandeville también se haya recuperado de su encuentro con ciertos hombres, que aunque sean considerados miembros de las clases superiores, se comportaron poco menos que como rufianes. Le aseguro que ella no debe temer que pueda haber repercusiones por ese incidente.
Por favor, respóndame directamente a Saint Raven's Mount, Cornwall.
Firmaba con una floritura, pero en lo escrito había mucha información. Estaba en Cornwall, a cientos de millas. Eso era tanto un alivio como una agonía. ¿Era consciente de que ella vería y tocaría esa carta? ¿Pretendía que eso fuese un deleite, o una tortura? ¿Qué quería?
– ¿Cressida?
Ella se obligó a reponerse.
– Creo que se las deberíamos regalar, padre. Me ayudó, y no valen demasiado ¿verdad?
– Ahora que están vacías, no. -La miró sagazmente-. Muy bien. ¿Y qué pasa con la espada de la sabiduría? Esa pieza sí tiene un cierto valor, y al fin y al cabo es tu herencia.
«Si no te la vuelves a malgastar la próxima vez que estés aburrido.»
– Si la consiguió por Crofton, legalmente es suya. No creo que debamos aprovecharnos de su honestidad.
Él levantó sus tupidas cejas.
– ¿Honestidad? ¿En un duque?
A Cressida no le importó habérselo revelado.
– Honestidad. ¿Su ofrecimiento no es prueba de ello?
– Puede ser una prueba de astucia. Sin duda piensa que se lo daré con la esperanza de obtener sus favores. Como si me importaran los favores de un duque. -La miraba levantando sus cejas espesas y tamborileando incesantemente con los dedos-. Muy bien, si quieres que se lo demos que así sea. Escríbele una respuesta tú misma, ¿no te importa?
Cressida se quedó helada. -Eso sería impropio, padre.
– Bah. Yo no tengo paciencia para hacer esas cosas. No te vas a ver comprometida por una carta de negocios, ¿verdad?
– Pero…
Cressida temía que seguir protestando pudiera generar mayores problemas. Podría sospechar acerca de sus sentimientos o de su picardía… Toda una vida en la India lo había hecho proclive a conseguir sus metas sin demasiados miramientos.
– Muy bien, padre. -Le hizo una pequeña reverencia y se retiró a su habitación con la preciosa carta en la mano. Respiró hondo, sacó una hoja de papel y afiló una pluma.
¿Cómo hacerlo?
Muy formalmente.
A Su Excelencia el Duque de Saint Raven
Saint Raven's Mount,
Cornwall
Mi señor duque:
En relación a su amable carta en la que expresa interés por las figuras de marfil que posee mi padre, considerando la ayuda que tan cortésmente me proporcionó, su deseo es que acepte gentilmente las figuras en expresión de nuestra gratitud.
En cuanto a la espada de la sabiduría, fue adquirida a lord Crofton en un momento en el que legalmente la poseía, de modo que mi padre no ve justificado aceptar que se la pague. Le recomienda que la considere justamente suya, y así se asegura de que ese tesoro tendrá un custodio adecuado.
«Porque necesitas sabiduría, Tris Tregallows», pensó con tristeza mientras limpiaba la pluma. La volvió a meter en la tinta, muy poco dispuesta a dejarla allí.
Por favor, permítame volverle a expresar mi agradecimiento por su amable ayuda durante mis recientes dificultades. Gracias a usted, en vez de sufrir angustia e incluso graves daños, ahora tengo una instructiva aventura que recordar.
Su excelencia, tengo el honor de ser su más obediente servidora.
La firmó, secó la tinta, y volvió al estudio.
– ¿Desea leerla, padre?
La miró desde otra carta que estaba escribiendo.
– ¿Qué? No, no. Estoy seguro de que le has explicado todo correctamente. Dóblala, séllala y despáchala.
Estaba metiendo el sello de su padre en el lacre fundido cuando él se aclaró la garganta. Al mirar hacia él, vio que se había echado hacia atrás en su silla y que la observaba.
– Cressy, hay algo de lo que tenemos que hablar.
Oh Dios, ¿lo sabía? ¿Se lo imaginaba?
Sacó el sello con cuidado y lo devolvió a su lugar.