– Lo comprendo. Se trataría de celebrar una despedida -dijo levantando una mano para evitar que protestara-. Escucha. ¿Y si esto te ayuda a conseguir a la señorita Mandeville, junto a una parte de las riquezas de su padre, lo que hay que reconocer que sería algo muy positivo para ti, y la esperanza de obtener todo lo demás algún día?
Tris no pudo luchar contra una débil esperanza, pero mantuvo su voz fría.
– ¿En qué travesura estás pensando ahora?
Jean-Marie se acercó a él y cogió la copa que Tris tenía en la mano.
– ¿Sabes que los Mandeville se van a la India?
– ¿Qué?
La sensación de pérdida fue tan intensa como si le hubieran dicho que un ser querido había muerto. En Matlock, Cressida seguiría estando en su mundo. No habría nada que impidiera que el duque de Saint Raven pudiera visitar esa localidad, o que no pudiera aprovecharse de su pequeña amistad para hacer una visita…
– ¿Por qué?
– Por el señor Mandeville. Es un trotamundos. Y parece que su esposa quiere ir con él, y que su hija también los acompañará. Pero no creo que lo haga de corazón.
Tris lo agarró por la corbata.
– ¿Qué diablos sabes de su corazón?
Jean-Marie se liberó y puso una distancia prudente entre ellos. Tris exhaló.
– Es curiosa como una gata y le encanta meterse en problemas. Ella y la India están hechas la una para la otra.
– ¡Primo, primo! A menos que mis conjeturas sean completamente erróneas, la señorita Mandeville te ama tanto como tú a ella. ¡No lo niegues! Ella se marcha para defender su corazón, pero también para proteger el tuyo. Para darte libertad y que te puedas casar con quien debas. ¡ Ay, si es como una gran novela romántica de las mejores!
Tris le soltó una palabrota, se dejó caer en su asiento, y hundió la cabeza entre las manos. Le retumbaba un sólo pensamiento. No podía permitir que Cressida pusiera medio mundo por medio. ¿Y qué haría con la fiesta y con Phoebe? Al infierno con ambas. Miró hacia arriba y dijo:
– ¿Y qué beneficio me traería organizar una orgía en Nun's Chase? Ya no me gustan ese tipo de cosas.
– Excepto con una dama en especial ¿eh? El amor es muy bonito. En cuanto a esto, Miranda me ha ofrecido sus servicios profesionales.
Tris lo miró fijamente. -No, gracias.
– Sus servicios -dijo Jean-Marie-, para representar a una cierta hurí.
La esperanza y el dolor que sintió Tris hicieron que se mareara.
– Vamos.
– Vas por delante de mí ¿no? La razón por la que no puedes pedir en matrimonio a la señorita Mandeville es porque si la relacionan demasiado contigo, algunos hombres podrían acordarse de aquella hurí. Ya se está hablando de lo de Hatfield. Pero no ha tenido demasiada repercusión. La señorita Mandeville es tan normal y aburrida. Y vosotros, los ingleses, ¡no tenéis alma!
– Algunos ingleses. -Pero Tris recordó que no se había fijado en ella hasta aquella noche. Algo increíble.
– A propósito, primo, ¿qué hiciste con el desagradable Crofton?
Tris sonrió.
– Nada directamente, pero entiendo que consideró necesario abandonar Inglaterra. Por una muchacha de buena familia a la que engatusaron para que se fuera de su casa. Gracias a Dios tenía a Violet Vane comprada en ese momento y pude salvar a la niña.
– Gracias a Dios. ¿Crofton pagaba por ese material?
– Violet le proporcionaba muchachas, pero jura que lo hacían voluntariamente. A juzgar por las que me encontré en su casa, era verdad. Perder la virginidad con Crofton no era un gran placer, pero pagaba bien. Entonces escuché rumores de que había algunas que no estaban dispuestas, y después apareció Mary Atherton. En ese momento yo tenía a Violet Vane muy asustada, y vino a verme completamente conmocionada y horrorizada. Los hombres que secuestraron a Mary confesaron que Crofton les había pagado para hacerlo. Lo puse todo en un bonito informe, y aconsejé a Crofton que se fuera de Inglaterra.
– ¿Y no pensaste en que vuestros tribunales podían haberlo condenado?
– Podían, pero un vizconde es un vizconde. Tendrían que juzgarlo en la Cámara de los Lores, y a los pares del reino no les gusta que se les exponga a inspecciones ordinarias. Los secuestradores y Violet Vane podrían contar una versión distinta ante los tribunales, y claro, fuese lo que fuese lo que ocurriera, la pobre Mary Atherton quedaría con su vida arruinada a los trece años. Así que le dejé escapar.
Jean-Marie se apoyó contra la mesa.
– Comprendo tu razonamiento, amigo. Además, ya te ha provocado otros problemas. Tal vez empujado por la rabia, dejó caer acusaciones más abiertas. ¿Qué tenía que perder? Ahora hay varios hombres, de los que estuvieron en Stokeley, convencidos de que la señorita Mandeville estaba contigo, y que a su vez era mi amante. No es posible matarlos a todos.
– Maldición. ¿Se ha hablado abiertamente de eso?
– No, pero tarde o temprano se filtrará desde los clubes de hombres a sus esposas…
– Tal vez lo mejor es que se vaya a la India.
– La India no está lo suficientemente lejos.
Si se extendía el escándalo, ningún lugar estaría lo suficientemente lejos. Tris estaba en parte espantado, pero también pensaba que eso lo obligaba a casarse con ella, aunque fuese un matrimonio mancillado. Durante semanas había luchado contra su necesidad de casarse con Cressida, y ahora ésta reaparecía como un torrente.
– Has mencionado una orgía. En Nun's Chase. Miranda representando a una hurí. Pero no servirá, pues aún así podrían decir que era Cressida.
– Dentro de una semana -dijo Jean-Marie- los Mandeville van a dar una fiesta para celebrar el fin de su estadía en Londres, y el comienzo de su viaje a Plymouth, donde tomarán el barco. La mayoría de los invitados serán hombres de negocios, pero también habrá personas de la clase alta. Seguramente será un acontecimiento importante que aparecerá en los periódicos.
»Pues bien, esa misma noche tú debes organizar una fiesta en Nun's Chase, a la que asistirás con tu hurí. No saldrá en los periódicos, pero todo el mundo se enterará…
– Y así no quedará la menor opción de que Cressida pudiera haber sido mi acompañante en Stokeley. -Tris se puso de pie-. Dios mío, ¿por qué no pensé yo mismo en una estrategia como ésa?
– Porque eres un inglés aburrido, en vez de un francés con una gran inventiva.
Tris soltó un resoplido burlón y Jean-Marie se rió.
– Y este francés desea que tal vez prestando este servicio se abra una opción de amistad entre dos hombres que podrían ser tan cercanos como si fueran hermanos.
– Después de extorsionarme veinte mil libras, ¿sinvergüenza?
Jean-Marie de nuevo se encogió de hombros.
– ¿Qué hubieras hecho tú? Se lo juré a mi madre en su lecho de muerte. Y era lo correcto. Además, admito que me apetecía.
Tris se pasó las manos por la cara intentando pensar si estaba enloquecido por el brandy o se encontraba ante una opción real. Intentaba analizar lo que podía significar para Cressida. Seguramente serviría para liberarla de un escándalo, y todos sus otros problemas se reducirían.
– Y considera -dijo Jean-Marie alegremente-, que aunque involuntariamente le entregué a la señorita Mandeville un tesoro en joyas, al organizar tu matrimonio, hago que parte de su fortuna sea tuya, y así se estabilizarían tus finanzas.
– ¡Tu descaro es increíble!
– Es cierto, pero soy un genio.
Tris se dio una vuelta por la habitación.
– Tendré que invitar a una serie de hombres con los que no quiero volverme a relacionar…
– Y atraer la atención hacia la señorita Mandeville en Londres. Eso lo puedo hacer yo.
– Y tal vez aprovecharé para sugerir que Crofton se quedó resentido porque ella lo rechazó antes de que ocurriera el desastre de su padre. Nunca ha sido un hombre popular. Todo el mundo se lo creerá. Pero ¿qué pensarán si después la cortejo yo?