Jean-Marie lo consideró.
– Que te enamoraste de ella en Hatfield. Te rendiste ante su valentía frente al peligro, y quedaste prendado de su dignidad y su virtud. Las mujeres siempre quieren creer que los hombres se quedan hechizados ante la dignidad y la virtud.
Tris se rió.
– Y en este caso resulta que es verdad. -Pero entonces lo consideró y añadió-. Hasta cierto punto.
Se dio cuenta de que nunca había creído que el verdadero destino de Cressida fuese la vida convencional de Matlock. Había mostrado un interés muy pícaro en la orgía como para conformarse con eso. No, ella pertenecía a algún lugar fronterizo, y él podría crear un lugar para ella allí.
Jean-Marie lo observaba.
– Tal vez tu amigo el señor Lyne podría hacer correr la historia de tu secreta admiración. Y así, espoleado ante la inminencia de su partida, habrías entrado en razón lanzándote de rodillas ante ella consiguiendo su mano y su corazón. Ay, yo debería ser dramaturgo.
Pero Tris tenía que enfrentarse a algunos problemas.
– Dios, Cornelia…
Jean-Marie lo miró interrogante.
– Mi prima mayor, lady Tremaine. Me pidió que hiciéramos aquí una fiesta y que entre los invitados viniera la señorita Phoebe Swinamer, cuya mano y corazón ficticio yo tendría que conquistar.
– Una locura de la que ya te has recuperado. Planeabas una tragedia para ti, pero ahora puedes tener un final feliz. Cancélala.
– No conoces a Cornelia. Vendrá de todos modos, convencida de que es capaz forzar las situaciones a su capricho.
– Prohíbeselo.
– ¿Impedirle venir a su antiguo hogar? No, tengo que dejarla continuar. No le he dicho nada a los Swinamer, gracias a Dios, aunque estoy seguro de que Cornelia sí que lo ha hecho. -Pensó un momento y sonrió-. Invitaré a Cressida y a su familia. Estamos bastante cerca de Plymouth. Anunciaré nuestro compromiso en la mascarada, aunque evidentemente, ella no se disfrazará de hurí.
– Por desgracia. Me hubiera gustado verla así. Estás muy seguro de ti mismo, amigo mío.
Tris lo miró sorprendido.
– Ahora nada se interpone en nuestro camino.
– Y ella recuperará la cordura.
Evidentemente era una broma.
– Diablos, sé mejor que nadie que soy muy mal negociador, pero puedo hacer que se lo piense. No le puedo dar Matlock, pero convertiré Nun's Chase en un hogar, en un refugio. Y si no quiere eso, compraré un sitio nuevo. Nunca tendremos que ir a Londres a menos que ella lo desee, y tendremos muchas compensaciones. Tenemos todo el derecho del mundo a estar juntos. Jean-Marie, somos dos mitades. Lo sé casi desde que la conocí. Sin ella soy sólo medio hombre. Y a ella le pasa lo mismo.
– Eso espero, primo -dijo Jean-Marie levantando la copa que le había cogido de la mano-. Por una mujer perfecta y un amor perfecto.
Cressida se preparaba para el baile de despedida sin esperanzas de pasarlo bien. Había estado en contra de hacerlo, pero su padre se había mostrado inflexible. Él y su madre rebosaban entusiasmo y alegría, pero ella estaba con el mismo humor con que se va a un funeral.
Esa noche señalaba el fin de su vida en Inglaterra, aunque cada día que pasaba descubría cuánto la iba a echar de menos. Las especies no le atraían, y ni siquiera le gustaba la sopa de pollo al curry. Los saris que le había traído su padre eran muy bonitos, pero prefería los prácticos vestidos de algodón. Los templos de oro y diamantes sólo le hacían recordar las estatuillas picantes, lo que le hacía pensar en orgías, y eso la retrotraía directamente a Tris; lo que le producía mucha tristeza.
Y no era una tristeza que se pudiera aplacar con la distancia. La verdad, es que se estaba dando cuenta de que en la India se iba a encontrar con muchos recuerdos dolorosos. Sin embargo, ya estaba hecho. La casa de Matlock había sido vendida, y se habían despedido de los amigos que tenían allí. Había prometido enviar largas cartas, pero lo que realmente planeaba era hacer un corte rotundo. Si enviaba cartas desde la India haría que le remitiesen otras en respuesta, y desgraciadamente, su supuesto roce con un noble, hacía que todo el mundo imaginara que quería saber todo lo que pudiese sobre el duque de Saint Raven.
Que si había regresado de Cornwall para bailar en las bodas de sus medio hermanas. Que si había asistido a una fiesta en Bedfordshire. Que si había ganado una carrera de caballos improvisada en Epson con un premio de mil guineas. Sabía que había enviado invitaciones para un baile de máscaras en Mount Saint Raven, muy posiblemente para gente de alcurnia. Los rumores contaban que allí iba a anunciar quién sería su prometida, e incluso que podía ser Phoebe Swinamer.
Cressida lo descartó. No se llevarían bien, aunque la señorita Swinamer y su madre eran capaces de extender ese rumor para intentar obligarlo. Pero sabía que Tris no se iba a dejar manipular con una estratagema como ésa.
Esa noche por lo menos no lo tendría que ver. Su padre había insistido en enviarle una invitación, pero recibieron una amable disculpa. Cressida se dijo a sí misma que eso la hacía muy, muy feliz. Se miró en el espejo y se ajustó el turbante que se había puesto sobre sus cabellos cuidadosamente peinados. Deliberadamente se había puesto el atuendo que había usado cuando había salido con Crofton; el vestido de seda color verde Nilo y el turbante a rayas. Un final apropiado, pues después del baile se lo iba a regalar a la doncella. Esta vez, sin embargo, los tirabuzones eran reales, eso sí, con la pesada ayuda de las tenacillas de rizar. Puesto que los rizos eran parte de lo que hacía que fuese imposible que hubiera sido la hurí de Saint Raven, se armó de valor y se cortó el flequillo, y aguantó cada día las tenacillas de rizar.
Un atractivo de la India era que en su momento podría dejarse crecer el pelo. Y seguramente, una vez que estuviese tan lejos, poco a poco se iría desvaneciendo la nostalgia que sentía por un cierto duque desenfadado. Abrió el joyero, ahora lleno de piezas muy caras. Habían pasado varias semanas desde su aventura, y no se había visto golpeada por ningún escándalo, aunque ésa iba a ser su primera recepción importante desde la orgía de Crofton; y además iba a estar con gente de la alta sociedad. Incluyendo, seguramente, a algunos de los hombres que estuvieron en Stokeley Manor. Tenía que dar una buena impresión.
Sabía que se comentaban ciertos rumores en los clubes de hombres. Lavinia le había informado de nuevas historias que le había contado Matthew. Crofton se había ido del país por algo que tenía que ver con el intento de violación de una niña, asunto que había disgustado hasta a los más libertinos de la alta sociedad. Sin embargo, lo suyo tenía que ver con su salvaje ataque sobre ella en Hatfield; aunque Lavinia le aseguró que no se comentaba nada que la desacreditara, sin dejar de señalar que las manchas de hollín siempre dejan marcas.
Recientemente habían aumentado las especulaciones sin sentido, pero dañinas, y se estaban filtrando desde los círculos masculinos a los femeninos. Cressida había recibido miradas extrañas de ciertas damas, y podía imaginarse lo que había detrás. ¿Qué estaba haciendo exactamente la señorita Mandeville en Hatfield sin nadie que la acompañara? Más allá de la necesidad, ¿debía una dama arriesgarse a vender una estatuilla subida de tono a un extranjero que había estado varios días en la cárcel bajo la sospecha de ser salteador de caminos?
Por supuesto, el francés tenía una relación reconocida con el duque de Saint Raven, pero al mismo tiempo, estaba segura de que la madres aprovechaban su caso para señalar a sus hijas lo que ocurría cuando una joven se saltaba las normas de comportamiento. Hasta donde sabía, nadie había hablado abiertamente de que ella hubiera estado en la fiesta de Crofton vestida de hurí de un harén acompañada de Saint Raven. Pero esa idea debía planear en las mentes de algunos hombres. Podía ser su imaginación, pero le había dado la impresión de que en los últimos días algunos caballeros que habían venido de visita la habían mirado de manera inquisitiva. Había estado frunciendo los labios y poniéndose anteojos, pero esa noche iba a confirmar que era imposible que hubiera sido ella.