Tenía el cuerpo del vestido levantado y como el camisón le colgaba suelto, ofrecía una imagen muy poco elegante. Parecía que esos días no tenía ganas de nada. Se sacó el collar de esmeraldas y se puso su viejo collar de perlas pequeñas. Su padre lo encontraría extraño, pero así iba a ser. Se contempló en el espejo. Era una pena que no se pudiera poner los anteojos, pero nadie iba así a un baile. Y una extravagancia así podía levantar sospechas.
Era una pena que sus labios fuesen tan rosados. Era fácil enrojecer labios pálidos, pero ¿cómo crear palidez? Los apretó. Así, así estaba mejor. Intentó sonreír con los labios apretados pero lo único que consiguió fue hacer una mueca horrible. Mejor aún. Los pensamientos se suelen reflejar en la cara, y ella debía comportarse toda la noche como si al decir la palabra «pantalones» le pudiera dar un ataque, por no mencionar «bragueta de armadura» o «afrodisíaco».
Caray, eso la hacía ruborizarse por completo. Se concentró en sermones, papilla fría y la señora Wemworthy mientras intentaba hacer que su mañanita se convirtiera en un chal diáfano sobre sus hombros. Así, con los labios apretados y con la columna muy recta se fue a reunir con sus padres.
La fiesta se celebraba en los salones Almack Assembly Rooms, que habían alquilado para la ocasión. Pronto ella y sus padres recibirían allí a sus invitados. Los primeros en llegar fueron los hombres de negocios, mercaderes y profesionales, y sus familias, así como algunos de los amigos de la India de sir Arthur. Todos parecían envidiar el regreso que estaba preparando. Cressida se dijo a sí misma que tenía que poder disfrutar de la aventura. Después llegaron los invitados elegantes, más ligeros y aparentemente frágiles. Ésos eran los peligrosos, pues se aburrían tanto que les encantaban los escándalos. Cressida no reconoció a ninguno de los hombres, hasta que fueron anunciados lord y lady Pugh.
Lord Pugh, con su cara rechoncha, tenía un aspecto cómico con ese traje elegante, que no le disimulaba ni su gran barriga ni sus muslos hinchados. Sin embargo no la miró en absoluto de manera divertida. ¿Había venido justamente para verificar sus sospechas?
Wemworthy, pensó Cressida sonriéndole.
La pobre lady Pugh parecía satisfecha de que él estuviera a su lado. Debía haber algo muy equivocado en un matrimonio si la esposa se muestra tan encantada de estar con un mequetrefe. Después de mirarla un momento, lord Pugh negó con la cabeza, murmuró algo sobre perder el tiempo, y se dirigió a la sala de juegos. Lavinia cogió a lady Pügh del brazo y la sacó de allí. Qué manera tan triste de vivir; además, el matrimonio era para toda la vida.
Cuando comenzó el baile, Cressida le dio la mano al señor Halfstock, el hijo mayor de un rico comerciante de sedas que fingió que su partida le producía un gran dolor. Pero ella prefirió divertirse, aunque fácilmente podía haberle llorado en el hombro. ¿Qué sabría él de corazones rotos?
Al final del primer baile, se dio cuenta de que había dejado de ser "Wemworthy. Le encantaba bailar, y estaba sonriendo con los aires que se daba Tim Halfstock. Se dejaría llevar. Parecía haber satisfecho a Pugh, y seguramente su reputación iba a tener que actuar a su favor. Excepto por curiosidad, por saber cómo funcionaba el mundo, siempre había sido tomada por el tipo de muchacha que hace exactamente lo que debe. Y que se interesara por el suministro de agua, los metales o las formas de los sombreros, difícilmente la condenaba al infierno.
De este modo, le dio la mano a sir William Danby para ir al cotillón, y aunque se perdió con los pasos, dejó a un lado todo lo demás, incluido el hecho de que no quería marcharse de Inglaterra. Y que tenía razón, pues ya hacía mucho tiempo que había decidido que le interesaban las pequeñas aventuras, pero que no tenía ninguna afición ni por lo exótico ni por lo salvaje.
Excepto, tal vez, por un hombre…
Desnudo.
Brillando untado en aceites exóticos.
Con la mirada brillante después de haber satisfecho sus deseos… Deseando que pareciera que tenía la cara roja por el esfuerzo, bloqueó esos pensamientos y se centró en sus pasos.
CAPITULO 30
Tris se paseaba por Nun’s Chase con una sonrisa bajo su bigote y una hurí del brazo, asqueado por lo revuelto y desordenado que estaba todo. Para llevar a cabo su plan había tenido que invitar a algunos de los hombres que habían estado en Stokeley, y muchos ya llegaron borrachos.
Era interesante saber que decían de Crofton. Algunos se lavaban las manos, pero otros dudaban de la veracidad de lo que se contaba.
– A Croffy le gustan los pimpollos -dijo Billy Ffytch-, pero no era necesario que secuestrara a una niña de buena familia.
– A algunos depredadores -dijo Tris- no les gustan las presas mansas.
Ffytch asintió.
– Claro, eso debió ser. Aunque es una vergüenza. Croffy va pasar momentos difíciles. -Miró a Tris con los ojos legañosos-. Se dice que tu has tenido algo que ver, Saint Raven. Que se la tenías guardada desde el incidente de Hatfield.
– ¿Hatfield? -Tris se permitió dudar momentáneamente como si estuviera rebuscando en lo más profundo de su mente-. Ah, sí, cuando se despacho con esa pobre señorita Mandeville. Me temo que estaba desequilibrado. Pensó que yo tenía una cita con ella en esa posada tan vulgar, cuando tengo esta casa bastante cerca de allí. Creo que le pidió la mano y ella le rechazó, y por eso estaba tan enfadado. Por supuesto, antes de que su padre perdiera todo su dinero.
Ffytch evidentemente estaba teniendo problemas para seguir este punto de vista diferente.
– Eso hace que todo sea distinto -dijo al fin.
– Creo que Mandeville tenía una reserva de piedras preciosas. Hay que alegrarse por él.
– Sí claro. Y casi me hubiera valido la pena seducir a su hija. Si no hubiera estado casado, por supuesto -explicó y dio un trago al ponche de ron que le hizo fruncir el ceño-. Ya sabes que Croffy tenía algo más que eso en mente, pues siguió diciendo que tu delicia turca era la señorita Mandeville. -Se inclinó hacia adelante para estudiar a la hurí que iba del brazo de Tris-. Tienes razón Saint Raven, ese hombre estaba loco.
Ffytch se fue dando tumbos hasta un grupo en el que había unas acogedoras ninfas de la noche, y para impresionar, Tris se acercó a Miranda y la besó a través del velo.
– Estás cumpliendo perfectamente con tu actuación. Gracias.
Ella tenía una complexión parecida a la de Cressida y llevaba una gran peluca, pero Tris estaba sorprendido por lo bien que reproducía su manera de comportarse. Con cierta audacia, pero insegura. Nadie podría adivinar que era La Coop.
– Me divierto haciendo de inocente -dijo ella-. ¿De verdad te quieres casar con la señorita Mandeville? Una mujer así te va a cortar las alas.
– Si te refieres a fiestas exclusivas como ésta, entonces estaré encantado.
Ella soltó una risilla.
– Tal vez por eso me voy a Francia. Sería tremendamente trágico ver un fuego salvaje como el tuyo encerrado en un único horno.
– ¿No tendrás restricciones? ¿O Jean-Marie? ¿Saldrá con todas la mujeres que llamen su atención?
Ella estrechó los ojos y después se rió.
– Eres un demonio. Lo bueno es que ninguno de los dos somos convencionales.
Tris se rió y entonces Miranda añadió:
– Recuerdo a esa hurí… Quizá no estés tan loco como pareces.
Él no respondió a eso.
– Creo que ya todo el mundo está lo suficientemente relajado y bebido como para que pasemos a la siguiente fase del plan.
Tris dio unas palmadas para que todo el mundo le prestara atención.
– Como las flores a la fruta madura, así es la novedad al amor… y a la lujuria, amigos míos. Para que disfrutéis de un placer novedoso esta noche, aquí tenéis ¡danzas del país!