Los hombres se miraron los unos a los otros confundidos. Tras un gesto de Tris abrieron una cortina que escondía a un trío de músicos ciegos que eran muy conocidos en Londres, tanto en las fiestas normales como en las escandalosas. Comenzaron a tocar, Tris volvió a dar una palmada y entraron diez putas al salón, especialmente elegidas por Miranda porque podían parecer damas jóvenes, guapas e inocentes. Iban vestidas casi como si estuvieran asistiendo a una fiesta en Almack. Pero el casi consistía en que sus elegantes trajes eran de la gasa más fina, y debajo no llevaban nada salvo un tinte escarlata en los pezones, y medias a rayas sujetas con ligas rojas. Sus joyas eran perlas de doncella, artificiales, pero convincentes, y en el pelo llevaban coronas de rosas blancas.
Con mucha coquetería cada una eligió a un hombre y lo sacó a bailar. Tris observó divertido lo bien que estaba funcionando su plan. Lo había preparado todo para que sus invitados relacionaran esa escena con un baile de Londres, aunque evidentemente acentuando el erotismo. Los hombres tenían los ojos vidriosos ante la visión de ese perverso simulacro de una reunión de damas jóvenes y virtuosas a las que no debían tocar a menos que tuvieran pensado casarse con ellas.
Los hombres parecían contentos de estar bailando en ese momento, exactamente como si estuviera en Almack. Tris se paseaba con su hurí por el salón asegurándose de que los viera todo el mundo; y cuando terminó el primer baile y nuevos hombres se apresuraron para emparejarse con las putas, bailó con ella un buen rato. Sus adornos de bisutería brillaban sobre el ligero vestido claro.
Los hombres que había allí nunca dudarían, u olvidarían, que habían visto a Saint Raven con su hurí en el mismo momento en que la señorita Mandeville se exhibía en su propio baile en Londres. Miró buscando a su primo, que desempeñaba un papel importante en la siguiente parte del plan. Cuanto antes quedara todo establecido, antes podría alejarse del centro de la escena. La fiesta podría desmadrarse sin necesidad de que él estuviera allí, y al día siguiente podría irse a Londres. Y cuando fuera una hora decente visitaría a Cressida. Aunque una hora decente significaba, maldición, después del mediodía, sin embargo, en cuanto la viera, el escándalo se acallaría.
Quería cortejarla de manera convencional aunque rápida. Le encantaba hacer de Lochinvar y una vez más cabalgar con ella, aunque nada que provocara nuevas habladurías. De todos modos la gente comentaría que la sencilla señorita Mandeville había atrapado al duque de Saint Raven, aunque no debía haber el menor atisbo de escándalo. Siempre ardían brasas debajo de las cenizas, y con un simple soplido podían volver a convertirse en fuego.
Era un inconveniente que los Mandeville estuvieran a punto de irse de Londres, pero una vez que adquiriera la condición de pretendiente, podría viajar con ellos. Plymouth no estaba lejos de Mount, y podrían hacer una corta visita allí. Debido al viaje de sus padres la boda tendría que celebrarse rápidamente. En nueve días, Cressida sería suya, y todo se organizaría a partir de eso.
La música terminó y Jean-Marie entró en la pista de baile.
– ¡Me acabo de dag cuenta de algo! ¡El estúpido de Crofton confundió a la pobge señoguita Mandeville con esta maravilla! ¡Observad este encanto amigos, y magavillaos! -dijo cogiendo a Miranda de la mano para que se diera una vuelta.
Lord Blayne, que estaba en el sofá tumbado con una puta, se puso de pie.
– ¡Croffy necesita anteojos tanto como ella! -Se tambaleó mirando a Miranda con lascivia-. Pensar que esa pálida papilla de avena era este plato tan sabroso.
Miranda hizo un movimiento serpenteante y le lanzó un beso. Algo que Cressida nunca hubiera hecho. Cuidado, Miranda.
– Tengo entendido -continuó Jean-Marie-, que los Mandeville están celebgando un baile en Almack antes de pagtig a la India. La señoguita papilla está allí bailando con nuestgas adogables señoguitas, mientgas Saint Raven disfguta de este sabroso plato. ¡Y un loco relacionó su nombge con el de ella! ¡Qué locuga!
– ¡Eso es! -Gritó Jolly Roger-. Quien haya pensado eso debería estar en el manicomio de Bedlam.
– Saint Raven no hubiera perdido el tiempo con una chica tan aburrida -dijo otro riéndose.
Tris apretó los dientes detrás de la sonrisa y comenzó una nueva rueda de baile.
– Excepto por su dote. Su padre es rico de nuevo, y ella es su única heredera. Un hombre eso lo tiene en cuenta.
Aunque todo el mundo creería que se iba a casar con ella por su dinero, Cressida sabría la verdad. Y con el tiempo verían que habría surgido el amor.
– Qué tonto he sido -dijo Tiverton, que era soltero-. ¡Me parece una vergüenza dejar que un premio tan valioso se vaya a la India!
– Ahí enseguida se la llevará alguien -dijo lord Peterbrook-. Hay un montón de hombres con hambre de tetas blancas.
Un desagrado intolerable hizo que Tris se pusiera en acción. Lanzó una mirada a Jean-Marie y declaró:
– ¡Mi primo me ha hecho una apuesta!
Todo el mundo prestó atención. A esos hombres les importaban muy pocas cosas, pero todos respetaban y se acordaban de las apuestas.
– Apuesta mil libras a que no puedo pasar de los brazos de mi delicia turca a los de la señorita Papilla antes de medianoche.
Los ojos de Jean-Marie expresaron diversión y alarma, y enseguida los demás se animaron y se pusieron a hacer apuestas paralelas.
– ¿En un solo caballo, Saint Raven? -preguntó un hombre.
– En cabriolé, y con los mismos caballos hasta Londres.
Las apuestas cambiaron instantáneamente a su favor.
– ¿Vas a intentarlo con ella? -le preguntó Tiverton-. Es muy injusto. Pensaba intentarlo yo.
Muy útil.
– Entonces haz una carrera conmigo, Tiverton. Tienes aquí tu vehículo, ¿verdad? También tendrás tu oportunidad.
– ¡Contra un duque!
– Tengo la impresión de que la señorita Mandeville no quiere tener nada que ver con la clase alta. ¿Juegas? -Tris miró a los otros hombres-. Apostad si Tiverton, yo, o nadie de aquí conseguirá la mano de la dama antes de que se vaya de Inglaterra.
Algunos pidieron un libro para registrar las apuestas. Tris dejó que Jean-Marie y Cary se ocuparan de ello, y corrió a ponerse un traje de noche. No era apropiado para conducir, pero un doble cambio le iba a tomar demasiado tiempo. Tiverton no tenía ropa de noche, de modo que iba a tener que cambiarse en Londres. Alegó que eso era injusto mientras corría hacia su cabriolé. Tris le permitió adelantarse, pero después bajó a toda prisa y se subió a su propio vehículo.
Jean-Marie salió a verlo partir.
– Deséame suerte -dijo Tris.
– ¿Cuándo hay mil libras en juego? Creo que no lo haré, amigo mío, aunque es muy inteligente que haya un testigo de todo. -La suerte me lo ha puesto entre manos. -Entonces buena suerte, primo. Por lo menos en el amor.
Tris alcanzó a Tiverton cerca de Ware, pero no intentó adelantarlo. Jolly Roger tendría que cambiarse. El verdadero peligro era tener un accidente, pero la luna iluminaba lo suficiente como para ver bien el camino, y éste estaba en buenas condiciones.
Debieron haber disminuido el paso al llegar a las calles de Londres, pero Tiverton se arriesgó para llevar la delantera, y Tris tuvo que conducir como un loco para mantenerse cerca, y que su amigo no sospechara que todo era una farsa. Había poco tiempo, pero la apuesta no le importaba.
Tiverton le gritó una maldición al girar hacia su residencia consciente de que había perdido la carrera. Aún así iba a intentar probar suerte con Cressida. Pobre hombre. Tris llegó a las puertas de Almack un cuarto de hora antes de la medianoche, un poco cansado, pero excitado por la emoción de la carrera y por tener a Cressida cerca. Le entregó las riendas a un sobresaltado lacayo, se sacudió el polvo y entró a grandes zancadas en el edificio. Otro lacayo intentó pedirle una invitación, pero Tris le dijo su nombre, le lanzó una mirada de duque, y el sirviente se inclinó a su paso. Se detuvo bajo el arco de la sala de baile pensando en las veces en que había estado allí sin esperar más que aburrimiento, interrumpido por la irritación que le producían las mujeres que se comportaban como perros en una cacería. Pero ahora todo era diferente porque Cressida estaba allí.