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– Mi duquesa -dijo-. Verás muchas caras así.

La criada se rió entre dientes mientras hacía una reverencia.

– Mis bendiciones, señor -dijo con un fuerte acento de Cornwall y se marcho a toda prisa.

– Se lo contará a todo el mundo -dijo Cressida.

– Enseguida se los contaremos nosotros a todo el mundo.

No se estaban besando. Charlaban coherentemente, y eso era algo muy parecido a un milagro. Cressida sólo quería una cosa, y tímidamente le dijo susurrando:

– Quiero… quiero estar más cerca de ti, Tris, de lo que estado de nadie desde que salí indecorosamente del vientre de mi madre. Ahora.

Percibió que sus palabras hicieron efecto, y Tris se movió rápidamente. La llevó por el pasillo, abrió la puerta y después la cerró de una patada. Estaban en su habitación. Se dirigió a la gran cama y la puso de pie junto a ella. Ella enseguida se dio la vuelta para que le desatara el canesú.

– Esta vez sólo hay un pequeño nudo -le dijo incapaz de hablar más que en susurros.

Cuando le tocó la nuca sintió que la invadían oleadas de placer, y se dio cuenta de que las manos de él se movían nerviosas.

– Casi puede conmigo -dijo con la voz ronca-. Pero ya está.

Lo aflojó y ella se dio la vuelta sujetando el canesú, pero enseguida lo dejó caer. Después se desató el cinturón de cuerda mientras contemplaba cómo él se sacaba la chaqueta.

Cressida se quitó el vestido negro por la cabeza y lo dejó caer, y entonces se encontró con su viejo problema:

– Mi corsé.

Tris se rió gloriosamente desnudo hasta la cintura, se acercó al lavamanos y cogió su cuchilla de afeitar. Por un segundo Cressida pensó que debía protestar, pero la urgencia también pudo con ella. Le dio la espalda y sintió cómo la cuchilla se deslizaba entre los lazos.

De espaldas a él, tiró el corsé sobre la túnica negra, y se sacó la ropa interior y las medias por debajo de la combinación. Pero de pronto se apoderó de ella una incómoda timidez.

– Miranda tiene un corsé con cintas color escarlata, y medias con flores.

Las manos de Tris agarraron la combinación y se la subieron hasta sacársela por la cabeza. Entonces hizo que Cressida se diera la vuelta.

– Tú también te verías espléndida con esas cosas. Pero ahora es el momento de la desnudez, amor mío.

Él estaba desnudo. Magníficamente desnudo, cargado de deseo.

Cressida respiró profundamente de satisfacción.

– Tris, amor mío -dijo poniendo las manos en su pecho, ahora que todo parecía tan perfectamente natural, tan perfectamente… perfecto-, hazme tuya. Ahora.

Él fue a la cama y retiró los ricos cobertores dejando a la vista las sábanas blancas, como ya había hecho antes en aquella noche especial. Tris le transmitió todos los sentimientos que había sentido esa noche, y ella se aproximó con las piernas tan temblorosas que tuvo que apoyarse en él para que la ayudara. Tris la levantó y la instaló suavemente sobre la cama, y después se acostó junto a ella, grande, fuerte, caliente…

Suyo.

Cressida pasó una mano desde sus fuertes muslos a su amplio pecho.

– Sigo pensando que tal vez esté soñando.

– Yo soñaba con esto -dijo él y la volvió a besar moviendo sus piernas sobre las suyas, y después se las separó mientras la acariciaba con su mano experta.

Esta vez ella abrió los muslos ansiosa, arqueándose al menor toque, como si anhelara entrar en ese juego. Él se no suavemente casi como un gemido, mientras su hábil boca pasaba por sus pechos. Ella comenzaba a caerse por el acantilado.

– ¡Tris! -gritó enrollándose en torno a él como si temiera que la volviera a dejar caerse sola.

Pero él tenía su cuerpo sobre el suyo, abriéndola tanto como ella deseaba. La apretó con fuerza.

– ¡Sí, sí! -se escuchó decir a sí misma como si estuviera lejos.

– Oh, sí…

Sintió un dolor agudo y extraño, pero no le importó porque por fin estaban profunda y completamente unidos. Como si fueran uno. Nunca en su vida había sentido algo tan glorioso.

Hasta que se comenzó a mover.

– Oh, Dios. Oh, Dios. ¡Oh, sí!

Le pareció que había seguido repitiéndolo, pero no estaba segura porque sentía que su mente estaba lejos de su cuerpo en ebullición. Esta vez no era como si estuviera cayendo en un acantilado lleno de niebla. Ahora sentía que espirales de fuego la hacían ser parte de la fuerza, el calor y la potencia de Tris.

Cressida se arqueó agarrándolo intensamente mientras sentía cómo él se pegaba a ella mientras un éxtasis ardiente los consumía a la vez.

Un dedo le acarició la mejilla.

– Espero que esas lágrimas no sean de arrepentimiento, amor mío -dijo Tris, aunque no parecía inseguro de sí mismo como confirmaron sus siguientes palabras-. Porque ahora eres mía.

Cressida abrió los ojos sonriendo.

– Y tú eres mío -dijo acariciando su cara-. Lamento tanto que casi haya provocado un desastre con mis dudas.

Él movió la cabeza y le besó el dedo gordo.

– Lamento que mi terrible trayectoria las haya alimentado.

– Sin esa terrible trayectoria no me habrías podido dar tanto placer.

Él se rió apartándola un poco.

– Como ya había observado, Cressida Mandeville, eres picara de corazón. -Tenía una mano encima de su más dulce posesión-. Pronto serás Cressida Saint Raven. ¿Cuándo? No estoy seguro de que pueda pasar una noche más sólo en mi cama.

Ella sintió calor en las mejillas por el placer que le proporcionaban los francos deseos de Tris. Tris Tregallows, el maravilloso duque de Saint Raven, ardiendo de deseo por ella.

– Pronto -dijo ella incapaz de dejar de mirar hacia abajo como si sintiera vergüenza. Simplemente era demasiado abrumador en ese momento-. Mis padres tienen que zarpar en poco tiempo.

– Benditos padres.

– Y están viniendo hacia aquí. Tal vez ya hayan llegado…

– Excelente -dijo haciendo que levantara la cabeza para que lo mirara a los ojos-. Mi querida señorita Mandeville, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa y mi duquesa? Mañana.

– ¿Mañana? ¿Se puede hacer tan rápido?

– Tus padres estarán aquí, y si un duque no puede obtener la licencia con rapidez ¿de qué sirve serlo? No me has dicho que sí todavía.

Ella se relajó y se rió.

– ¡Si, sí, mil veces sí! Oh, Tris, me he sentido tan mal sin ti. Era como si sólo estuviera medio viva. Le dio un gran abrazo.

– Y yo me sentía como un hombre condenado a muerte que de pronto es indultado. Y no sólo perdonado, sino que además recibe una maravillosa recompensa.

Pasó la mano por su larga cabellera y la puso hacia delante. Después besó sus pechos como un murmullo de placer que hizo que ella sintiera que se iba a desvanecer.

– No pensaba preguntártelo -murmuró-. Pero ¿cómo llegaste hasta aquí? ¿Entre las alas de un ángel?

Ella se controló lo suficiente como para levantar la cabeza y poder hablar; entonces le contó lo ocurrido. Tris se preocupó por los caballos, pero parecía más interesado por su ombligo. Ella reconoció que su primo no conducía tan bien como él, mientras intentaba ponerse fuera de su alcance. Ambos querían quedarse así, volver a hacer el amor, y permanecer abrazados hablando toda la noche, pero…

– ¡Tienes una fiesta en tu casa, Tris! Tienes que volver.

– ¡Qué lata! -Él era demasiado fuerte para ella-. Los Swinamer están aquí. Escondámonos.

– No puedes.

– Soy un duque. Puedo hacer lo que me dé la gana. Al decir eso se miraron y rieron a la vez. Ella puso una mano sobre sus labios.

– Seriamente, Tris. Debes regresar con tus invitados. ¿Y qué pasará con Phoebe Swinamer? Siento un poco de lástima por ella.

Tris cogió su mano y se puso a besar las yemas de todos sus dedos.