Bosch pasó la siguiente hora contándole a Pounds lodo lo que sabía sobre Meadows; le habló de los túneles y de la vez que Meadows le llamó después de veinte años y él lo ayudó a entrar en el programa para veteranos de Sepúlveda, sin verlo siquiera, sólo a través de llamadas. Durante la conversación, Bosch no se dirigió a los detectives ni una sola vez, como si ellos no estuvieran en el despacho.
– Yo no oculté que lo conocía -concluyó-. Se lo dije a Edgar. Fui al FBI y se lo conté directamente. ¿Crees que yo habría hecho eso si hubiera matado a Meadows? Ni siquiera Lewis y Clarke son tan tontos.
– Entonces, ¿por qué cono no me lo dijiste? -gritó Pounds-. ¿Por qué no está en los informes? ¿Por qué tengo que enterarme por el FBI? ¿Por qué Asuntos Internos tiene que enterarse por el FBI?
Así que Pounds no había llamado a Asuntos Internos; había sido Rourke. Bosch se preguntó si Eleanor Wish lo sabía, o si Rourke había llamado a esos idiotas cuando se quedó solo. Casi no la conocía -bueno, no lo conocía de nada-, pero deseó que no le hubiera mentido.
– Empecé a escribir los informes esta mañana -explicó Bosch-. Iba a ponerlos al día después de pasar por el FBI, pero obviamente no he tenido ocasión.
– Bueno, te voy ahorrar el trabajo -dijo Pounds-. El caso pasa al FBI.
– ¿Qué? -exclamó Bosch-. Esto no entra en la jurisdicción del FBI. Es un caso de asesinato.
– Rourke me dijo que la muerte está directamente relacionada con el robo al banco y que quieren incluirlo en su investigación. Ellos llevarán el caso y nosotros nombraremos a nuestro propio oficial para mantener la relación interdepartamental. Si llega el momento de acusar a alguien de homicidio, el oficial encargado lo entregará al fiscal del distrito para que presente los cargos.
– Joder, Pounds, aquí pasa algo. ¿Es que no lo ves?
Pounds devolvió la regla a su sitio y cerró el cajón.
– Sí, pasa algo, pero yo no lo veo como tú -respondió Pounds-. Se ha acabado, Bosch. Es una orden. Primero vas a hablar con estos dos hombres y luego vas a quedarte atado a una mesa hasta que Asuntos Internos? acabe su investigación.
Pounds hizo una pequeña pausa antes de proseguir en tono solemne. Estaba claro que no le hacía ninguna gracia lo que tenía que decir.
– ¿Sabes qué? Cuando te enviaron aquí el año pasado yo te podría haber metido en cualquier parte. Podría haberte colocado en Robos, haberte enterrado bajo una pila de papeles… Sin embargo, no lo hice. Vi que tenías talento y te puse en Homicidios, tal como creía que querías. El año pasado me dijeron que eras bueno, pero que no seguías las normas. Ahora veo que tenían razón. No sé si esto me afectará, pero ya no me importa tu futuro; hables o no hables con estos hombres, tú y yo hemos terminado. Si al final sobrevives a esto, ya puedes pedir un traslado porque a mi equipo de Homicidios no vas a volver.
Pounds recogió la carpeta azul de la mesa y se puso en pie. Al salir del despacho añadió:
– Tengo que enviar esto al FBI. Ustedes pueden usar el despacho el tiempo que deseen.
Pounds salió y cerró la puerta. Después de reflexionar un instante, Bosch decidió que no podía culpar a Pounds por lo que había dicho o hecho, así que sacó un cigarrillo y lo encendió.
– Eh, nada de fumar. Ya lo has oído -le ordenó Lewis.
– Vete a la mierda -replicó Bosch.
– Bosch, eres hombre muerto -anunció Clarke-. Esta vez te vamos a joder de verdad. Ya no eres el héroe que eras; ahora no habrá problemas de relaciones públicas porque a nadie le va a importar un pito lo que te pase.
Clarke se levantó y encendió la grabadora. A continuación recitó la fecha, los nombres de los tres hombres presentes y el número asignado a la investigación por el Departamento de Asuntos Internos. Bosch se fijó en que la cifra era setecientos números más alta que la de la investigación que acabó enviándolo a Hollywood nueve meses atrás. Sólo nueve meses y otros setecientos policías habían pasado por aquella mierda de interrogatorio. Dentro de poco ya no quedaría nadie para cumplir lo que proclamaban todos los coches patrulla: «Servir y proteger.»
– Detective Bosch. -Lewis tomó la palabra con voz suave y tranquila-. Nos gustaría hacerle unas preguntas sobre la investigación de la muerte de William Meadows. ¿Podría contarnos su relación con el fallecido?
– Me niego a responder a cualquier pregunta sin la presencia de un abogado -contestó Bosch-. Me remito a mi derecho a representación legal establecido en el Código de Derechos del Policía del Estado de California.
– Detective Bosch, la administración del departamento no reconoce ese aspecto del Código de Derechos del Oficial de Policía. Se le ordena que responda a estas preguntas. Si no lo hace, estará sujeto a suspensión o posible expulsión del cuerpo. Usted…
– ¿Podría aflojarme las esposas, por favor? -interrumpió Bosch.
– ¿Qué? -exclamó Lewis, perdiendo su tono tranquilo y confiado.
Clarke se levantó, se dirigió hacia la grabadora y se inclinó sobre ella.
– El detective Bosch no está esposado y aquí hay dos personas que pueden atestiguarlo.
– Las dos que me han esposado. Y abofeteado -añadió Bosch-. Esta es una clara violación de mis derechos civiles. Antes de continuar, solicito que esté presente un representante del sindicato y mi abogado.
Clarke rebobinó la cinta y apagó la grabadora. La metió en el maletín de su compañero, con la cara casi morada de rabia. Pasaron unos instantes antes de que cualquiera de los dos pudiera articular una sola palabra.
– Va a ser un placer destruirte, Bosch -amenazó Clarke-. Hoy mismo tendremos listos los papeles de la expulsión para enseñárselos al jefe. Te mandarán a hacer trámites a Asuntos Internos para que te podamos vigilar. Empezaremos por conducta inapropiada en un oficial e iremos subiendo; puede que incluso hasta asesinato. Sea como sea, estás acabado.
Cuando Bosch se levantó, los dos detectives de Asuntos Internos hicieron lo propio. Entonces Bosch dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo aplastó sobre el linóleo pulido. Sabía que los detectives lo limpiarían para evitar que Pounds descubriera que no habían controlado ni la entrevista ni al entrevistado. Al abrirse paso entre los dos hombres, Bosch soltó una bocanada de humo y abandonó el despacho sin decir una sola palabra. Una vez fuera oyó la voz frenética de Clarke:
– ¡Ni se te ocurra continuar con el caso, Bosch!
Rehuyendo las miradas de sus compañeros, Bosch atravesó la oficina de la brigada y se dejó caer en su silla junto a la mesa de Homicidios. Entonces miró a Edgar, que estaba sentado al otro lado de la mesa.
– Tranquilo -dijo Bosch-. No te pasará nada. -¿Y a ti?
– A mí me han echado del caso y esos dos cabrones me van a denunciar. Sólo me queda esta tarde; mañana seguramente me llegará la suspensión.
– Joder.
El subdirector de Asuntos Internos a cargo del caso tenía que firmar todas las órdenes de suspensión definitivas o temporales. Cualquier penalización superior debía ser aprobada por un subcomité de la comisión policial. Lewis y Clarke optarían por una suspensión temporal por conducta inapropiada en un oficial. A partir de ahí buscarían algo más grave para presentarlo ante la comisión. Si el subdirector firmaba una orden de suspensión contra Bosch, éste tendría que ser notificado según lo establecía el sindicato, es decir, en persona o mediante conversación telefónica grabada. Una vez notificado, Bosch podía ser enviado a su casa o a una mesa de Asuntos Internos en el Parker Center hasta que terminara la investigación. Pero tal como habían prometido, Lewis y Clarke pedirían que lo asignaran a su departamento para exhibirlo como un trofeo.
– ¿Necesitas algo para el caso Spivey? -le preguntó a Edgar.