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Bosch le dio las dos letras que había encontrado.

– No sé si es el nombre completo, pero no lo parece -le explicó.

Ella abrió el programa, tecleó las letras T e I, y apretó INTRO. La información tardó trece segundos en aparecer.

– Trescientos cuarenta y tres nombres -anunció, frunciendo el ceño-. Vas a tener que quedarte a dormir, cariño.

Bosch le pidió que eliminase a negros e hispanos. La voz le había sonado como la de un chico blanco. Ella pulsó varias teclas y las letras ámbar de la pantalla recompusieron la lista.

– Eso está mejor. Diecinueve nombres.

Había cinco Tiñosos, cuatro Tirados, dos Tísicos, dos Tiburones, dos Tibus, un Tiburoncito, un Tibetano, un Tintorero y un Tití. Bosch recordó la pintada que había visto en la tubería; la T serrada, como una boca abierta. ¿Podría ser la de un tiburón?

– Dame las variaciones de «Tiburón» -dijo él.

King pulsó un par de teclas y esta vez las letras ámbar sólo cubrieron una tercera parte de la pantalla. Según el archivo, Tiburoncito era un chico de la zona del valle de San Fernando, cuyo único contacto con la policía, se había saldado con el pago de una multa y varias jornadas de limpiar pintadas por haber ensuciado las paradas de autobús de Ventura Boulevard, a la altura de Tarzana. Tenía quince años, por lo que Bosch dedujo que difícilmente estaría rondando por la presa a las tres de la mañana de un domingo. King pidió los datos del primer Tibu, pero éste resultó estar en un campamento para delincuentes juveniles de Malibú. El segundo Tibu había muerto en 1989, en una guerra de tribus entre el KGB (Kolectivo de Guerreros del Boulevard) y los Niños de las Viñas. La policía todavía no había eliminado su nombre de la base de datos.

Cuando King pidió la información sobre el primer Tiburón, la pantalla se llenó y, en la parte inferior, apareció la palabra «Más».

– Éste es un delincuente habitual -comentó King.

El informe del ordenador describió a Edward Niele, un varón de raza blanca, de diecisiete años de edad, que solía conducir una moto amarilla matrícula JVN138 y del que se desconocía su afiliación a una banda, pero que firmaba sus pintadas con el seudónimo Tiburón. El ordenador decía que se había fugado en repetidas ocasiones de casa de su madre en Chatsworth y su ficha policial ocupaba dos pantallas enteras. Bosch dedujo por la localización de las detenciones e interrogatorios que, cuando se fugaba, el tal Tiburón frecuentaba las zonas de Hollywood y West Hollywood.

Al ojear la segunda pantalla, Bosch advirtió que lo habían arrestado hacía tres meses por vagabundear en la presa de Mulholland.

– Ése es -dijo Bosch-. Olvídate del último chico. ¿ Me imprimes una copia?

Tras teclear las órdenes, King señaló la pared don estaban los archivadores. Bosch se levantó y abrió el cajón de la letra N, del cual extrajo la carpeta de Edward Niese. Dentro había una foto en color tomada por la policía, en la que se veía a un chico bajito y rubio, con esa mirada entre dolida y desafiante tan común entre los jóvenes actuales. La cara le resultó familiar, pero no consiguió situarla. Al darle la vuelta a la foto, Bosch se fijó en que llevaba fecha de dos años antes. A continuación, King le entregó la información que había impreso y Bosch se sentó a estudiarla en una de las mesas vacías de la oficina.

Los delitos más graves que había cometido Tiburón -o por los que había sido arrestado- eran pequeños hurtos en tiendas, actos de vandalismo, vagabundeo y posesión de marihuana y anfetaminas. En una ocasión lo habían retenido durante veinte días en el reformatorio de Sylmar tras uno de los arrestos por posesión de droga, pero al final lo habían soltado y puesto bajo custodia familiar. Todas las otras veces se lo habían entregado directamente a su madre. A pesar de ello, Tiburón seguía fugándose de casa.

El archivo manual sólo agregaba algunos detalles sobre las detenciones. Bosch rebuscó entre los papeles hasta que encontró el informe sobre el arresto por vagabundear cerca del lago. El caso no pasó de la vista preliminar, ya que Tiburón aceptó regresar a casa de su madre. Sin embargo, aquello no debió de durar demasiado porque dos semanas más tarde su madre comunicó su desaparición al oficial encargado de su custodia. Según aquellos documentos, Tiburón aún no había aparecido.

Bosch leyó el resumen del arresto por vagabundea escrito por el oficial investigador (OI):

El OI entrevistó a Donald Smiley, encargado de la presa de Mulholland, quien declaró que a las 7.00 horas del día señalado entró a limpiar la tubería sita junto al camino de acceso al lago. Smiley encontró al chico durmiendo sobre un lecho de papel de periódico. Cuando lo despertó, el chico estaba sucio y daba muestras de incoherencia, por lo que dedujo que se hallaba bajo los efectos de un narcótico. A continuación Smiley llamó a la policía y el OI acudió a la presa. El sujeto le explicó al OI que estaba durmiendo allí porque su madre no lo quería en casa. El OI descubrió que el chico se había fugado en anteriores ocasiones y lo arrestó por vagabundear.

Tiburón era un animal de costumbres, pensó Bosch. Lo habían detenido en la presa hacía tres meses, pero había vuelto a dormir allí el domingo por la noche. Bosch revisó el resto de papeles del expediente en busca de otras costumbres que pudieran ayudarle a encontrarlo. En una ficha de siete por doce leyó que en el mes de enero Tiburón había sido parado e interrogado, pero no detenido en Santa Mónica Boulevard, cerca de West Hollywood. Tiburón se estaba abrochando unas Reebok nuevas cuando un agente, creyendo que quizá las había robado, le pidió el recibo, que el chico sacó de un estuche de piel. Eso habría sido todo si el agente no se hubiera fijado en que dentro del estuche había una bolsita de plástico que resultó contener diez fotografías de Tiburón. En todas ellas aparecía desnudo y en diferentes poses; en algunas se estaba tocando y en otras mostraba una erección. El agente las destruyó, pero apuntó en la ficha que pensaba advertir a la oficina del sheriff de West Hollywood de que Tiburón estaba vendiendo fotos a homosexuales en Santa Mónica Boulevard.

No había nada más. Bosch cerró la carpeta y se quedó la foto de Tiburón. Después de darle las gracias a Thelia King, se levantó y salió de la minúscula oficina. Al caminar por el pasillo trasero de la comisaría, pasó por delante de los bancos de detención y entonces recordó el rostro de la fotografía. Ahora llevaba el pelo más largo y su mirada era más desafiante que dolida, pero a Bosch no le cupo duda de que el chico que había visto esposado al banco aquella mañana era Tiburón. Todavía no habrían pasado los datos del arresto al ordenador. Bosch entró en el despacho del comandante de guardia, le pidió la hoja de detenciones que buscaba y lo siguió hasta una caja marcada con la etiqueta «Turno de noche». Entre la pila de informes, Bosch encontró los papeles correspondientes a Edward Niese.

Según la hoja, a Tiburón lo habían detenido a las cuatro de la mañana cuando merodeaba por un quiosco de Vine Street. Un oficial de patrulla creyó que estaba haciendo la calle y lo paró. Al comprobar sus datos en el ordenador, vio que se había fugado de casa. El chico fue retenido hasta las nueve, hora en que vino a recogerlo el oficial encargado de su custodia. Bosch llamó al oficial del reformatorio de Salymar, pero descubrió que Tiburón ya había comparecido ante un tribunal de menores y había sido entregado a su madre.

– Y ése es su problema -comentó el oficial-. Esta noche se escapará otra vez y volverá a la calle, se lo garantizo. Yo ya se lo dije al juez, pero no, él no iba a encerrar al chico sólo por estar en la calle y porque su madre sea una puta telefónica.

– ¿Una qué? -preguntó Bosch.

– ¿No está en su ficha? Pues sí, mientras Tiburón está en la calle, su querida mamá se pasa el día al teléfono contándole a alguien que se le va a mear en la boca y le va a poner una goma en la polla. Se anuncia en revistas porno y cobra cuarenta dólares por quince minutos. Los clientes pagan con Mastercard o Visa y ella los hace esperar mientras comprueba por otra línea que la tarjeta es válida. Llevará haciéndolo unos cinco años, o sea que Edward ha pasado su adolescencia escuchando esa mierda. No es de extrañar que el chico se fugue de casa y se meta en líos, ¿no?